Bajo presión
El problema nunca fue el Mundial. El problema es la puntualidad con la que, tras la eliminación de la Selección Nacional, gobierno y clase política reclaman el derecho a olvidar.
Durante semanas gozamos la ilusión, el festejo, el símbolo, el canto, la pertenencia, el baile; la oportunidad de vernos reflejados como un colectivo capaz, si se empeña, de alcanzar lo increíble. Ese gozo fue real y no tiene por qué pedir disculpas.
Por muy villamelón que uno sea, tras el resultado del encuentro contra Inglaterra tampoco se puede decir aquello de que jugaron como nunca y perdieron como siempre: ni siquiera esa consolación barata nos queda. También es difícil coincidir con Jorge Valdano en que el futbol es lo más importante de las cosas menos importantes, frase repetida a lo largo de este Mundial como justificación del supuesto distractor que representan los juegos de la Copa. El juego no puede considerarse una pérdida de tiempo ni una simple distracción: es un elemento fundador en el desarrollo de las civilizaciones.
Roger Caillois, en Los juegos y los hombres, demuestra el papel que el juego cumple en la construcción de la cultura, la sociedad y la propia naturaleza humana.
Construye cultura. Al revelar valores, virtudes y defectos, el juego se transforma en espejo social; sus reglas preparan a los ciudadanos para respetar las leyes de la vida real.
Satisface necesidades psicológicas profundas. Caillois establece cuatro categorías esenciales del juego (Competencia, Azar, Simulacro, Vértigo) y cada una responde a un deseo humano fundamental: la superación y el reconocimiento; la posibilidad de experimentar el destino en una cancha pareja; el desarrollo de la imaginación; el éxtasis momentáneo.
Es un espacio de libertad que introduce reglas absolutas en un mundo real caótico y confuso. Al evolucionar de la diversión improvisada al juego con reglas complejas, auxilia el desarrollo de la paciencia, el ingenio y las habilidades necesarias para construir civilizaciones.
Aquí Caillois es también advertencia, no solo celebración: si la sociedad permite que estas pasiones lúdicas se desborden sin control hacia la política, la economía o la convivencia diaria, el tejido social se degrada por completo.
La Copa Mundial de la FIFA 2026 ejemplifica a la perfección cómo los intereses comerciales, políticos y tecnológicos rompen las fronteras del juego puro y desbordan las pasiones lúdicas hacia la corrupción social que describe Caillois. Cuando el torneo deja de ocurrir en un tiempo y un espacio estrictamente separados de la vida cotidiana para responder a ambiciones externas, las cuatro categorías se desvirtúan: la mercantilización se vuelve absoluta, la expansión del formato responde a negocio antes que a mérito deportivo, las apuestas masivas (empujadas por la invasión absoluta de la oferta en redes sociales) fomentan la ludopatía, los gobiernos se someten a las reglas de la FIFA y a su corrupción, y el sportswashing convierte el evento en máscara geopolítica: gobiernos y maquinarias políticas (ahí está la intervención de Donald Trump para rectificar la tarjeta roja a Folarin Balogun, jugador de la selección estadounidense) lo usan para lavar su imagen pública, ocultar tensiones diplomáticas o encubrir crisis internas. La desmesura del fanatismo radical, la violencia callejera, la xenofobia y las conductas temerarias impulsadas por el alcohol o el odio nacionalista rompen el orden social y dañan la integridad física de terceros: el éxtasis del juego se transforma en caos destructivo. El hate y la polarización se promueven desde las redes; hay faltas de respeto cuando suena el himno de otros países o se lleva serenata a la selección de Ecuador; y hay muertos en las celebraciones porque los gobiernos son incapaces de proteger a quienes salieron a festejar.
La Patria es una permanente dualidad. El país no ocurre en canchas separadas ni en tiempos detenidos: el joven que porta la casaca tricolor con orgullo está, al mismo tiempo, en la mira del crimen organizado para ser reclutado. Las madres y los padres buscadores, que recorren el territorio con horror en la mirada en busca de sus hijos, pueden y deben gozar también de la belleza de un gol. El juego y la realidad nacional ocurren simultáneamente y no deberían olvidarse el uno al otro.
Por eso es difícil coincidir con quien señala que, una vez eliminada la Selección, se acabó el Mundial y, ahora sí, es momento de retomar la agenda nacional, volver a poner atención en lo verdaderamente importante. Esa frase, dicha con aire de sensatez, delata en realidad el oportunismo de toda la clase política: esa que ve en los problemas del país una oportunidad electorera y no un compromiso real con las causas y los movimientos, la que confunde agenda con calendario y sólo la retoma cuando el marcador ya no le sirve de cortina.
Otra frase que me parece está mal formulada es que México es mucho más que un juego, en especial cuando se dice con el propósito de distinguirse de la masa eufórica que disfrutó el paso de la Selección Mexicana por el Mundial, los millones de personas que lograron encontrarse apasionadas por el juego, como reprimenda por distraerse en los partidos; a ellos le diría que la verdadera Patria está hecha de México, su juego y su afición.
Coda. A los jóvenes de la Selección y a su cuerpo técnico, simple y llanamente: gracias, eso que parece tan poco y es tanto. Ellos cumplieron su parte del trato con la Patria; falta ver cuándo cumplimos nosotros el resto.
@edilbertoaldan