Esta colaboración se publica apenas unas horas antes de que Harry Kane, capitán de Inglaterra y delantero del FC Bayern Múnich, salte a la cancha del mítico Estadio Azteca, rebautizado temporalmente durante el Mundial por motivos comerciales, para disputar uno de los partidos más esperados del torneo.
Del otro lado está quien quizá representa la mayor ilusión que ha despertado el futbol mexicano en muchos años, Gilberto Mora. Nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, mientras su padre, también futbolista profesional, militaba en Jaguares. Pero su historia terminaría escribiéndose en Tijuana, ciudad donde debutó y desde donde comenzó a llamar la atención de propios y extraños.
Los equipos se construyen con la suma de individualidades, pero hoy quiero detenerme en estas dos figuras.
Kane es el máximo goleador histórico de su selección, campeón de la Bundesliga y uno de los delanteros más completos del futbol contemporáneo. Después de más de una década en la élite europea, llega con la responsabilidad de conducir a una generación inglesa que busca volver a conquistar un Mundial después de sesenta años.
Enfrente aparece Mora, apenas un adolescente convertido en la gran promesa del futbol mexicano. Un muchacho que juega con una sencillez casi ofensiva para estos tiempos: recibe, levanta la cabeza, entrega el balón y hace parecer fácil lo que, según quienes de verdad saben de futbol, es el mayor arte de este deporte, volver simple lo extraordinario.
Quizá por eso Mora despierta tanta simpatía. En un país sediento de buenas noticias, de referentes positivos y de historias de mérito, representa exactamente lo contrario del estruendo cotidiano. No necesita discursos grandilocuentes; le basta su futbol.
Ahí aparece, inevitable, la comparación con nuestra vida pública.
¿Por qué resulta tan difícil encontrar gobernantes, legisladores o dirigentes capaces de hacer sencillo lo complejo? ¿Por qué abundan los comentaristas oficiales, los líderes partidistas y los aspirantes permanentes al poder cuya principal habilidad consiste en complicar los problemas, dividir a la sociedad y convertir cualquier diferencia en una guerra?
Vivimos una época en la que la confrontación se ha vuelto método de gobierno y estrategia de oposición. Desde un extremo se insiste en clasificar a los mexicanos entre "pueblo" y "adversarios"; desde el otro proliferan etiquetas despectivas como "chairos", "fifís" o "whitexicans". Se sustituyen los argumentos por insultos, y el desacuerdo democrático por la descalificación moral.
Mientras la política fabrica enemigos, el futbol, con todas sus imperfecciones, nos recuerda algo simple: el adversario está enfrente, no sentado junto a nosotros.
El Mundial está dejando una enseñanza inesperada. México ha sido sede de trece partidos en esta fase del torneo, incluidos los cuatro de la Selección Nacional, y aunque sólo una fracción de la población ha podido asistir a los estadios, millones han ocupado plazas públicas, fan zones, restaurantes y calles para celebrar juntos. Las imágenes hablan solas: familias completas, personas de todas las edades, simpatizantes de distintas ideologías y niveles socioeconómicos abrazándose por un mismo gol.
Sí, también hubo incidentes lamentables y pérdidas humanas durante algunos festejos masivos, hechos que obligan a reforzar las medidas de protección civil. Pero incluso con esos episodios, el balance social ha sido muy positivo: por unos días, la conversación nacional dejó de girar alrededor del enfrentamiento político para concentrarse en una emoción compartida.
No es poca cosa.
Las ciencias sociales llevan años documentando que los grandes eventos deportivos fortalecen el capital social: generan confianza entre desconocidos, refuerzan la identidad colectiva y crean espacios de cooperación espontánea. México, uno de los países con mayores niveles de polarización política según diversas encuestas de los últimos años, necesita precisamente más experiencias de comunidad y menos incentivos para la confrontación.
Ojalá la fraternidad que muestran losseleccionados en los entrenamientos, en los vestidores y sobre la cancha termine imponiéndose también en nuestra vida pública. Porque cuando un equipo entiende que el rival está enfrente, todos juegan mejor. Lo mismo debería ocurrir con un país.
Necesitamos empresarios que inviertan con confianza en México; dirigentes partidistas capaces de construir acuerdos; gobernantes honestos, valientes y eficaces; legisladores que privilegien soluciones sobre consignas; y ciudadanos dispuestos a castigar la corrupción venga de donde venga, sin importar colores ni siglas.
Quizá el futbol no cambie la realidad nacional. Pero sí puede recordarnos algo que olvidamos con demasiada frecuencia: que antes que simpatizantes de un partido, de una ideología o de una clase social, somos mexicanos.
Y cuando México juega unido, suele ser mucho más fuerte que cualquiera de sus diferencias.
Autor: Ricardo Heredia Duarte