Las recientes lluvias han dejado graves destrozos en distintas zonas de la ciudad, vulnerando el patrimonio de muchas familias a causa de inundaciones, goteras y otros estragos provocados por el temporal. De esta difícil situación no está exenta la Iglesia, que también ha sufrido daños considerables en la infraestructura de varios de sus templos.
A través de las redes sociales, muchos fuimos testigos del deterioro que sufrieron estas parroquias. Sin embargo, más allá de la religión o de la afinidad hacia algún credo, estoy convencido de que el respeto y la empatía deben prevalecer en todo momento. Por ello, me sorprendió y entristeció profundamente el tono de los comentarios que leí en internet frente a estas afectaciones. Mensajes como "ya se les acabó el negocio", "es un castigo de Dios" o "qué bueno que los bendijo con el agua", inundaron las plataformas.
Pareciera que las pantallas nos han instalado una "empatía selectiva", mediante la cual solo nos conmueve el dolor de quienes piensan, votan o creen exactamente igual que nosotros. Detrás de un teclado resulta muy fácil olvidar que un templo inundado, al igual que una casa con filtraciones, representa el esfuerzo, el tiempo y el sacrificio de personas de carne y hueso. Quienes se burlan olvidan que detrás de cada muro levantado o cada techo reparado no hay grandes corporaciones, sino el fruto de faenas comunitarias y el esfuerzo económico de familias trabajadoras que dan de lo suyo para dignificar su espacio común.
Para los feligreses que asisten a estas parroquias, ver su templo dañado por la fuerza de la naturaleza no es ningún motivo de gracia. Muchos de ellos han colaborado activamente en la mejora de las instalaciones porque, para los afectados, esos recintos representan su lugar de encuentro con Dios.
¿Qué ganamos con comentarios poco empáticos que, lejos de ayudar y motivar, se convierten en ofensas gratuitas? La empatía es la capacidad de comprender y compartir los sentimientos y experiencias de otra persona; es ponerse en su lugar. No se trata simplemente de sentir lástima, sino de hacer el esfuerzo consciente por situarnos, como coloquialmente decimos, “en los zapatos del otro”.
En nuestra sociedad siempre existirán situaciones complejas que pongan a prueba nuestra sensibilidad. Ante la desgracia ajena, la naturaleza nos vulnera a todos por igual, pero la indolencia nos deshumaniza. Si no somos capaces de construir puentes de respeto en la adversidad, ¿qué tipo de sociedad estamos cimentando? La empatía no es una opción ni un lujo reservado para los nuestros; es el requisito mínimo indispensable para poder seguir llamándonos comunidad.