Contra Paradigma
La nueva gramática del poder: Coahuila y la soberanía de los partidos locales.
Este fin de semana, Coahuila ha sido el escenario de una anomalía política que, más allá de la aritmética electoral, reclama una lectura profunda. La contundente victoria de la coalición entre el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y la Unión Democrática de Coahuila (UDC) —logrando la totalidad de las curules en el Congreso local y dejando al margen a fuerzas como MORENA, el PAN y Movimiento Ciudadano— no debe leerse solo como un triunfo de siglas, sino como una advertencia sobre la reconfiguración del poder en México.
Se ha clamado, con cierta prisa, que este resultado es el "despertar" de un PRI desgastado. Sin embargo, en el análisis mediático se ignora, casi por negligencia, el papel cardinal de la UDC. Este partido no es un advenedizo; desde los años noventa ha mantenido un crecimiento orgánico y sostenido, erigiéndose como un pilar en la arquitectura política coahuilense. Recuerdo, en alguna conversación con Lenin Pérez Rivera, que la fuerza de su organización no residía en la estridencia, sino en una persistente presencia territorial. Mientras los grandes aparatos nacionales se marchitan en sus burocracias, la UDC ha sabido habitar la geografía de lo cotidiano, representando municipios y defendiendo parcelas de poder con una tenacidad que, a menudo, el centralismo subestima.
El PRI, por su parte, encuentra en Coahuila uno de sus últimos bastiones: una trinchera que, a diferencia de otros estados donde el conservadurismo se ha desmoronado, aún conserva una gramática de mando y estructura. Pero la victoria compartida encierra una verdad más incómoda para la lógica del poder nacional: el electorado ha dictado una sentencia implícita, no solo contra una opción ideológica, sino contra la lejanía.
Los partidos locales, por su propia naturaleza, son los guardianes —a veces precarios, a veces astutos— de la autonomía municipal y la voz del federalismo. Ante el centralismo que hoy se disfraza de voluntad popular, las organizaciones locales emergen como un territorio desconocido, un laberinto en el que el centro no logra encontrar su camino. Mientras las dirigencias nacionales pierden el tiempo en sus guerrillas internas, esperando las resoluciones que emanan de la Ciudad de México —ese centro que todo lo absorbe y nada resuelve—, los partidos locales operan con una inmediatez quirúrgica. Sus cuadros están listos, sus estructuras arraigadas y sus acuerdos son, por definición, locales: nacen del suelo, no de un decreto.
Lo que ha sucedido en Coahuila es un presagio. Estamos ante el inicio de una era donde los actores locales —los más robustos, los más sagaces— ya no son simples satélites de las cúpulas nacionales; ahora, ellos son quienes barajan las cartas. La política mexicana, atrapada en una parálisis que solo la renovación total podría curar —una renovación, a todas luces, indeseable para la casta política—, tendrá que rendirse ante la realidad: los partidos nacionales se verán forzados a mendigar alianzas con aquellos a quienes antes consideraban secundarios.
Esta es, quizás, una de las mutaciones más interesantes de nuestro sistema de partidos. Los locales han comprendido que su fuerza radica en su autonomía. Si el PAN, el PRI y MC pretenden sobrevivir, tendrán que aprender a negociar desde la periferia, pues el centro, tal como lo conocemos, ha empezado a perder su gravedad. Este, me temo, es el hito que marcará el futuro inmediato del mapa político mexicano. De mi se acuerdan.