Behavioral Economics 101: el futbol: como el hombre, “Human”, no “Econ”

Behavioral Economics

Hay un dicho que dice “uno propone, dios dispone, y el diablo lo descompone”, y ésta es la historia de este artículo, un tratado de Sociología basado en la literatura futbolística de Juan Villoro, sociólogo por avocación y escritor por vocación… y aficionado del Necaxa por razones parcialmente misteriosas incluso para él mismo: “el afán de querer pertenecer a la calle donde crecí en la Ciudad de México en los 1960s me llevó a apoyar a un equipo de electricistas que hoy es apoyado por muchos japoneses que viven en Aguascalientes. ¿Por qué diablos mi calle le iba al Necaxa? Nunca lo supe, y hasta la fecha no he visitado ese pueblo, anegado para construir una presa para alimentar una central eléctrica y donde, dice la leyenda, en tiempos de sequía el nivel del agua baja y se alcanza a ver una iglesia antigua cuyas campanas suenan en los días de milagro en que gana el equipo”. Pero volvamos a la historia de este artículo.    A mediados de mayo, cuando íbamos a publicar el cuarto y último artículo (ya escrito) de una serie sobre la economía moral de la Cristiada, en Roma publicaron una doctrina social de la Iglesia sobre la Inteligencia Artificial titulada Magnifica Humanitas, y nos distrajo. Por si fuera poco, casi al mismo tiempo en El Colegio Nacional (el ColNal), en el centro de la Ciudad de México, inauguraron, en las vísperas de la Copa Mundial de la FIFA 2026 (el Mundial), la exhibición temporal ¿De Qué Color Pinta el Verde?, sobre el futbol mexicano, con énfasis en su protagonista su afición. Mientras que Magnifica Humanitas es una celebración de las magnificencias intelectuales de la sensatez humana frente a las inteligencias artificiales, en ¿De Qué Color Pinta el Color Verde? el colegiado Juan Villoro celebra, como contradiciendo al Papa León XIV, las magnificencias ciertamente no intelectuales pero no menos humanas de las no pocas insensateces del futbol. ¿Cómo podía el autor de esta columna de Behavioral Economics, quien tiene vínculos muy cercanos con el ColNal y quien además es un admirador de Villoro, no hablar de esta alineación de la locura humana, el Mundial, y el ingenio de Villoro? ¡Imposible… y este artículo es el resultado!      Argumentando que no hay forma de entender cabalmente una sociedad si desconocemos cómo se entretiene, en 1995 Villoro publicó Los Once de la Tribu, una antología de crónicas y ensayos periodísticos sobre la “forma de entretenimiento mejor organizada del planeta: el futbol”. Treinta años más tarde, en este 2026 y en las vísperas del Mundial, publicó Los Héroes Numerados, y apenas hace unas semanas, en una presentación editorial, refrendó su interés sociológico en el futbol: “más que aficionado al juego, soy aficionado a la afición”. Por la naturaleza periodística de este trabajo de Villoro, vamos a destacarlo en un formato aforístico, definido por la lingüista Helena Beristain como “ideas claras, precisas, y concisas admitidas por quien las profesa”:   El futbol es el triunfo de la esperanza sobre la experiencia: rara vez la realidad es la base de la fe en el equipo. El contenido del juego es el partido, pero su envoltura es el público: cuando los héroes numerados saltan a la cancha, saludan a su gente; sin multitudes, no hay emoción. Ninguna palabra describe mejor al fanático del futbol que la italiana tifoso, voz tomada del latín typhus y del griego typhos: “estupor”: disminución de la actividad de las funciones intelectuales. Sin embargo, está prohibido abusar de la locura.  El hooligan inglés no es tifoso porque su irracionalidad no es saludable: en 1985 en Bruselas la final de la Copa Europea de Clubes terminó Juventus 1 y Liverpool 0 en la cancha, y 40 muertos y 260 heridos en las gradas. (Un año más tarde, en el Mundial de México 1986, después de perder con Portugal en Monterrey, los hooligans se bajaron los pantalones ante azoradas adolescentes regiomontanas que hasta entonces nunca habían visto carnes más comprometedoras que unas arracheras a las brasas).   Si hubiera un campeonato mundial de aficiones de futbol, una final perfectamente posible sería México-Escocia, países que nunca han tenido un protagonismo internacional y que por ello han buscado el placer compensatorio de llenar estadios.   El futbol le gusta a demasiada gente para no ser aprovechado de mil formas distintas: 30 centímetros de tela invitan a beber leche, viajar en avión, abrir una cuenta bancaria, y hablar por teléfono. Lo único cierto es que la televisión nunca pierde.   Tenía razón el jugador y entrenador argentino Argentino [sic] Geronazzo cuando decía que el futbol es “cosa mental”. Los psicólogos deportivos recomiendan a los futbolistas salir al campo con la cabeza fría para tolerar que los logros propios sean anulados por errores del árbitro y para resistir los maltratos de los tifosos de los rivales. Un futbolista nunca es tan inteligente como cuando se vuelve impredecible: el engaño hace interesante un deporte que moriría de tedio si todos los lances fueran lógicos.   No existe el “futbolista completo”, a diferencia de la mayoría de los deportes, el futbol no está dominado por ninguna tiranía anatómica. Mientras que nadie que mida 1.60 podría jugar basquetbol profesional ni alguien que pese 50 kilos podría estar en la línea de golpeo de los 49s de San Francisco, en el futbol el único criterio es el “talento”, que no puede ser juzgado a priori con cintas métricas o básculas: un bajito gordito puede ser un Maradona, y un alto esbelto puede ser un Beckenbauer.    No hay grandes partidos sin equivocaciones: Platini decía que un “juego perfecto siempre debería terminar 0-0”. Para concluir, ¿Es acaso el futbol una locura? Villoro no lo cree: “en el fondo, la fiesta importa más que el motivo original para convocarla”. Desconozco si a Richard Thaler, un padre fundador de Behavioral Economics, le gusta, pero estoy seguro que diría que, como el hombre, el futbol no es Econ: es Human.  
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