¿Y si, sí?

En estos tiempos

Hoy todos los mexicanos nos hacemos la misma pregunta. ¿Y si, sí?

Y para responderla he escuchado todo tipo de argumentos. Que si somos locales. Que si el Azteca pesa. Que si la altura —el argumento más repetido y sólido—. Que si nos la merecemos. Hasta he escuchado que Diosito nos la debe, como una especie de compensación por la violencia en que estamos sumidos.

De todo lo que he escuchado, hay algo que nunca aparece: un argumento deportivo. Nadie dice que nuestra delantera es tan poderosa que pone a temblar a Courtois. Nadie dice que nuestros centrales tienen la calidad para contener a Mbappé, a Haaland, a Harry Kane, a Messi o a Cristiano. Nadie dice que nuestros jugadores compiten semana a semana en las ligas más importantes del mundo y que eso nos da tablas y experiencia para ganar. No. Nadie habla de eso.Y si nadie lo dice es porque, hasta ahora, no hemos hecho lo necesario para poder decirlo.

Me recuerda aquella canción de los años cincuenta que decía:

¿a qué le tiras cuando sueñas, mexicano?

¿A hacerte rico en loterías con un millón?

Mejor trabaja, ya levántate temprano

Esa es exactamente la cuestión. Llevamos años soñando con el premio sin hacer el trabajo que lo produce.

No hemos sabido aprovechar estos torneos para desarrollar la infraestructura que permita encontrar talento, prepararlo al más alto nivel y que compita internacionalmente con argumentos deportivos, y no solo porque somos una gran afición. Eso es exactamente lo que sí hicieron los países que hoy dominan el futbol mundial.

Y lo hicieron trabajando antes, no después.

En 1976, la Federación Francesa de Fútbol decidió cambiar la situación de una selección que llevaba dos Mundiales sin clasificar. El sueño se cumplió en 1982, cuando comenzó la construcción de Clairefontaine. Francia ni siquiera sabía que sería sede del Mundial de 1998 —esa noticia llegó hasta 1992—. El trabajo empezó dieciséis años antes del título.

España ganó la sede de Barcelona 92 en 1986 y, dos años después, creó el Plan ADO con financiamiento público y privado para los deportistas con aspiraciones a medalla. Cuatro años de trabajo deliberado antes del evento. El impulso se reflejó sobre todo en el siglo XXI: Nadal, Gasol, Casillas, Iniesta, pueden considerarse “hijos” de aquel espíritu. España ganó su primer Mundial dieciocho años después de Barcelona 92. El trabajo llegó primero. El título, después.

A Estados Unidos la FIFA le exigió fundar una liga profesional como condición para ser sede en 1994. De ahí nació la MLS en 1996, financiada en parte con el superávit del propio torneo. Treinta años de trabajo constante después, la MLS aportó 44 jugadores al Mundial 2026, más que cualquier otra liga del continente, y el 79% de los convocados por Estados Unidos y Canadá pasó por sus estructuras de formación. Un país que en 1994 ni siquiera tenía liga profesional, hoy exporta más talento mundialista que la Liga MX.

Tres países distintos. Tres caminos distintos. Una sola constante: trabajaron antes de ganar, no después.

¿Y nosotros?

México ha llegado a cuartos de final solo en 1970 y 1986, ambas como anfitrión. Desde entonces, eliminación consistente en octavos. Del 70 al 86 pasaron dieciséis años. Del 86 a 2026, cuarenta. Dos números idénticos a los de Francia y casi el doble que España. La diferencia no es el tiempo que ha pasado. Es lo que hicimos -o no hicimos- con ese tiempo.

Para este Mundial, el gobierno anunció el Mundial Social, un programa para rehabilitar y construir 4,208 canchas en todo el país. El anuncio se hizo el 18 de noviembre de 2025: menos de siete meses antes de que rodara el primer balón.

No voy a restarle mérito: esas canchas son un bien para el deporte comunitario, para la salud, para que niñas y niños tengan dónde jugar. Pero confundir 4,208 canchas con un sistema de alto rendimiento es confundir el campo con el campeón. Francia no ganó porque tuviera campos. Ganó porque dieciséis años antes construyó un centro nacional de detección y formación con metodología, con cuerpo técnico especializado y con un propósito explícito: producir jugadores de clase mundial. Eso, cuatro grandes eventos después, sigue sin existir en México.

No quiero que esta columna se lea como pesimismo. Quiero que se lea como diagnóstico. México ganó sus tres partidos de la fase de grupos por primera vez en la historia, clasificando como líder de grupo. Algo se mueve. Puede ser la afición. Puede ser el Azteca. Puede ser la altura. O puede ser, por primera vez, algo deportivo de verdad. Eso lo dirá la cancha en los próximos partidos.

Pero si queremos dejar de preguntarnos ¿y si, sí?, y empezar a poder afirmar por qué sí —con argumentos, no con fe—, hay una sola respuesta. No es la suerte. No es la altura. No es que Dios nos deba algo. Es trabajar. Como decía la canción: ya levántate temprano.

Y son los próximos dieciséis años, no los próximos siete meses, los que van a decidir si la cuarta vez que México sea sede de algo grande —porque seguramente lo seremos otra vez— por fin llegamos con argumentos deportivos.

 

Mientras tanto, ojalá esta columna envejezca lo peor posible. Y que México quede campeón. Porque, ¿y si, sí?

 

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