Y rodó el balón… Del Azteca al billón de Musk

Desde el Segundo Piso

Haciendo una pausa al modo party que algunos gobernadores recomiendan, hoy no podemos sustraernos de la fiebre mundialista. Por más que la FIFA y su gran mercader, don Gianni Infantino; la CNTE; el tío Richie y la oposición hayan intentado robarle protagonismo a la afición, el balón sí rodó en el vetusto y mítico Estadio Azteca, rebautizado temporalmente como Estadio Ciudad de México. Este Mundial es inédito en escala y en costo. Participan 48 selecciones de las 211 federaciones afiliadas a la FIFA ( la ONU tiene 193 países miembros ) y los 104 partidos se distribuyen entre los tres socios del T-MEC. Nunca antes, desde Uruguay 1930 hasta Catar 2022, los boletos habían alcanzado precios tan elevados. Asistir se convirtió, para millones, en aspiración más que en realidad. La Copa del Mundo coincide con otro fenómeno de proporciones difíciles de dimensionar: la consolidación patrimonial de Elon Musk. El sudafricano nacionalizado estadounidense se convirtió en el primer hombre de la era moderna cuya fortuna supera el billón de dólares —un millón de millones—. Para aterrizar la cifra: don Carlos Slim, que alguna vez fue el hombre más rico del mundo, ronda actualmente los 125 mil millones. La brecha es de casi diez veces. Y según cálculos de la ONU, erradicar el hambre extrema en el planeta costaría unos 40 mil millones de dólares anuales; una fortuna como la de Musk podría financiar ese esfuerzo por más de dos décadas. El dato no es una acusación. Es una medida del tiempo histórico que habitamos. ¿Son culpables estos hombres de haber acumulado semejantes fortunas? No. ¿Son héroes o modelos a seguir? Tampoco lo sé. Mi reflexión va en otro sentido. Si, como sostienen numerosos historiadores y el psicólogo de Harvard Steven Pinker, vivimos en el mejor momento de la historia humana, ¿por qué nos cuesta tanto creerlo? Pinker demuestra con datos que la violencia global, la pobreza extrema y las hambrunas están en sus niveles más bajos, mientras la esperanza de vida y el desarrollo tecnológico alcanzan máximos sin precedentes. Y sin embargo, la percepción generalizada —en México tanto como en el resto del mundo— apunta en sentido contrario. Pinker señala dos razones. La "falacia de disponibilidad": los desastres y crímenes acaparan más cobertura que los avances silenciosos, los vuelos seguros o los tratamientos que salvan vidas sin que nadie lo anuncie. Y el "sesgo evolutivo": la predisposición ancestral a enfocarnos en las amenazas persiste en nosotros aunque las circunstancias hayan cambiado radicalmente. Hace unos días conversé brevemente con un obispo emérito mexicano. Le pregunté cómo veía la situación del país. "Son tiempos complejos —respondió—, no necesariamente difíciles." ¿Y la solución? "No está en las cúpulas. Ni en el gobierno ni en las jerarquías eclesiásticas. Está en las manos y en la voluntad de la ciudadanía." La respuesta tiene más peso del que aparenta. Porque el Mundial y la fortuna de Musk obedecen a la misma lógica, son construcciones colectivas sostenidas por decisiones individuales que raramente percibimos como tales. ¿Qué pasaría si cambiáramos de compañía telefónica? ¿Si los aficionados dejaran de consumir fútbol? ¿Si dejáramos de ser cómplices —por acción u omisión— de la corrupción y el crimen organizado? No son preguntas retóricas, son hábitos con consecuencias reales. Musk, Bezos o Zuckerberg seguirán siendo los amos del ecosistema digital mientras nuestros clics se lo permitan. Los monopolios y los partidos políticos prosperan gracias a nuestra resignación. Los políticos que prefieren dividir antes que resolver nos obligan a elegir entre buenos y malos, cuando la discusión debería centrarse en resultados: empleos, seguridad, salud, educación. Piénselo, estimada lectora, estimado lector. La próxima vez que consuma, comparta una noticia o llegue a las urnas en 2027, pregúntese qué quiere cambiar realmente. El poder que políticos y magnates parecen monopolizar está mucho más cerca de usted de lo que imaginamos. El balón rodó en el Azteca. El mundo siguió girando. Y las decisiones que tomamos cada día, aunque invisibles, también ruedan.     Autor: Ricardo Heredia Duarte   
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