Más de 400 mil almas, según la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México, abarrotaron los alrededores del Ángel de la Independencia. Lo mismo ocurrió en muchas plazas del país e incluso fuera de nuestras fronteras. Cientos de miles de mexicanos se reunieron, no por obligación, sino para celebrar y gritar, sin despensasde por medio, gracias al inesperado regalo que el portero coreano le hizo a las huestes del Vasco Aguirre desde Guadalajara.
¿Fue la selección mexicana el motivo de semejante festejo? Lo dudo. ¿Ya soñamos con levantar la Copa del Mundo del gran mercado de Infantino y sus mercaderes? Tampoco parece ser el caso.
Entonces, ¿qué explica que un partido mal jugado, ríspido y por momentos aburrido haya detonado semejante catarsis colectiva?
Dice Villoro que la alegría de los mexicanos sale muy "barata", porque nos ha ido muy mal. No sabemos si se refiere únicamente al futbol o también al clima político, económico y de seguridad que hemos vivido durante años. Pero si la felicidad sale tan barata, entonces no tiene precio, como dirían los de la famosa tarjeta.
Porque mientras en las redes sociales abundan los haters, las cancelaciones exprés y la costumbre de linchar digitalmente a cualquiera que se equivoque, diga una tontería o exprese una opinión incómoda, en la vida real parece ocurrir algo distinto. Ahí, en la calle, en la plaza pública, en carne y hueso, la alegría sigue derrotando al resentimiento.
Quizá ese wokismo llevado al extremo o quizá simplemente la lógica tóxica de las plataformas digitales, nos acostumbró a expresar nuestras frustraciones a través del enojo permanente. Nos convencieron de que había que odiar todo aquello que no portara la camiseta de nuestras preferencias políticas, morales, deportivas o sexuales.
Este domingo se celebra el Día del Padre, una figura que en ciertos discursos pareciera reducirse únicamente al papel de abusador u opresor. Como si millones de hombres que trabajan, educan, protegen, acompañan y aman a sus hijos no existieran.
O tal vez fueron esos voceros, influencers y tiktokers que entendieron que mientras más indignación sembraran en nuestros espacios de comunicación, mejores oportunidades tendrían de colarse a posiciones de poder. Gente que muchas veces no llegó por preparación, experiencia o mérito, sino por la habilidad de comentar, polemizar y fabricar contenidos tan burdos como virales.
Y es ahí donde aparece la magia del deporte.
Aquello que don Ángel Fernández (QEPD) llamó alguna vez "el juego del hombre". No por misoginia, basta recordar que en 1971 México fue sede de un Mundial Femenil cuya final, entre la selección nacional y Dinamarca, reunió a cerca de 110 mil espectadores en el Estadio Azteca, una cifra que aún hoy figura como récord Guinness de asistencia a un evento deportivo femenino. Don Ángel lo decía, más bien, porque en ese rectángulo de aproximadamente 105 por 68 metros se condensaba una metáfora profundamente humana, un espacio donde, por noventa minutos, desaparecen muchas de las etiquetas que nos separan.
Ahí importa poco si eres rico o pobre, blanco, negro o amarillo, católico o musulmán, heterosexual u homosexual. Son once contra once personas creyendo en una idea común y millones más compartiendo una emoción. Todos deseando exactamente lo mismo, que la pelota entre una vez más que la del rival.
Y como dicen que dijo Valdano, el futbol es la magia que nos recuerda cada semana nuestra niñez.
Ojalá que este Mundial nos deje algo más que derrama económica, estadios renovados y campañas publicitarias. Ojalá nos recuerde que juntos somos mucho más fuertes de lo que nos hacen creer. Que la fraternidad sigue viva y sigue siendo uno de nuestros mayores campeonatos.
Ojalá también despierte una ciudadanía más consciente, participativa y exigente, capaz de limpiar lo que tenga que limpiarse en este maravilloso terreno de juego llamado México, lleno todavía de sueños y esperanzas, pese a toda la grilla que se ha empeñado en ocultarlos.
Que aquella frase inmortal de Maradona, pronunciada cuando reconocía sus propios pecados, nos sirva de recordatorio “la pelota no se mancha”.
Y que tampoco se mancha nuestro pueblo, a pesar de sus gobiernos, de sus malandros y de quienes todos los días intentan convencernos de lo contrario.
Autor: Ricardo Heredia Duarte