¿Y si,sí?

Bajo presión

Ganamos. Somos chingones. Eso es todo lo que importa

Cientos de miles en el Ángel de la Independencia, en la Minerva, rodeando a Benito Juárez, congregados en el monumento o plaza que sea. Gritamos, ondeamos las banderas, echamos espuma, bebemos y repartimos abrazos, somos orgullo y amor, Se disuelven todas las diferencias, porque de lo que se trata es de ganar, no jugar, y cuando eso se cumple todo indica que se tiene que festejar. No es catarsis, es euforia

Javier Aguirre lo dijo, fue un partido para olvidar, un triunfo para recordar. Desmenuzar lo que pasó en la cancha sin melodrama: pases fallidos, zozobra, superioridad táctica del rival por momentos, aburrición, el gol como golpe de suerte y no importa, festejamos la victoria olvidando de inmediato los minutos de tedio viendo rodar el balón, qué importa el  desarrollo, el valor absoluto es que la Selección ganó y va como primer lugar de su grupo, tiene asegurado su pase a la siguiente fase.

La euforia es un optimismo desbordado e intenso, obnubila el juicio crítico, un fogonazo que suspende la capacidad de análisis para priorizar la gratificación inmediata. Una recompensa que nos otorgamos para una necesidad creada, artificial porque, sinceramente, no pasa absolutamente nada si no gana la Selección, ¿o sí? Pero no es momento de esas preguntas, ni de ninguna otra, ningún cuestionamiento que ensucie la emoción, nadie la quiere escuchar, nadie se la va a hacer, lo único que importa es el festejo y la ilusión que se agranda por la victoria.

Cuando ganan, ganamos todos, el triunfo es colectivo, desde el cuerpo técnico hasta el joven que salta de un parabús envuelto en la bandera, la victoria es nuestra, en estos momentos de euforia pensar es detener la emoción, recordar la facilidad con que se disuelve el plural en acusación cuando ellos pierden, así es, la derrota es egoísta, de los otros, nunca del colectivo.

Nadie va a escuchar

¿De qué se trata la competencia? De triunfar, igual que en la política, todo se concentra en ganar.

En política, como en el futbol, el marcador final es la única verdad que importa. Se pueden hacer análisis sesudos sobre el partido de la Selección, un diagnóstico que  permita descubrir las las áreas de mejora para reforzar el proyecto, establecer un estilo, no empezar cada ciclo desde cero, de hecho, se intenta, pero cada triunfo borra cualquier esfuerzo.

Así construimos nuestro sistema, hemos vaciado las instituciones, pervertido las reglas, construido un aparato electoral lleno de reglas que a nadie le importan tras el anuncio del resultado final. Esa misma ceguera voluntaria que provoca el fútbol es la que ha moldeado nuestro sistema democrático. Hemos construido un ecosistema político basado estrictamente en el pragmatismo del resultado electoral. A las dirigencias partidistas, y lamentablemente a gran parte de la sociedad, sólo les importa el número final en la boleta, el control de la casilla, el triunfo absoluto del domingo por la noche. Al igual que en el partido contra Corea del Sur, el cómo carece de relevancia.

Todo se sacrifica en el altar del resultadismo. Mientras se festeja el uno a cero democrático, el proceso interno está podrido. Nos hemos conformado con una democracia de clientes y de votantes, no de ciudadanos. El sistema de partidos no invierte en educación cívica, no le interesa el debate de ideas ni el aprendizaje de la convivencia democrática, prefiere la efectividad del marcador. Un triunfo electoral obtenido mediante el cinismo, la polarización o la compra de lealtades se celebra con la misma euforia que un gol de rebote en el último minuto.

La euforia hace inútil cualquier intento de explicación, de analizar qué es lo que está mal, sobre todo qué se puede mejorar.

Uno puede imaginar la cansada tarea de Javier Aguirre en la siguiente sesión con sus jugadores, el entrenador nacional sabe que su oncena dio un partido digno del olvido, ¿cómo va a enfrentar la euforia de los ganadores si él mismo sabe que la victoria es lo único que se recuerda? Su deber es señalar que ganar un juego no borra la crisis del balompié nacional y lo que puede hacer el equipo para ser mejores; enfrentará la indiferencia de la celebración, porque cuando la euforia pase, nos despertaremos exactamente en el mismo lugar, con las mismas carencias, dándonos cuenta de que un marcador favorable jamás será equivalente a un país ordenado, justo y verdaderamente democrático, y ahora estamos hablando de política.

Aprender a ser ciudadanos es una tarea que requiere tiempo, continuidad y un sistema que invierta en ello. Pero el sistema de partidos tiene un solo incentivo: ganar la próxima elección. Eso hace que la educación cívica sea estructuralmente prescindible. No es desidia, es lógica: nadie invierte en un proceso cuyo resultado no se ve en la boleta del domingo.

La pregunta que abre, sin responderla: ¿cómo se construye ciudadanía en un sistema que solo entiende marcadores?

Quizá la pregunta está mal planteada.

Tal vez sí pasa algo cuando gana la Selección. Tal vez sí pasa algo cuando un partido arrasa en las urnas. Tal vez sí necesitamos esos momentos de celebración colectiva, esos instantes en que creemos formar parte de algo más grande que nosotros mismos.

¿Y si, sí?

¿Y si únicamente importa ganar?

El problema no es la victoria. El problema es que hemos aprendido a mirar únicamente el marcador. Que confundamos el resultado con el proceso, el gol con el juego, la elección con la democracia. Celebramos el desenlace y olvidamos todo lo que ocurrió para llegar ahí.

Cuando nos concentramos en sólo festejar triunfos nos volvemos incapaces de corregir errores. Cuando la euforia se convierte en costumbre, el pensamiento crítico parece una falta de patriotismo, una traición al equipo o una deslealtad a la causa.

Quizá por eso seguimos atrapados en el mismo ciclo: ganamos, festejamos, olvidamos y volvemos a empezar.

Hasta que el marcador deja de alcanzar.

 

Coda. Quedan partidos por jugar, encuestas por publicar, elecciones por ganar. Ya habrá tiempo para preguntarnos por qué jugamos tan mal o por qué nos gobiernan peor, si es que alguna vez se nos pasa la euforia.

 

@edilbertoaldan

 

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