Hay una paradoja que incomoda y que pocos en el poder se atreven a nombrar: mientras el mundo se vuelve más difícil de leer, quienes aspiran a conducirlo parecen cada vez menos interesados en entenderlo.
El problema ya rebasó nuestras fronteras. Es, también, un problema de época.
Mientras Donald Trump redefine el papel de Estados Unidos en el mundo, China extiende su influencia con paciencia estratégica, Europa busca reinventarse y el orden liberal que gobernó el planeta desde 1945 muestra fracturas profundas, buena parte de la clase política latinoamericana sigue enredada en sus propias disputas domésticas, sus cálculos electorales y sus consignas de trinchera.
Se gobierna como si el mundo siguiera siendo el de hace veinte años. Pero ya no lo es, y esa distancia entre la realidad y quienes deben gestionarla tiene consecuencias concretas.
Una encuesta reciente, AMLAT Radar 2026, realizada en diez países de la región con más de doce mil entrevistas, arroja un hallazgo que merece atención: la mayoría de los ciudadanos latinoamericanos ya percibe que el poder global se ha dispersado y que el mundo avanza hacia un escenario multipolar. También registra un rechazo creciente a depender de un solo actor externo y una desconfianza generalizada hacia figuras como Trump y Putin. Los ciudadanos, paradójicamente, parecen haber captado el cambio con mayor claridad que muchos de sus gobernantes.
Esa brecha es el verdadero problema.
Trump no es sólo un fenómeno electoral estadounidense. Su regreso aceleró el debilitamiento de organismos multilaterales, consolidó una política exterior más transaccional y colocó a América Latina de vuelta en el mapa de las disputas estratégicas, aunque no precisamente como socio: más bien como territorio a contener, a vigilar, a negociar en función de intereses ajenos. Ante ese escenario, la pregunta obligada es si nuestros gobiernos tienen la capacidad de navegar ese nuevo entorno.
La evidencia, en el caso mexicano, genera dudas razonables.
México invierte alrededor del 0.3% de su PIB en investigación y desarrollo, una fracción del promedio de la OCDE. La discusión pública se ha polarizado hasta el punto en que el conocimiento técnico se ve con sospecha y la lealtad política sigue siendo credencial más valiosa que la competencia profesional. Eso, en cualquier circunstancia, sería preocupante. En este momento histórico, resulta francamente peligroso.
Porque el nuevo orden mundial no va a detenerse a esperar que nos pongamos de acuerdo. Va a exigir gobiernos capaces de entender cadenas globales de suministro, inteligencia artificial, seguridad energética, transición tecnológica y la feroz competencia por minerales estratégicos. América Latina concentra cerca del 60% de las reservas mundiales de litio y alrededor del 40% de las de cobre. Pocas veces la región había tenido tanto peso sobre la mesa. Y sin embargo llega a esta coyuntura fragmentada, sin estrategia común, con una integración regional que se esta deshilachando en lugar de fortalecerse.
Es una oportunidad histórica que bien podría desperdiciarse por falta de visión.
El mismo estudio de AMLAT Radar revela algo que debería orientar el debate: los ciudadanos latinoamericanos ya no entienden la soberanía como consigna ideológica. La conciben como capacidad real de decidir y como herramienta para obtener beneficios tangibles. Es una visión más pragmática, más madura y, en muchos sentidos, más exigente que la de sus propios líderes.
Ese debería ser el debate mexicano. No si somos de izquierda o de derecha. No si repetimos los argumentos del oficialismo o de la oposición. La pregunta de fondo es más simple y más dura: ¿tenemos dirigentes capaces de comprender el mundo que ya llegó?
La democracia puede sobrevivir la polarización, los cambios institucionales e incluso los excesos del poder. Lo que le cuesta mucho más trabajo sobrevivir es a una clase gobernante empeñada en conducir el siglo XXI con los mapas del siglo XX.
Autor: Ricardo Heredia Duarte