Mundial, no te acabes

¿Lo dije o lo pensé?

Durante varias semanas, buena parte de México ha vivido pendiente del Mundial. Los partidos acaparanlas conversaciones, las redes sociales, los programas de televisión y hasta la agenda cotidiana de muchas familias. Cuando juega la selección, ni se diga.Se modifican horarios, se cancelan clases, se promueve el teletrabajo, se organizan reuniones y cualquier otro asunto parece perder importancia. Esto no nos extraña. El futbol ocupa un lugar especial en la vida del país y un Mundial celebrado parcialmente en territorio mexicano genera todavía más entusiasmo.

El problema no está en disfrutarlo. Sería absurdo pedirle a la población que permanezca seria y alejada de cualquier entretenimiento mientras existan dificultades nacionales. La gente tiene derecho a emocionarse, festejar y distraerse. Lo preocupante es cuando esa distracción resulta demasiado conveniente para quienes tienen la responsabilidad de gobernar.

Mientras estamos pendientes del Mundial, los problemas de México siguen donde estaban. La inseguridad no se suspende durante los partidos. La violencia no descansa. Los hospitales continúan enfrentando carencias, las escuelas mantienen deficiencias, el transporte público no mejora y miles de familias siguen haciendo cuentas para llegar al final de la quincena. Tampoco desaparecen la corrupción, la impunidad ni las decisiones públicas que deberían ser explicadas con claridad.

Durante el Mundial todo recibe menos atención. Una noticia que en otro momento ocuparía portadas puede quedar relegada por el resultado de un partido, una polémica arbitral o las declaraciones de algún futbolista. El gobierno lo sabe, los partidos políticos lo saben y los medios también. La emoción deportiva ofrece una oportunidad ideal para reducir el costo político de decisiones impopulares, minimizar errores o evitar debates indeseables.

Además, los gobiernos suelen aprovechar estos acontecimientos para mostrarse cercanos a la gente. Aparecen funcionarios con la camiseta nacional, mensajes de unidad, fotografías y videos celebrando goles de la selección y discursos sobre el orgullo de ser mexicanos. Todo eso forma parte de la comunicación política. El problema es que apoyar a la selección no sustituye la obligación de dar resultados. Celebrar un gol no corrige errores en la estrategia de seguridad, no abastece medicamentos, no mejora el ingreso de los trabajadores ni reduce los precios de los productos y servicios.

El Mundial también permite proyectar una imagen positiva hacia el exterior. México aparece como un país alegre, hospitalario y capaz de recibir a miles de visitantes. Esa imagen no es falsa, pero sí incompleta. Detrás de los estadios llenos y las zonas turísticas existen ciudades con graves problemas de movilidad, servicios públicos deficientes, comunidades afectadas por la violencia y una profunda desigualdad social.

Por eso conviene separar dos asuntos que pueden coexistir. Podemos disfrutar el Mundial, apoyar a México y celebrar cada triunfo sin dejar de exigir cuentas a las autoridades. No tenemos que elegir entre la alegría deportiva y la responsabilidad ciudadana. Lo que no deberíamos permitir es que una cosa anule a la otra.

“Mundial, no te acabes” puede expresar el deseo de prolongar la emoción, las reuniones y los buenos momentos. Para algunos funcionarios también podría significar que dure un poco más el periodo en que la atención pública está en otra parte. El torneo terminará y volveremos a mirar los problemas que nunca se fueron. Para entonces, convendría recordar que el Mundial los puso fuera de la conversación, pero no fuera de la realidad.

 

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