Hay algo muy curioso que ocurre cuando México juega unido.Por unos días dejamos de ser desconocidos. En el trabajo, en la escuela, en la calle, cualquiera puede iniciar una conversación con un simple: "¿Viste el partido?". Y de pronto todos hablamos el mismo idioma.Nos abrazamos con personas que nunca habíamos visto. Gritamos un gol como si fuera nuestro. Celebramos el esfuerzo de nuestros jugadores que, con una camiseta puesta, cargaban con la ilusión de millones de personas.Y es aquí donde vemos que: México sí sabe unirse.Lo vimos en el Ángel convertido en un mar de banderas, en las familias unidas viendo los partidos, en los gritos de cada uno de nosotros. Cada oportunidad nos aceleraba el corazón y cada victoria fue personal. Porque cuando los mexicanos creemos en algo, ponemos el alma completa.No tenemos condiciones perfectas para vivir, y aún así salimos adelante. Somos un país que encuentra la manera. Que improvisa cuando hace falta. Que convierte la adversidad en creatividad y la creatividad en oportunidad. Aquí las cosas importantes se hacen con carácter, con pasión y con corazón. Por eso México no se explica. México se siente.Pero mientras celebrábamos juntos, no pude dejar de hacerme una pregunta incómoda.¿Y si esa misma fuerza la lleváramos a todo aquello que también nos duele?Porque el sueño no terminó con un silbatazo final. El verdadero sueño sigue esperando. Sigue esperando por las más de 130 mil familias que todos los días buscan a una hija, hermano o padre que desapareció y nunca volvió a casa.Sigue esperando por quienes trabajan de sol a sol y aún así la inflación le gana a su sueldo. Por los jóvenes que buscan oportunidades estudiando, pero los vence el no encontrar forma de pagar una educación digna.Por los pacientes que llegan a un hospital con la esperanza de encontrar su medicamento y salen únicamente con una receta en la mano.Por las comunidades donde el crimen organizado dejó de ser una noticia y se convirtió en su autoridad. Todo eso también es México.Y también debería dolernos como si fuera propio.Tal vez el problema nunca ha sido que los mexicanos no sepamos organizarnos.Al contrario.Cuando una causa logra tocar nuestro corazón, somos capaces de llenar plazas, recorrer kilómetros y hacer sentir nuestra presencia.Lo que hace falta es recordar que un país no cambia únicamente cuando celebra; cambia cuando decide no acostumbrarse.Porque hay una diferencia enorme entre ser resilientes y conformarnos.Durante décadas hemos aprendido a resolver con lo que hay. A encontrar el "cómo". A sobrevivir incluso cuando las condiciones no ayudan. Esa fortaleza nos ha definido como pueblo.Pero también existe un riesgo silencioso: que esa capacidad para salir adelante termine convirtiéndose en resignación. Que normalicemos lo inaceptable. Que aplaudamos nuestra resistencia mientras dejamos de exigir lo que merecemos.No aceptemos un país donde resistir sea el requisito para vivir. Imaginen por un momento que cada desaparición nos uniera como nos une una final. Que cada abuso de poder despertara la misma indignación que un arbitraje injusto. Que exigiéramos medicinas, seguridad, educación y justicia como gritamos noventa minutos de un partido.La vida de millones de mexicanos lo vale. El sueño no ha terminado. Solo cambió de cancha.Y quizás la victoria que necesita México no es en el deporte, sino con millones de voces que entiendan que este país merece ser defendido.Y sabiendo lo vale, todos juguemos el mismo partido. ¿Y si si?Isabel Castañeda