Por el Dr. José Mauricio López López
Hubo un tiempo en que el mundo era inmenso.
No porque los continentes fueran más grandes, ni porque las montañas alcanzaran mayor altura. El mundo era inmenso porque nuestros ojos todavía sabían descubrirlo.
Bastaba una mariposa para detener el tiempo.
Una piedra podía convertirse en un tesoro.
La lluvia era una aventura y un árbol escondía más preguntas que respuestas.
La infancia posee ese privilegio extraordinario: mirar la realidad como si todo ocurriera por primera vez.
Quizá por eso los niños hacen preguntas que los adultos hemos dejado de formular. Ellos no se avergüenzan de reconocer que desconocen. Nosotros, en cambio, solemos vivir como si ya lo hubiéramos visto todo.
Y tal vez ahí comienza una de las pérdidas más silenciosas de nuestra época.
No hemos perdido únicamente el tiempo.
Hemos perdido la capacidad de asombrarnos.
El filósofo Aristóteles afirmaba que la filosofía nace del asombro. No decía que naciera del conocimiento ni de las respuestas, sino de esa experiencia profundamente humana en la que algo despierta nuestra curiosidad y nos obliga a detenernos. Asombrarse es reconocer que el mundo todavía guarda misterios.
Sin embargo, vivimos en una época paradójica. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan difícil detenernos a contemplar.
Despertamos mirando una pantalla.
Trabajamos entre notificaciones.
Comemos respondiendo mensajes.
Descansamos consumiendo más información.
Nos hemos acostumbrado a una velocidad que hace apenas unas décadas habría parecido imposible.
Y cuando la velocidad se convierte en costumbre, la contemplación comienza a desaparecer.
El filósofo Martin Heidegger distinguía entre simplemente existir y verdaderamente habitar el mundo. Habitar implica establecer una relación con aquello que nos rodea, permitir que las cosas nos hablen, descubrir significado en lo cotidiano.
Hoy pareciera que atravesamos la vida sin habitarla.
Pasamos de una actividad a otra.
De una reunión a la siguiente.
De una noticia a otra.
De una preocupación a la siguiente.
Como viajeros apresurados que nunca llegan realmente al lugar donde están.
Esta aceleración permanente tiene consecuencias que pocas veces advertimos.
El filósofo Byung-Chul Han ha señalado que nuestra sociedad no sólo vive cansada por el exceso de trabajo, sino también por el exceso de estímulos. Hemos llenado nuestra atención de tantas voces que comenzamos a perder la capacidad de escuchar el silencio.
Y el silencio no es ausencia.
Es el espacio donde el asombro vuelve a respirar.
Existe una palabra que me parece especialmente luminosa para comprender este fenómeno: resonancia.
El sociólogo Hartmut Rosa propone que una vida plena no depende únicamente del éxito, sino de nuestra capacidad para establecer relaciones vivas con el mundo. Resonamos cuando una conversación nos transforma, cuando un libro permanece con nosotros durante días, cuando una pieza musical despierta recuerdos olvidados o cuando el rostro de un ser querido nos recuerda aquello que realmente importa.
La resonancia no puede acelerarse.
Necesita presencia.
Y quizá esa sea precisamente la palabra que más hemos olvidado.
Presencia.
Estar donde estamos.
Escuchar antes de responder.
Mirar antes de juzgar.
Respirar antes de correr.
En mi trabajo como psicoterapeuta suelo encontrar personas que llegan diciendo una frase inquietante: “Ya nada me emociona”.
No siempre hablan de tristeza.
Muchas veces hablan de desconexión.
Siguen cumpliendo con sus responsabilidades.
Trabajan.
Sonríen.
Atienden compromisos.
Pero sienten que algo esencial se ha ido apagando.
Cuando escucho esas palabras no pienso únicamente en el sufrimiento.
Pienso también en el asombro perdido.
Porque la capacidad de maravillarnos no desaparece de un día para otro.
Se desgasta lentamente cuando dejamos de prestar atención a aquello que sostiene nuestra humanidad.
Tal vez el mayor desafío de nuestro tiempo no sea producir más, saber más o avanzar más rápido.
Tal vez el verdadero desafío sea volver a mirar.
Mirar el rostro de quien tenemos enfrente.
Mirar el cielo sin buscar fotografiarlo.
Escuchar una conversación sin interrumpirla.
Descubrir nuevamente el aroma del café por la mañana.
Agradecer una llamada inesperada.
Contemplar el silencio de un amanecer.
No se trata de regresar al pasado ni de renunciar a la tecnología.
Se trata de recordar que la vida ocurre siempre en el único lugar donde realmente podemos habitarla: el momento presente.
Quizá el asombro nunca abandonó el mundo.
Quizá fuimos nosotros quienes dejamos de detenernos lo suficiente para descubrirlo.
Y mientras todavía podamos emocionarnos con la risa de un niño, con una buena lectura, con una conversación honesta o con la inmensidad del cielo al caer la tarde, seguiremos teniendo una oportunidad para reconciliarnos con la vida.
Porque, después de todo, el mundo continúa siendo extraordinario.
Lo que necesita despertar es nuestra manera de mirarlo.
“La prisa nos enseña a atravesar la vida; el asombro nos devuelve el privilegio de habitarla.”