La llamada moda rápida permite comprar ropa en tendencia a bajo costo, pero detrás de sus precios bajos hay un alto impacto ambiental: consumo excesivo de agua, emisiones contaminantes, residuos textiles y liberación de microplásticos.
La ropa que se compra por impulso, se usa pocas veces y termina olvidada en el clóset o en la basura forma parte de un modelo conocido como fast fashion o moda rápida, una industria basada en producir grandes volúmenes de prendas, a bajo costo y en tiempos cada vez más cortos para responder a las tendencias del momento.
A diferencia de la moda tradicional, que solía trabajar por temporadas, la moda rápida lanza colecciones de manera constante, incluso cada semana, con diseños inspirados en pasarelas, celebridades o tendencias virales. Greenpeace México describe este modelo como una producción acelerada de prendas de baja calidad, pensadas para venderse baratas y reemplazarse pronto.
Una prenda puede formar parte de este modelo cuando tiene un precio muy bajo en comparación con otras similares, cambia constantemente según las tendencias, está hecha con materiales sintéticos o de baja durabilidad, pierde forma o color tras pocas lavadas, o pertenece a marcas que lanzan colecciones nuevas con demasiada frecuencia.
También puede identificarse cuando la compra se siente “urgente”: ofertas relámpago, temporadas muy cortas, promociones de muchas piezas por poco dinero o mensajes que empujan a consumir rápido antes de que “se agote”.
El impacto no empieza cuando tiramos la ropa, sino desde su fabricación. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advierte que el sector textil genera entre 2 y 8 por ciento de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, consume cerca de 215 billones de litros de agua al año y es responsable de alrededor del 9 por ciento de la contaminación por microplásticos que llega a los océanos.
A esto se suma el uso de químicos durante los procesos de teñido, acabado y tratamiento de telas. De acuerdo con el Parlamento Europeo, la producción textil está relacionada con cerca del 20 por ciento de la contaminación mundial del agua limpia, principalmente por los procesos de teñido y acabado.
Las fibras sintéticas, como el poliéster, también representan un problema. Al lavar ropa hecha con estos materiales, se desprenden microfibras plásticas que pueden llegar a ríos, mares y cadenas alimenticias. Una sola carga de lavado de ropa de poliéster puede liberar cientos de miles de fibras microplásticas.
El otro gran problema es el desperdicio. La Fundación Ellen MacArthur señala que, cada segundo, el equivalente a un camión de basura lleno de ropa termina quemado o enterrado en vertederos. Este modelo lineal de “producir, comprar, usar poco y tirar” provoca pérdida de recursos, contaminación y acumulación de residuos textiles.
Reducir el impacto de la moda rápida no significa dejar de comprar ropa, sino hacerlo con más conciencia. Antes de adquirir una prenda conviene preguntarse: ¿realmente la necesito?, ¿la usaré más de una vez?, ¿combina con lo que ya tengo?, ¿está bien hecha?, ¿puedo repararla si se daña?
Elegir prendas de mejor calidad, comprar de segunda mano, intercambiar ropa, reparar, donar de forma responsable y evitar compras impulsivas son acciones que ayudan a romper el ciclo de consumo acelerado.
La moda también comunica quiénes somos, pero cuando se vuelve desechable deja una huella que no desaparece tan rápido como una tendencia. En tiempos de crisis ambiental, vestir con estilo también puede significar vestir con responsabilidad.