La posibilidad de que la Tierra haya enviado polvo con bacterias hacia Europa, la luna de Júpiter, acaba de recibir un nuevo marco teórico en un estudio publicado en el International Journal of Astrobiology. El trabajo plantea un escenario de panspermia inversa: no vida llegada a nuestro planeta procedente del espacio exterior, sino material biológico terrestre viajando hacia otro mundo oceánico del sistema solar.
La hipótesis ha sido desarrollada por Zaza Osmanov, investigador de la Free University of Tbilisi y vinculado al Observatorio Astrofísico Nacional E. Kharadze, en Georgia. Su modelo no afirma que se haya encontrado vida en Europa, pero sí calcula si diminutos granos de polvo expulsados desde la atmósfera terrestre podrían haber escapado de la gravedad del planeta, cruzado el espacio interplanetario y alcanzado la superficie helada de esta luna de Júpiter.
El punto de partida es tan llamativo como técnico. En concreto, el estudio parte de la premisa de que partículas de aproximadamente un micrómetro podrían transportar bacterias de tamaño similar, siempre que durante el trayecto no superasen temperaturas cercanas a los 300 K, unos 27 °C. Según los cálculos citados en el estudio, ciertos granos impulsados desde capas altas de la atmósfera, a unos 150 km de altitud, podrían alcanzar velocidades suficientes para superar la velocidad de escape terrestre.
Un viaje extremo hasta Júpiter
Una vez fuera del campo gravitatorio de la Tierra, esos granos quedarían sometidos a la presión de la radiación solar, a la gravedad de Júpiter y al rozamiento medio del medio interplanetario. Osmanov estima que las partículas podrían llegar al entorno joviano con una velocidad de unos 20,1 km/s, una cifra enorme que convierte el aterrizaje en Europa en la parte más delicada de todo el proceso.
El modelo señala que solo una fracción muy pequeña sobreviviría al impacto. Para que el material no quedase destruido al chocar contra el hielo, los granos tendrían que entrar con un ángulo muy bajo, de alrededor de un grado respecto a la superficie. Aun así, el investigador estima que unos 300 millones de partículas procedentes de la Tierra podrían alcanzar la superficie de Europa cada segundo.
El dato acumulado es todavía más impactante. Durante el periodo en el que ha existido vida simple en la Tierra, unos 3.500 millones de años, el número total de partículas que podrían haber llegado a esta luna se situaría, según el trabajo, entre 3 x 1023 y 8 x 1023. Es decir, hasta 800.000 trillones de granos de polvo, una cantidad que acerca la hipótesis a una escala difícil de imaginar.
La clave está bajo el hielo
La gran pregunta no termina con el aterrizaje. Europa está cubierta por una corteza de hielo, pero bajo esa capa se extiende un océano que los científicos consideran uno de los entornos más prometedores para buscar vida fuera de la Tierra. El estudio incorpora trabajos previos que apuntan a fracturas en entre el 20% y el 40% del hielo, originadas por el calentamiento de marea y las tensiones provocadas por la enorme gravedad de Júpiter.
Esas grietas podrían actuar como una vía de entrada hacia capas más profundas antes de que las bacterias quedasen inactivas por la radiación de la superficie, un proceso estimado en unos 10.000 años. Osmanov sostiene que la presencia de partículas terrestres en el océano subsuperficial de Europa sería plausible si las condiciones biológicas y bioquímicas fueran compatibles. La hipótesis no prueba que exista vida allí, pero convierte a esta luna helada en un escenario aún más fascinante para la astrobiología.