Bajo presión
Apenas unos segundos después del final del partido entre las selecciones de México e Inglaterra aparecieron los vociferantes, la Selección nacional quedó eliminada del Mundial y ese fue el pretexto para que se desataran las críticas de los comentaristas deportivos en contra de los jugadores y el cuerpo técnico, de manera instantánea pasaron del orgulloso Ganamos al grosero Perdieron.
La Selección Nacional aún no dejaba el campo y los vociferantes, en medios tradicionales y redes, eran calificados de mediocres, fracasados, ratones, intrascendentes; vendedores de ilusiones, aseguraron que desde el principio lo dijeron, al equipo no le alcanza, se nos advirtió que, de acuerdo a su análisis, el resultado del partido reflejaría lo que ellos ya habían predicho, que jugarían como nunca para perder como siempre.
Estruendosos restregaron en el rostro de la afición su verdad, la señalaron por haberse emocionado con el ¿Y si sí?, por la ingenuidad de Imaginar cosas chingonas, subrayaron que se parte de la mediocridad de haber gritado que Sí se podía.
Yo, que soy un villamelón, sólo tenía agradecimiento para la Selección mexicana por haberme permitido vivir de manera intensa varios momentos con mi hijo ante un juego que no atrae a ninguno de los dos, así que no me afectaban los gritos de los comentaristas, además, no me interesó en absoluto rebatir alguna de las escandalosas declaraciones de quienes se ostentan con soberbia como analistas especializados en el juego.
La preocupación ante la aparición de los vociferantes vino después, cuando reconocí el efecto de sus gritos en mi hijo. Me contó que platicaron entre compañeros el último juego de la Selección nacional en el Mundial, cómo todos se convirtieron en directores técnicos y coincidieron en lamentar las decisiones del entrenador Javier Aguirre, del equipo por intentar la misma jugada todo el tiempo, lo que me sobresaltó fue cuando mi muchacho se lamentó porque el equipo de México perdió, se dejaron ganar y no pudieron ante la poderosa Inglaterra.
Por un instante pensé en recordarle a mi hijo que hasta hace unas semanas, todavía hoy, el futbol no le despertaba ningún interés, que no sabía nada de ese deporte y era incapaz de reconocer en qué posición jugaba cada uno del equipo, es más, ni el número de integrantes necesarios para salir a la cancha. En vez de eso, le comenté que lamentaba que había pasado de festejar como un logro propio el segundo gol de la Selección, que lo gritó como si él lo hubiera anotado, por lo que no comprendía porque horas después el fracaso era responsabilidad de ellos, de los otros.
La pregunta le incomodó y como hace siempre que le pregunto algo que no quiere responder, desvió el tema.
Mi responsabilidad como padre no consiste en exhibirlo para demostrarle que está equivocado ni en ganar una discusión. Prefiero la deliberación al debate. Deliberar supone construir una respuesta juntos; debatir suele convertirse en el intento de imponer una verdad sobre otra.
Entiendo que mi hijo pasa de un eufórico Anotamos a un acusador Perdieron por culpa del tono en que se da la conversación pública, en todas partes y sobre todos los temas, he sido testigo de cómo repite críticas que escucha en redes sociales sobre productos, servicios o personas que desconoce, pero alguien hizo un señalamiento tajante, grosero y a gritos que lo convenció.
La idea, el argumento ya no bastan, no importa el diálogo ni propiciar la conversación, ahora se trata de gritarlo con la convicción de tener la razón y en voz alta, si es sazonado con descalificaciones y groserías, mejor.
Los vociferantes del futbol no son una excepción. Son reflejo fiel de la conversación pública que hemos construido. Basta cambiar el uniforme verde por una corbata, una investidura o un cargo de elección para escuchar exactamente los mismos gritos. No importa comprender una decisión pública, discutir una política o contrastar argumentos; lo que genera audiencia es el insulto más ingenioso, la ocurrencia más cruel, el calificativo que humille al adversario.
No es casualidad.
Durante años la industria de la comunicación política y digital ha vendido la idea de que la atención es el único indicador que importa. Consultores, estrategas, influencers y algoritmos repiten la misma receta: provocar, polarizar, ridiculizar al adversario porque el enojo mantiene cautiva a la audiencia. El hate se traduce en reproducciones, las reproducciones en engagement y el engagement en relevancia. No importa si en el camino se normalizan la discriminación, el clasismo, la misoginia o cualquier otro discurso de odio; cualquier costo es aceptable con tal llamar la atención y posicionarte.
No hablamos para entendernos sino para derrotarnos.
Dejamos de deliberar para convertir cada conversación en un debate donde el otro debe salir humillado. Los vociferantes no buscan explicar por qué perdió una selección ni por qué fracasa una política pública; necesitan encontrar culpables, exhibirlos y hacer del linchamiento un espectáculo.
El problema no son los vociferantes. Siempre habrá quien descubra que insultar produce más audiencia que argumentar. El problema comienza cuando los demás aceptamos que esa es la forma natural de conversar y terminamos repitiendo el mismo tono, las mismas palabras y la misma necesidad de encontrar culpables antes que explicaciones.
Coda. El problema nunca fue el marcador. El verdadero marcador no está en la cancha. Está en la conversación pública. Y ahí hace tiempo que dejamos de jugar para entendernos y empezamos a competir para humillarnos.
@edilbertoaldan