Ya nos la creemos

¿Lo dije o lo pensé?

De niño, recuerdo escuchar el “¡Sí se puede!”. Tenía algo de ilusión, pero también cierta resignación. Se gritaba en los partidos, pero muchas veces parecía más una forma de empujar el ánimo que una convicción real. Sobre todo en el futbol, México llegaba a los Mundiales con esperanza, pero también con esa idea instalada de que había límites que no se podían cruzar. Ganar ciertos partidos ya era motivo de orgullo. Competir decorosamente parecía suficiente. Pasar al famoso quinto partido (cuartos de final) era casi una fantasía nacional.

No era solo el futbol. Durante muchos años, en el deporte internacional, México celebraba mucho más el esfuerzo que el resultado. Y no está mal reconocer el esfuerzo, pero también es cierto que a veces nos acostumbramos a pensar en pequeño. Como si destacar a nivel mundial fuera algo reservado para otros países, para otros sistemas deportivos, para otras mentalidades.

Décadas después, algo parece haber cambiado. No porque México ya sea una potencia deportiva en todos los sentidos, ni porque se hayan resuelto los problemas de formación, infraestructura, corrupción o apoyo al talento. Eso sigue ahí, pero la percepción de muchos mexicanos es distinta. Hoy ya no sorprende tanto ver a un mexicano compitiendo en la élite. Ya no se ve como accidente. Ya no parece imposible.

En estos años han aparecido figuras y equipos que ayudaron a modificar esa percepción. Lorena Ochoa llegó a ser la mejor golfista del mundo. Saúl “Canelo” Álvarez se consolidó como una de las grandes figuras del boxeo internacional. Sergio “Checo” Pérez llevó el nombre de México a los podios de la Fórmula 1. Paola Longoria dominó el ráquetbol mundial durante años. Ana Guevara puso a México a competir de tú a tú en el atletismo.

En futbol, Rafael Márquez jugó y ganó en uno de los clubes más importantes del mundo. Además, cada vez es más común ver a futbolistas mexicanos en Europa, no como rareza, sino como parte de una ruta profesional posible para quienes aspiran a competir al máximo nivel. La Selección Mexicana Sub-17 conquistó dos campeonatos mundiales, en 2005 y 2011, demostrando que México también podía ser campeón en una categoría FIFA. Y la Selección Olímpica ganó el oro en Londres 2012, derrotando a Brasil en la final.

Esos logros importan no solo por el trofeo,sino porque también cambian mentalidades. Un niño que crece viendo mexicanos ganar en escenarios grandes ya no parte de la misma inseguridad colectiva. Ya no tiene que imaginar desde cero que se puede. Lo vio, lo escuchó ylo va normalizando.

Por eso el Mundial de 2026 llega en un momento distinto. México jugará de local, pero el reto ya no es solo hacer fiesta ni repetir el “sí se puede” como consigna. Creerlo no significa negar la realidad ni vender humo. Significa exigir mejor preparación, mejores procesos, mejores decisiones y una selección que compita sin complejos.

Tal vez esa sea la gran diferencia. Antes gritábamos “sí se puede” para convencernos. Hoy lo decimos porque ya tenemos pruebas de que los mexicanos pueden destacar en el mundo. Falta que el futbol dé el paso que tantas generaciones han esperado. Pero por primera vez en mucho tiempo, la esperanza ya no suena ingenua, ya suena posible.

 

 

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