Primero abandonamos a los hijos... luego construimos cárceles

Desde el Lunar Azul

Hay algo peor que tener una generación perdida.Creer que apareció por generación espontánea.

Aguascalientes acaba de recibir un reconocimiento que nadie quería presumir: es el estado con la mayor tasa nacional de adolescentes imputados por delitos. El dato es del INEGI, no de la oposición, ni de el diputade “lechero”, ni de las benditas redes sociales. Algo profundamente se está rompiendo bajo la superficie de ese estado que presume ser uno de los más seguros del país.

Y, sin embargo, aquí seguimos, entretenidos en discusiones estériles mientras nuestros jóvenes empiezan a conocer más las carpetas de investigación que las canchas deportivas.

Porque ningún adolescente despierta un lunes convertido en delincuente.Antes fue un niño.Y antes de eso, un hijo.

La violencia comienza mucho antes de llegar a la Fiscalía. Comienza en hogares donde los gritos sustituyeron al diálogo, donde el alcohol ganó la discusión familiar y donde miles de mujeres y hombres siguen siendo víctimas de agresiones. Tan sólo en 2025 se iniciaron más de 2,700 carpetas por violencia familiar en Aguascalientes, aunque las llamadas al 911 muestran que el problema real es mucho mayor y apenas una parte llega a denunciarse.

Luego nos sorprendemos cuando esos adolescentes responden con violencia.

¿Dónde aprendieron?

La respuesta, casi siempre, tiene dirección conocida.Pero tampoco sería honesto cargar toda la responsabilidad sobre las familias.

El Estado también educa. Educa con sus prioridades.

Y aquí surge una pregunta incómoda.

¿Qué han hecho realmente los gobiernos estatales y municipales desde 2016 para reconstruir el tejido social?

Más allá de la Feria Nacional de San Marcos, de los festivales, de los conciertos, de las verbenas populares y de una agenda pública donde el entretenimiento suele ir acompañado del consumo de alcohol, ¿cuál ha sido la gran política pública para fortalecer a las familias, recuperar barrios, abrir centros comunitarios, impulsar el deporte de colonia o mantener actividades culturales permanentes para niños y adolescentes?

Porque organizar una pachanga llena una plaza una noche, con todo y el Instituto de Cultura de Aguascalientes, promoviendo carnitas asadas. Pero no llena el vacío de un adolescente durante todo el año.

Y ese vacío alguien termina ocupándolo.La delincuencia.Las drogas.La pandilla.

O simplemente la desesperanza.

Por eso resulta inevitable observar con curiosidad política la reciente visita del senador Antonio Martín del Campo al Centro de Confinamiento del Terrorismo, el gigantesco penal convertido en símbolo de la estrategia de seguridad del presidente Nayib Bukele.

La visita abre preguntas que merecen respuesta.

¿Fue un viaje para conocer un modelo penitenciario o el reconocimiento implícito de que las estrategias de seguridad aplicadas durante años en Aguascalientes necesitan replantearse?

¿Se busca importar el modelo de las megacárceles?

¿O simplemente fue turismo político para la fotografía?

Porque si la respuesta al primer lugar nacional en adolescentes imputados termina siendo construir más cárceles, entonces llegamos demasiado tarde.

Las cárceles administran el fracaso, no lo previenen.

Los gobiernos están obligados a perseguir el delito, sí. Pero también a evitar que miles de jóvenes lleguen a delinquir.

Esa parte casi nunca aparece en los informes de gobierno.

Mientras se presume inversión, empleo y crecimiento económico, el INEGI muestra otra realidad: más adolescentes frente al sistema penal. Y detrás de cada expediente hay una historia de violencia familiar, abandono, fracaso escolar o ausencia de oportunidades.

Tal vez el verdadero debate no sea cuántas patrullas necesitamos.Ni cuántas cámaras.Ni siquiera cuántas cárceles, la pregunta debería ser mucho más incómoda:

¿Cuándo fue la última vez que un gobierno de Aguascalientes puso en el centro de su agenda a la familia, a la comunidad y a los adolescentes con la misma intensidad con la que promueve una feria, un concierto o una temporada de festividades?

 

Porque las ferias terminan, las luces se apagan, las bandas dejan de tocar.

Pero los hijos que crecieron solos permanecen.

Y esos, tarde o temprano, terminan pasándole la factura a toda la sociedad.

 

Aquí dejo esta roca.

 

Empújela usted.

Yo vuelvo, como siempre.

 

 

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