Bajo presión
Ponte tu vestido nuevo, que te voy a pegar, le dice el Hombre a Olímpica; él, sin oficio, ni beneficio, explotador y chantajista que enamora a una mujer de 37 años, vírgen, nacida para sufrir en el amor. Recuerdo ese diálogo en la puesta en escena de Olímpica de Héctor Azar. No he sido capaz de encontrar la referencia exacta en el texto dramático de la obra, quizá fue un parlamento improvisado para el montaje, quizá es una mala jugada de mi memoria, como sea, esa frase me ha estado rondando durante el primer día del Mundial 2026, cuando todos los medios se han enfocado en realizar la crónica de lo que ocurrió en México antes, durante y después del partido entre la selección nacional y la de Sudáfrica.
A lo largo del día, sin importar si te gusta y entiendes de futbol soccer, la preocupación que ocurría en redes sociales era ¡La imagen que damos como país!, ¡Cómo nos ve la prensa internacional!, como si México fuera una presencia monolítica, como si existiera un solo México. Como si la nación pudiera resumirse en la fotografía de una inauguración, en una transmisión televisiva o en los encabezados que la prensa extranjera decida publicar al día siguiente.
México jamás ha sido una sola cosa. México es una multitud de contradicciones que ocurren al mismo tiempo, un país que, aunque suene a lugar común, celebra mientras llora.
México es el país de las madres buscadoras a las que la presidenta no recibe, las víctimas que merecen y necesitan todo el apoyo gubernamental que soliciten para encontrar a los suyos pero no son atendidas.
México es el país en que una administración presume que sacó a más de 13 millones de la pobreza extrema pero oculta que otros tantos millones no tienen acceso a los servicios básicos de salud.
México es el país donde unos ven las manifestaciones de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación como una lucha legítima y otros como un acto de chantaje permanente.
México es el país en que millones se indignan por la violencia de las manifestaciones de la CNTE, al mismo tiempo que otros festejan que el mismo sector del magisterio libere las casetas de peaje; a ninguno de los bandos le interesa la calidad de la educación.
México es el país en donde el gobierno federal acusa a las cúpulas de pertenecer a los extremistas de derecha o izquierda mientras millones viven fuera de esa geometría obtusa y sólo pueden vivir el día a día.
México es el país que le grita a Ricardo Salinas Pliego que es la perra de Trump mientras desde otro extremo se le pide que se lance como candidato a la presidencia de la república.
México es el país que festeja que Claudia Sheinbaum se bañe de pueblo en un fanfest lejos de la inauguración y el que reprocha que la presidenta no estuviera en el partido inaugural o, al menos, en la plancha del Zócalo.
México es el país donde todo se relega a que lo bueno es que hubo fanfest en diversas ciudades del territorio y sólo se pudo detener a un par de personas del bloque negro, mientras que en contra de ciudadanos indefensos acude una multitud de agentes para detener a un manifestante, como en Aguascalientes.
México es el país en que todo mundo se indigna por la violencia en contra de las mujeres pero en redes sociales se viralizan las imágenes de escotes, traseros y modelos de belleza voluptuosos como divertimento; quizá peor, donde se realiza una comparación entre 1986 y 2026 contraponiendo a la Chiquitibum con Claudia Sheinbaum… pero está bien, porque es “humor”.
México es el país en que familias y amigos se organizan para festejar el triunfo de la selección nacional durante horas en el Ángel de la Independencia y, también, el de los miles de personas a las que se les negó el acceso al transporte público para privilegiar el acceso al Estadio Ciudad de México.
México es el país en donde, con tal de quedar bien con la FIFA, le cambiamos el nombre al complejo deportivo más emblemático y se le llama como a la capital del país porque no pasa nada si le dejamos de decir el Azteca.
México es el país en el que se convoca a home office por la inauguración del Mundial y a portar la casaca del equipo nacional mientras millones se ponen la playera del empleo informal.
México es el país en que a la clase política no le importa exhibirse en toda su ridiculez al declarar el amor a la patria con fondo del Estadio Azteca mientras que para millones de votantes los precios del boletaje son simplemente inalcanzables.
México es el país en que todos los medios realizan emisiones especiales sobre el Mundial y relegan a anécdota cualquier otro hecho noticioso, sin importar la relevancia para la vida nacional.
México es el país de los expertos que gritan a la televisión como los directores técnicos más avezados y, otros tantos millones, les tiene sin el menor cuidado qué ocurrió en el enfrentamiento deportivo contra Sudáfrica.
México es el país en que nos vanagloriamos por el 2 a 0 del partido inaugural y los otros aseguramos que fue un desempeño mediocre de la oncena tricolor.
México es el país en el que llenar el álbum Panini puede costar hasta 26 mil pesos y en el que a un alumno de primaria la empresa le regala todas las estampas porque los medios difundieron que había dibujado su propio álbum.
México es el país en el que la mitad, o más, espera que Alejandro Fernández se equivoque al cantar el himno nacional para funar al cantante y la otra mitad, o más, está lista para festejar que El Potrillo pueda cantar de corrido y memoria el Mexicanos al grito de guerra.
México es el país que ruge cuando aparece Maná en el show y también el que le pone mute a la transmisión cuando comienza a cantar Fher.
México es el país donde cada 15 de septiembre gritamos que viva la patria envueltos en la bandera, muy Juan Escutia y los que declamamos, junto con José Emilio Pacheco, que su fulgor abstracto es inasible.
México es el país que presume la riqueza de sus pueblos originarios mientras permite que millones de indígenas vivan en condiciones de marginación.
México es el país que celebra las remesas enviadas por los migrantes, al tiempo que expulsa a sus hijos porque no encuentra cómo ofrecerles oportunidades y miles de agentes de la Guardia Nacional protegen las fronteras.
México es el país que presume tener una de las gastronomías más admiradas del mundo mientras millones de personas no tienen garantizadas tres comidas al día.
México es el país que convierte en héroes nacionales a sus rescatistas después de cada tragedia y que olvida a las víctimas cuando las cámaras se apagan.
México es el país donde todos exigimos el cumplimiento de la ley, siempre y cuando la ley no nos obligue a nosotros.
México es el país que condena la corrupción de los políticos mientras busca al amigo, al compadre o al conocido que pueda agilizar un trámite.
México es el país que presume ser una potencia turística mientras sus habitantes no pueden pagar unos días de vacaciones en los destinos que promociona.
México es el país que convierte a los periodistas en incómodos cuando investigan al poder y en indispensables cuando denuncian al adversario.
México es el país que reclama justicia para las víctimas de ayer mientras encuentra una razón para justificar a las víctimas de hoy.
México es el país donde millones desconfían de los partidos políticos pero esperan que alguna de esas organizaciones les resuelva la vida con un apoyo social.
México es el país que presume la fortaleza de su economía mientras una enfermedad, un despido o una emergencia familiar pueden arrastrar a millones a la precariedad.
México es el país donde las redes sociales exigen diálogo y comprensión a gritos pero están listas para colocar en la picota a quien tenga criterio propio.
México es el país que celebra la diversidad de opiniones siempre y cuando coincidan con las propias.
México es el país donde se exige libertad de expresión absoluta para uno mismo y censura inmediata para quienes piensan distinto.
México es el país donde todos estamos cansados de la polarización y, sin embargo, la alimentamos todos los días.
México es el país donde discutimos qué imagen damos al mundo mientras se evita preguntar qué país estamos construyendo para quienes vivimos en él.
Ninguno de esos Méxicos es más verdadero que el otro. Todos existen al mismo tiempo. Todos conviven, se contradicen y se disputan el derecho a definir el país que somos. Justo por eso resulta tan extraña la obsesión por la imagen internacional. Detrás de la preocupación por cómo nos ven desde fuera se esconde la intención de toda la vida: no resolver los problemas sino administrar su apariencia.
Como recuerdo al Hombre de Olímpica: Ponte tu vestido nuevo, que te voy a pegar. No importa si el transporte público deja de funcionar para miles. No importa si las madres buscadoras siguen esperando audiencia. No importa si la violencia, la pobreza, la polarización o los abusos de autoridad continúan ahí, obstinadamente presentes. Lo importante es que la toma aérea salga bien, que el espectáculo luzca impecable, que la transmisión internacional encuentre un país alegre, ordenado y festivo. El vestido nuevo siempre es para los otros, para la FIFA, para la prensa extranjera o los turistas, que nadie note lo que se esconde bajo el tapete.
Cuando termine la fiesta, cuando se apaguen cámaras y concluya la transmisión, el país seguirá siendo el mismo. El vestido se guarda en el clóset y las heridas permanecen donde estaban. Sólo por eso preocupa tanto la imagen que damos. Es más sencillo cambiar de vestuario que cambiar la realidad.
Los problemas nacionales, esas contradicciones que somos, no se resuelven con una ceremonia de inauguración, espectáculos multitudinarios ni campañas de promoción turística. No desaparecen porque un comentarista extranjero elogie la organización del evento o porque una toma aérea consiga ocultar la pobreza, la violencia o el abandono. Los problemas siguen ahí, esperando a que termine el partido.
El Mundial 2026 finalizará como terminaron el de 1970 y el de 1986. Cuando desmonten la escenografía, seguirá ahí el mismo país complejo, contradictorio y golpeado que intentamos maquillar para las visitas.
Coda. Al final, ese era el objetivo. No arreglar el país, sino evitar que las visitas notaran que estaba descompuesto. Como cuando llega gente a la casa y uno mete el tiradero en el clóset. El problema no es esconderlo. El problema es que nosotros seguimos viviendo así cuando las visitas se van.
@aldan