¿Lo dije o lo pensé?
Cada Mundial reúne selecciones que representan a países con gobiernos, conflictos, alianzas y rivalidades. Los jugadores llegan con una camiseta, pero también con una bandera y con todo lo que esa bandera significa en ese momento. Por eso, aunque se insista en separar el futbol de la política, la realidad se termina reflejando también en el estadio.
El caso actual de Estados Unidos e Irán es una muestra clara. Apenas unos días después de anunciar y firmar un acuerdo preliminar para detener los enfrentamientos y abrir una nueva etapa de negociaciones, la selección iraní disputa el Mundial en territorio de uno de sus principales adversarios. Los jugadores recibieron autorización para ingresar, pero algunos integrantes de la delegación, medios y familiares enfrentaron restricciones migratorias. Debido a estos problemas, el equipo trasladó su base de concentración de Arizona a Tijuana y desde ahí debe viajar a Estados Unidos para disputar sus partidos.
La situación es muy particular dado quedos países que intercambiaron ataques militares deben respetar, durante unas horas, las reglas de una competencia internacional. Sin embargo, no es la primera vez que ocurre algo parecido. En Francia 1998, Estados Unidos e Irán se enfrentaron bajo una fuerte tensión diplomática. Antes del partido, los jugadores iraníes entregaron flores a los estadounidenses y ambos equipos posaron juntos. Irán ganó 2-1, pero aquella señal de respeto quedó como la imagen más significativa. El encuentro no solucionó las diferencias entre los gobiernos, aunque mostró que sus ciudadanos podían convivir sin reproducir la hostilidad oficial.
Otros mundiales tuvieron una relación mucho más incómoda con el poder. Benito Mussolini aprovechó Italia 1934 para promover al régimen fascista. En Argentina 1978, la dictadura militar utilizó la organización y el campeonato de su selección para exhibir orden y unidad, mientras ocultaba la represión y las desapariciones.
El futbol también ha intensificado tensiones existentes. En 1969, los partidos clasificatorios entre Honduras y El Salvador estuvieron acompañados de violencia y nacionalismo, poco antes de la llamada Guerra del Futbol. Los encuentros no originaron por sí solos el conflicto, provocado por problemas migratorios, agrarios y territoriales, pero sí aumentaron la confrontación.
En México 1986, el partido entre Argentina e Inglaterra estuvo marcado por el recuerdo reciente de la guerra de las Malvinas. Para muchos argentinos, la victoria adquirió un significado que superaba lo deportivo y fue vista como una revancha simbólica. En Qatar 2022, los jugadores de Irán permanecieron en silencio durante su himno antes de enfrentar a Inglaterra, en un gesto interpretado como respaldo a las protestas contra su propio gobierno.
A este contexto se agrega una situación inédita. El Mundial se celebra en México, Estados Unidos y Canadá, precisamente cuando los tres países se preparan para la primera revisión conjunta del T-MEC, prevista para el 1 de julio. Formalmente no se negociará un tratado completamente nuevo, pero el alcance de las exigencias podría convertir el proceso en una renegociación de fondo.
Mientras los tres gobiernos presentan el torneo como una demostración de cooperación regional, en la mesa comercial discuten reglas de origen, acero, aluminio, energía, condiciones laborales y la seguridad de las cadenas productivas. Estados Unidos impulsa cambios en sectores estratégicos, particularmente en la industria automotriz; México busca preservar la continuidad y certidumbre del acuerdo, mientras Canadá pretende mantener su acceso preferencial y su participación plena en la integración regional.
El Mundial no decidirá el futuro del T-MEC, pero puede influir en el ambiente político. Una revisión exitosa permitiría presentar a Norteamérica como una región capaz de comerciar, competir y organizarse conjuntamente. En cambio, una negociación dominada por aranceles, amenazas y diferencias públicas exhibiría las divisiones entre los tres socios justo cuando intentan mostrar unidad ante el resto del planeta.
La organización compartida también exige coordinación migratoria, aduanera, turística y de seguridad. Si los tres gobiernos pueden facilitar el movimiento de selecciones, aficionados y mercancías durante el torneo, podría aumentar la presión para que esa cooperación también se refleje en el comercio. El Mundial puede servir, además, para encuentros entre funcionarios y para que las empresas adviertan sobre el costo de prolongar la incertidumbre.
Por eso, pretender que el Mundial es únicamente futbol resulta ingenuo. Cada partido entre países enfrentados, cada restricción migratoria, cada protesta durante un himno y cada intento de apropiarse políticamente de una victoria confirma que la competencia también se juega fuera de la cancha. El torneo no detiene guerras, no resuelve disputas comerciales ni corrige abusos de poder, pero coloca esas tensiones frente a millones de personas y obliga a observarlas desde otro ángulo. En ocasiones ofrece gestos de respeto que la diplomacia no ha conseguido; en otras, sirve para la propaganda o para exacerbar el nacionalismo. Esa es su fuerza y también su riesgo. El balón nunca rueda en un espacio neutral, ya que lleva consigo los intereses, los conflictos y las contradicciones del mundo que representa.