Hace unos días tuve la oportunidad de asistir con la sagrada unción de los enfermos a varias personas que se encontraban muy graves en el hospital. “Al ungir esas manos desgastadas y esas frentes cansadas, uno comprende que el valor de una persona no radica en su capacidad de producir, de moverse o de decidir, sino en su propia esencia. En la máxima fragilidad, cuando el cuerpo ya no responde, la dignidad humana brilla con una pureza que estremece”.
Las escenas suelen repetirse, pues en medio de lugares completamente iluminados el silencio sólo se rompe por el ruido mecánico de las mecánicas que sostienen la vida de las personas que se encuentran en una situación de fragilidad y deterioro tremenda. Es paradójico: estamos rodeados de la tecnología médica más avanzada, de luces frías y monitores de última generación que intentan medirlo todo. Sin embargo, frente al misterio de la muerte y el milagro de la vida, la ciencia se queda corta; se convierte solo en el soporte físico de un alma que se aferra a este mundo, recordándonos que el soplo vital no le pertenece al hombre, sino al Creador”.
Siempre que me toca contemplar este tipo de escenas no dejo de pensar lo frágil que somos los seres humanos y en el milagro que es en sí mismo la vida. Bastan unos cuantos segundos para que nuestra vida entera cambie. La fragilidad de nuestra existencia en el fondo nos habla de lo grande y delicado que es este regalo que le llamamos vida. Vivimos en una época de muchos contrastes, mientras muchos se pelean por temas relacionados con el aborto y en otros lugares por la eutanasia, otras muchas personas se aferran al hilo más delgado de la vida para poder conservarla. Mientras muchas personas anhelan convertirse en papás, otros indagan cómo hacer para deshacerse del ser humano vulnerable.
¿Qué es la vida para cada uno de nosotros? Al menos para mí, la vida es un don de Dios. Don porque ninguno de nosotros hemos algo para merecerla, es un regalo que el Señor nos ha otorgado como una muestra de su bondad hacia nosotros. Es un don que merece ser recibido y cuidado siempre. Politizar el tema de la vida me parece algo de mal gusto. Cuando la vida se politiza, corre el riesgo de perder su carácter sagrado y convertirse en una mercancía o en una carga utilitaria. Se nos olvida que detrás de las leyes y las discusiones ideológicas hay rostros concretos, personas frágiles y familias suspendidas en la incertidumbre.
La vida por sí misma vale. Toda vida es digna independientemente de las circunstancias. Si la vida es un don, nuestra única respuesta lógica y digna es la gratitud y la custodia, especialmente de aquellos que, por su deterioro o etapa de desarrollo, no pueden defenderse por sí mismos. Toda vida vale por el simple hecho de ser, no por lo que produce, lo que cuesta o lo que decide.