Transeúnte
La temporada de lluvias ha llegado. La bendición del agua no solo reverdece la naturaleza y nos hace contemplarla en colores siempre nuevos; su fuerza también pone de manifiesto los problemas de nuestra ciudad: la basura acumulada en las alcantarillas, la superficialidad de nuestro asfalto y lo imprudentes que podemos ser al momento de conducir.
Así como la lluvia pone al descubierto la fragilidad de nuestra infraestructura, pienso que también existen en la vida situaciones que desnudan aquellas realidades que nos negamos a ver y asumir. Siempre he pensado que es muy bueno animarnos a colocarnos frente al espejo de nuestra propia existencia; para poder así analizarnos, no con base en lo que nosotros pensamos de nosotros mismos, sino desde la claridad que el Evangelio puede aportar a nuestra vida.
Jesús nos invita a construir desde la solidez. Él habla en una de sus parábolas de aquella persona que construyó su casa sobre la arena y de otra que fue prudente y edificó sobre roca. Siguiendo la narración evangélica, quien construye sobre arena concluye pronto, pues levantar ahí una estructura es más sencillo, requiere menos esfuerzo y los resultados se ven más rápido. En cambio, quien construye sobre la roca tiene que trabajar más; el fruto de su esfuerzo no se notará de inmediato, sin embargo, los resultados de su labor perdurarán en el tiempo.
Edificar sobre roca duele: implica cavar hondo, retirar la tierra suelta de nuestros egoísmos y picar la piedra de nuestro orgullo. Es un trabajo silencioso, muchas veces invisible para los demás, que no genera el aplauso inmediato de una sociedad acostumbrada a lo desechable. Pero el Evangelio no nos llama a ser populares, sino a ser fieles. Lo que verdaderamente sostiene a una persona en medio de la tempestad no es lo vistoso de su estructura, sino la profundidad y el peso de sus cimientos.
Lamentablemente, lo que vale la pena cuesta trabajo, y hoy vivimos en la cultura de la inmediatez: resultados de un día para otro, cosas que requieran de nosotros el mínimo esfuerzo y nos ofrezcan la máxima satisfacción. Buscamos vidas de "asfalto rápido": soluciones superficiales que cubran las grietas estéticas pero que no resisten las corrientes profundas. Queremos relaciones instantáneas, madurez sin procesos y una paz interior que no nos cueste renuncia.
Sin embargo, la inmediatez es una ilusión de seguridad. Al igual que los desarrollos urbanos construidos a la prisa y sin planeación, una vida edificada sobre el mínimo esfuerzo se vuelve altamente vulnerable. Tarde o temprano la realidad —en forma de crisis, pérdida o enfermedad— se presenta sin avisar, y es ahí donde se revela si fuimos constructores pacientes o simplemente habitantes de una fachada efímera.
Vivimos ignorando que la solidez no se improvisa. Preferimos la comodidad de la arena porque no exige sacrificio, olvidando que la tormenta no tiene la culpa del desastre; solo pone a prueba la calidad de los cimientos. Hoy que el agua vuelve a correr por nuestra ciudad y saca a flote nuestras fragilidades urbanas, vale la pena colocarse frente al espejo del Evangelio y hacernos una pregunta honesta: cuando las aguas de la vida rujan y los vientos golpeen con fuerza... ¿qué es lo que va a quedar en pie en nosotros, la superficialidad del asfalto o la resistencia de la roca?