En estos tiempos
Más de 35 millones de mexicanos en todo el mundo vieron la inauguración del Mundial por algún medio de comunicación. Otros 80,824 estuvieron ahí, en el Estadio Ciudad de México, y lloraron con el himno nacional, con el Cielito Lindo y con los goles, lloramos de de orgullo, de emoción, de algo que no siempre sabemos nombrar pero que todos los mexicanos reconocemos cuando lo sentimos: ese momento en que el otro deja de ser diferente y nos recuerda que es igual a nosotros.
Eso merece celebrarse. Y merece mirarse con los ojos abiertos.
Un Azteca pletórico y vibrante siendo sede de una gran fiesta. El primer estadio en la historia en albergar tres inauguraciones mundialistas. Una tarde en que más de 35 millones de mexicanos dispersos por el mundo fueron, por unas horas, uno solo. Es inevitable volver al 86. Aquella Copa también fue nuestra, también nos emocionó, también nos hizo sentir que este país tiene algo que ninguna crisis le puede quitar del todo.
Pero es inevitable también preguntarse: ¿qué ha cambiado desde el 86 para acá? en aquel entonces, el problema más grave que teníamos como país era la pobreza. Cuarenta años después no solo no hemos sido capaces de resolverla, sino que hemos acumulado uno peor: el crimen organizado y la violencia. Más de 35,000 personas asesinadas al año. Más de 130,000 desaparecidos que no pudieron compartir la emoción de escuchar el Cielito Lindo en un Azteca pletórico.
130,000 personas que tienen una madre, un padre, una hermana o un hermano, una esposa o un esposo, un hijo que creció sin saber dónde está. 130,000 ausencias a las que un gobierno indolente es incapaz de dar respuesta y consuelo al dolor inmensurable de los que buscan.
Y a las demandas legitimas se suman los profesionales de la protesta. La CNTE —y muchos otros grupos— utiliza la movilización y los momentos de mayor visibilidad del país para presionar al gobierno y obtener prebendas con cargo al erario. Lo de siempre: movilización como palanca, no como ejercicio de derecho. Y el gobierno respondiendo como siempre: negociando a las carreras para que la foto no salga mal.
Todo esto mientras México ocupa el lugar 35 de 37 en educación entre los países de la OCDE. El debate no era cómo mejorar las escuelas. Era quién se queda con qué.
El Mundial nos pinta de cuerpo entero: El gobierno peleándose con los maestros por el presupuesto de los mexicanos que estaban distraídos con el mundial, mientras unos y otros ignoran a los marginados -madres buscadoras, los enfermos sin medicinas, los jubilados sin pensión-.
México necesitaba urgentemente esta fiesta. Una nación que acumula años de violencia y fractura necesita momentos en que recordemos que somos el mismo pueblo, que el otro también llora con el himno y también grita cuando cae el gol. El futbol hace eso. Es uno de los pocos rituales que nos quedan para sentirnos comunidad y no solo suma de ciudadanos asustados.
Es inevitable -en estos momentos- volver al laberinto de Paz: “pero un pobre mexicano, ¿cómo podría vivir sin esas dos o tres fiestas anuales que lo compensan de su estrechez y de su miseria?Las fiestas son nuestro único lujo…”