Desde el segundo piso
Hay una vieja frase en el futbol, los partidos no se ganan en la tribuna, sino en la cancha. La política mexicana parece haber olvidado esa máxima.
El Mundial de 2026 ofrece una metáfora casi perfecta para leer el momento que atraviesa el país. En la fase de grupos, todos prometen. Cada selección presume estrategia, preparación y unidad. En política ocurre lo mismo, discursos de transformación, llamados a la unidad nacional, anuncios de inversión, promesas de prosperidad. La diferencia aparece cuando rueda el balón. Ahí ya no cuentan los spots, sino la capacidad de resolver problemas bajo presión.
El gobierno federal juega como un equipo que obtuvo una amplia ventaja en el marcador durante el primer tiempo. Controla la posesión, dicta el ritmo y tiene mayoría en casi todas las zonas del campo institucional. Sin embargo, los números del descanso no son alentadores. En 2025, la economía creció apenas 0.8%, el registro más bajo desde la caída pandémica de 2020, y el PIB per cápita regresó a niveles de 2017. El Plan México prometía colocar al país entre las diez economías más grandes del mundo; a un año del anuncio, México bajó del lugar 12 al 13 en el ranking del Banco Mundial. La posesión del balón, sin goles, no gana campeonatos.
La oposición, por su parte, recuerda a esas selecciones que pasan más tiempo reclamando al árbitro que organizando el siguiente ataque. Se inconforman con las decisiones del VAR, cuestionan la cancha y denuncian las reglas del torneo, pero pocas veces generan una jugada de gol. En política, como en el futbol, el público termina castigando más la esterilidad ofensiva que los errores arbitrales.
Mientras tanto, la ciudadanía compra el boleto, llena el estadio, paga la transmisión. Y paga cara la entrada, en 2025 el impacto económico de la violencia se mantiene elevado, equivale al 11% del PIB nacional, con un costo per cápita superior a los $24,000 pesos, según el Índice de Paz México 2026
Hay otro paralelismo que inquieta más.
Existen selecciones que juegan para ganar y otras que únicamente buscan no perder. La política mexicana parece instalada en esta segunda lógica. El debate raramente gira en torno a cómo crecer, elevar la productividad o fortalecer las instituciones. La estrategia dominante consiste en administrar el resultado. El problema es que el marcador real es inocultable. México cerró 2025 con más de 24 mil homicidios y 35 mil personas desaparecidas, de las cuales 12 mil no fueron localizadas. El acumulado histórico supera las 113 mil desapariciones. Hay mejoras reales, la reducción de homicidios fue la mayor en una década, pero el país sigue en el lugar 135 de 163 naciones en el Índice de Paz global, y la percepción de inseguridad subió por primera vez en siete años, de 73.6% a 75.6% de los ciudadanos que consideran inseguro su estado. Se puede reducir la cantidad de goles en contra y aun así perder el partido de la confianza ciudadana.
Los grandes equipos tienen banca. Forman generaciones porque saben que los titulares envejecen. La política nacional, en cambio, depende cada vez más de figuras individuales. El exceso de personalismo reduce la capacidad institucional, como ocurre con los clubes que viven de una sola estrella y se derrumban cuando ésta sale lesionada.
El Mundial también enseña algo sobre el tiempo. Noventa minutos permiten corregir errores. La política no ofrece tantas oportunidades. Una reforma mal diseñada o una institución debilitada pueden tardar generaciones en reconstruirse. Por eso gobernar exige más que ganar elecciones; exige construir estructuras capaces de sobrevivir a quienes hoy ocupan el poder.
México será observado por miles de millones de personas durante la Copa del Mundo. El reto no es solo mostrar estadios modernos o ceremonias impecables. El verdadero examen será demostrar certidumbre jurídica, seguridad y gobernabilidad funcional. Los mundiales terminan en un mes; la reputación internacional permanece durante años.
La ciudadanía no necesita más conferencias de prensa desde el vestidor. Necesita ver goles en el marcador del crecimiento, de la seguridad, de la salud y de la educación.
En democracia, como en el futbol, la afición puede perdonar una derrota. Lo que nunca perdona es un equipo que sale a la cancha sin intención de jugar a ganar.