II: La fricción que nos hace humanos

Opinión

Existe una tendencia contemporánea a buscar espacios donde nadie nos contradiga.

 

Seguimos a quienes piensan como nosotros.

 

Leemos a quienes confirman nuestras creencias.

 

Nos rodeamos de opiniones familiares.

 

Y poco a poco construimos pequeñas burbujas de coincidencia donde rara vez nos enfrentamos a perspectivas diferentes.

 

A primera vista parecería un camino cómodo. Nos sentimos comprendidos, respaldados y seguros. Sin embargo, aquello que brinda comodidad no siempre favorece el crecimiento. En ocasiones, la excesiva semejanza termina empobreciendo nuestra capacidad de comprender la complejidad del mundo.

 

La antropóloga Anna Lowenhaupt Tsing utiliza una palabra sugerente para comprender los encuentros humanos: fricción.

 

La fricción es aquello que ocurre cuando dos superficies distintas entran en contacto.

 

Produce resistencia.

 

Produce incomodidad.

 

Produce movimiento.

 

Produce transformación.

 

Algo semejante ocurre entre las personas.

 

El encuentro con quien piensa distinto puede resultar incómodo. El encuentro con otra generación puede desafiar nuestras certezas. El encuentro con una cultura diferente puede obligarnos a revisar nuestras convicciones. Incluso el diálogo con quienes amamos suele confrontarnos con aspectos de nosotros mismos que preferiríamos no mirar.

 

Sin embargo, precisamente en esos encuentros se amplía nuestra comprensión del mundo.

 

La historia humana ha avanzado gracias al encuentro entre diferencias. Las ideas evolucionan cuando son cuestionadas. La ciencia progresa cuando una teoría es confrontada por otra. La educación florece cuando el alumno descubre perspectivas distintas a las propias. Las sociedades se enriquecen cuando son capaces de integrar múltiples voces.

 

El problema no es la diferencia.

 

El problema es haber olvidado cómo convivir con ella.

 

Hoy observamos con frecuencia una tendencia preocupante: cualquier desacuerdo puede convertirse rápidamente en descalificación. La discrepancia se interpreta como amenaza. La crítica se percibe como agresión. El diálogo se reemplaza por la confrontación y la escucha es sustituida por la necesidad de tener razón.

 

Las redes sociales han amplificado este fenómeno. Los algoritmos suelen mostrarnos aquello con lo que ya estamos de acuerdo. Poco a poco terminamos habitando espacios donde nuestras ideas son constantemente reforzadas y donde la diferencia aparece cada vez más como algo extraño o incluso peligroso.

 

Pero la democracia, la educación y la convivencia humana dependen de algo fundamental: la capacidad de sostener diferencias sin destruir vínculos.

 

Desde el psicoanálisis sabemos que la madurez emocional no consiste en encontrar personas idénticas a nosotros.

 

Consiste en reconocer que el otro tiene una existencia propia.

 

Una historia distinta.

 

Una sensibilidad diferente.

 

Un modo particular de comprender la realidad.

 

Y que, aun así, podemos encontrarnos.

 

El pensamiento nace precisamente allí donde nuestras certezas son puestas en cuestión. Las preguntas aparecen cuando algo interrumpe nuestras respuestas automáticas. El crecimiento comienza cuando dejamos de escuchar únicamente nuestra propia voz y nos permitimos ser transformados por la experiencia del otro.

 

Tal vez necesitamos recuperar una pedagogía de la diferencia.

 

Aprender a disentir sin odiar.

 

Aprender a escuchar sin someternos.

 

Aprender a debatir sin destruir.

 

Aprender a reconocer que la diversidad de perspectivas no debilita a una sociedad.

 

La fortalece.

 

Porque los puentes no se construyen entre territorios idénticos.

 

Los puentes existen precisamente porque hay distancia.

 

Y porque alguien, a pesar de la distancia, decide atravesarla para encontrarse con el otro.

 

Quizá esa sea una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo: recuperar la capacidad de dialogar con quienes son distintos, no para convencerlos de que piensen como nosotros, sino para recordar que la humanidad siempre ha crecido gracias a la riqueza de sus diferencias.

 

Dr. José Mauricio López. Psicoterapeuta. Psicoanalista. Escritor

 

 

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