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Lunares: señales que no debes ignorar

La mayoría de los lunares son inofensivos, pero algunos cambios pueden ser una señal de alerta. Revisarlos a tiempo puede hacer la diferencia para detectar problemas en la piel, incluido el melanoma.

Los lunares forman parte normal de la piel y, en muchos casos, permanecen iguales durante años. Sin embargo, cuando uno cambia de forma, tamaño, color o sensación, conviene poner atención y acudir con un dermatólogo, ya que los cambios en la piel son una de las señales más comunes de cáncer de piel.

Una forma sencilla de revisarlos es seguir la regla ABCDE:

A de asimetría: cuando una mitad del lunar no se parece a la otra.
B de bordes: si los bordes son irregulares, borrosos o dentados.
C de color: cuando presenta varios tonos o cambia de color.
D de diámetro: si es más grande que un chícharo o crece con el tiempo.
E de evolución: cualquier cambio en semanas o meses debe revisarse.

También hay que preocuparse si un lunar pica, duele, arde, sangra, se vuelve duro, forma costra, se ulcera o comienza a supurar. El Instituto Nacional del Cáncer señala que el melanoma puede aparecer como un cambio en un lunar existente, pero también como una nueva mancha o lesión en la piel.

Otra señal útil es el llamado “patito feo”: ese lunar que se ve diferente a todos los demás del cuerpo. Puede ser más oscuro, más grande, tener otra forma o simplemente llamar la atención porque no se parece al resto. La Skin Cancer Foundation recomienda vigilar cualquier lunar nuevo, lesión que no cicatriza o lunar que empiece a cambiar.

La revisión debe incluir zonas que a veces se olvidan, como cuero cabelludo, espalda, plantas de los pies, palmas, entre los dedos, debajo de las uñas y detrás de las orejas. Si hay antecedentes familiares de cáncer de piel, quemaduras solares frecuentes, muchos lunares o lunares atípicos, lo mejor es realizar chequeos dermatológicos periódicos.

No se trata de vivir con miedo, sino de observar. Un lunar que cambia no siempre significa cáncer, pero sí merece una valoración médica. La recomendación principal es no rascarlo, no cortarlo, no quemarlo ni aplicar remedios caseros: ante una duda, la respuesta correcta es una consulta con un especialista.

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