Lo mejor del mundial: el pato Merlín

Así como va

Durante la fiesta mundialista que se vive en nuestro país y a la que muy pocos fueron invitados, destaca el pato viral llamado Merlín, que se ganó el cariño del país entero, y no sólo de los aficionados. La mascota, cuyos dueños son vendedores ambulantes, se hizo viral luego de que la subieran a las redes sociales luciendo una playera de la selección mexicana.   Merlín es la sensación del momento, superando por mucho a las mascotas oficiales del Mundial y dejando en claro que las masas adoptan a quien les da la gana, y no necesariamente a las figuras que les imponen. En una época en la que se privilegia el marketing, la figura de Merlín ha crecido de tal manera que se ha convertido en un verdadero fenómeno comercial y cultural, dando un giro de 180 grados a la vida de su humilde familia. Esto demuestra que se pueden gastar millones de pesos para posicionar marcas o eventos, pero eso no garantiza la aceptación ni la conexión con las multitudes.   En poco tiempo, a Merlín se le han dedicado páginas enteras, amplios reportajes y espacios en prácticamente todos los medios de comunicación. Algo que ya quisieran los políticos y la enorme cantidad de suspirantes que gastan lo que no tienen con tal de aparecer en un espectacular, en una portada o, ya de perdida, en las redes sociales. Pero más que la exposición mediática, ya quisieran la respuesta ciudadana que ha generado.   Lo que puedo decir del Mundial es muy poco; los expertos ya lo están haciendo. A los mexicanos nos dieron atole con el dedo con algunos partidos. Claro que la situación nacional, marcada por la inseguridad, tampoco ayuda, aún así, visitantes de otros países aseguran que prefieren venir a México que a Estados Unidos, por la calidez y la atención que siempre caracteriza a los habitantes de las tierras aztecas.    Pero, al final de cuentas, de los tres países involucrados en esta justa deportiva, México es el que más aficionados al fútbol tiene. Sin embargo, nos dejaron solamente precios elevados, las llamadas fan zones auspiciadas por los gobiernos y un espectáculo al que la mayoría sólo puede acceder a la distancia. Por cierto, a más de uno le viene bien que, por un momento, las miradas dejen de estar sobre ellos.   Y por si fuera poco, con eso de que ahora la FIFA quiere cobrar por todo, resulta que ni nuestra selección es nuestra y que los estadios pasan a ser prácticamente de su propiedad mientras dura el Mundial.   Desde luego, en cuanto Merlín se convirtió en celebridad, todos voltearon a verlo y a querer colgarse de su fama: que si la FIFA se lo quiere adjudicar, que si pretende demandar, que si la familia lo maltrata, que si los animalistas ya se están involucrando. En fin, junto con la fama llegan cosas buenas y malas por igual. Ojalá que este tiempo de fortuna le sirva a la familia de Merlín para mejorar realmente su situación económica y construir un mejor futuro.   Por lo demás, el Mundial, en esta ocasión, dejó de generar el interés de otros años. Al final, los únicos ganadores son las grandes marcas y las grandes televisoras. Nosotros, el pueblo de a pie, nos quedamos con lo mejor del Mundial: el Pato Merlín, que nos encanta y nos deja un mensaje muy claro: las cosas más sencillas y espontáneas suelen valer más y unir más que un balón, y mucho más que una fiesta a la que nunca estuvimos invitados.
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