Cuando el dolor no encuentra palabras

Opinión

Hace algunos meses, una maestra me hizo una pregunta que no he podido olvidar.

 

“¿Qué está pasando con nuestros adolescentes?”

 

La pregunta surgió después de que varios estudiantes manifestaran señales de sufrimiento emocional. Ansiedad, aislamiento, tristeza persistente, conflictos familiares y, en algunos casos, autolesiones.

 

La inquietud de aquella docente no era únicamente profesional.

Era profundamente humana.

 

¿Qué está ocurriendo con nuestros jóvenes?

Tal vez la primera respuesta sea que están creciendo en un mundo radicalmente distinto al que conocieron sus padres y maestros.

 

Nunca una generación había estado tan conectada y, al mismo tiempo, tan expuesta.

Expuesta a la comparación constante.

Expuesta al juicio inmediato.

Expuesta a ideales de belleza, éxito y felicidad prácticamente inalcanzables.

Expuesta a una velocidad emocional para la cual muchas veces no existen suficientes espacios de elaboración.

 

Sin embargo, sería un error atribuir todo a las redes sociales.

Las tecnologías pueden amplificar ciertos malestares, pero no los crean por sí mismas.

 

Detrás de cada adolescente que sufre existe una historia singular.

Una experiencia de vida.

Un entramado familiar.

Un conjunto de pérdidas, deseos, conflictos y preguntas que merecen ser escuchadas.

 

En los últimos años ha aumentado la preocupación por las autolesiones en adolescentes. Cuando los adultos descubren estas conductas, suelen experimentar miedo, enojo o desconcierto. Las preguntas aparecen inmediatamente.

 

¿Por qué alguien se lastimaría a sí mismo?

¿Qué intenta conseguir?

¿Está buscando llamar la atención?

 

La experiencia clínica nos invita a mirar más allá de esas primeras reacciones.

Con frecuencia, la autolesión no constituye un deseo de morir. Tampoco es simplemente una búsqueda de atención. Muchas veces representa un intento desesperado por manejar emociones que el adolescente siente imposibles de contener.

 

Aquí conviene recordar algo fundamental.

El sufrimiento humano necesita encontrar formas de expresión.

Algunas personas escriben.

Otras hablan.

Otras lloran.

Otras desarrollan síntomas físicos.

 

Y algunas, lamentablemente, terminan utilizando su propio cuerpo como escenario de aquello que no logran poner en palabras.

 

Esto no significa que debamos normalizar las autolesiones ni minimizar su importancia. Todo lo contrario. Significa que debemos comprender que detrás del comportamiento existe un sufrimiento que merece atención.

 

A veces los adultos nos concentramos tanto en la conducta que olvidamos escuchar el mensaje.

 

Intentamos eliminar el síntoma sin preguntarnos qué historia intenta contar.

Nos preocupamos por la herida visible y dejamos de lado la herida emocional que la acompaña.

 

Quizá una de las grandes enseñanzas del psicoanálisis sea precisamente esta: los síntomas no aparecen por casualidad. Constituyen intentos de adaptación, expresiones de conflictos internos o formas de comunicar aquello que todavía no puede decirse de otra manera.

 

Por eso resulta tan importante recuperar el valor de la escucha.

Escuchar no significa justificar.

Escuchar no significa aprobar.

Escuchar significa crear un espacio donde el sufrimiento pueda ser nombrado.

Donde la angustia encuentre palabras.

Donde el adolescente descubra que no necesita enfrentar solo aquello que le duele.

 

Vivimos en una época que ofrece respuestas rápidas para casi todo. Sin embargo, las heridas emocionales rara vez se resuelven mediante soluciones inmediatas. Requieren tiempo, presencia y acompañamiento.

 

Los jóvenes necesitan adultos que sepan escuchar antes de juzgar.

Adultos capaces de preguntar antes de concluir.

 

Adultos dispuestos a permanecer presentes incluso cuando no comprenden completamente lo que está ocurriendo.

 

Probablemente el desafío más importante no consista únicamente en prevenir conductas de riesgo.

 

Tal vez el verdadero desafío sea construir entornos donde los adolescentes no tengan que sufrir en silencio.

 

Espacios donde puedan expresar miedo sin ser ridiculizados.

Donde puedan hablar de tristeza sin sentirse débiles.

Donde puedan reconocer su vulnerabilidad sin temor al rechazo.

Porque cuando el dolor encuentra palabras, algo comienza a transformarse.

La angustia deja de estar completamente sola.

 

Y cuando el sufrimiento deja de estar solo, aparece la posibilidad de que también pueda comenzar a sanar.

 

Dr. José Mauricio López López

Psicoterapeuta I Psicoanalista

 

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