¿Estamos perdiendo la capacidad de estar solos?

Hace algunos años la escena era diferente. Esperábamos en una fila observando nuestro entorno. Viajábamos en autobús mirando por la ventana. Permanecíamos algunos minutos en silencio antes de dormir. Existían pequeños espacios vacíos distribuidos a lo largo del día.   Hoy esos espacios parecen haber desaparecido.   Apenas surge un momento de espera, buscamos el teléfono móvil. Revisamos mensajes, noticias, redes sociales, videos o correos electrónicos. Lo hacemos casi de manera automática. Muchas veces sin siquiera preguntarnos por qué.   Vivimos en la época de la conexión permanente. Paradójicamente, también vivimos en una época marcada por una creciente sensación de soledad.   La contradicción merece una reflexión.   ¿Cómo es posible sentirse solo cuando estamos constantemente conectados con otras personas?   Quizá porque conexión y encuentro no son necesariamente la misma cosa.   Tener acceso inmediato a cientos de contactos no garantiza la existencia de vínculos significativos. Del mismo modo, recibir mensajes durante todo el día no implica sentirnos comprendidos, escuchados o acompañados.   Sin embargo, existe otra pregunta aún más inquietante.   ¿Y si parte del problema no fuera únicamente nuestra relación con los demás, sino también nuestra relación con nosotros mismos?   El psicoanalista Donald Winnicott consideraba que una de las señales más importantes de madurez emocional era la capacidad de estar solo. No se refería al aislamiento ni al abandono. Hablaba de algo mucho más profundo: la posibilidad de permanecer con uno mismo sin experimentar desesperación.   Parece una habilidad sencilla, pero cada vez resulta más difícil.   La vida contemporánea nos ofrece distracciones constantes. Si aparece aburrimiento, encendemos una pantalla. Si surge ansiedad, buscamos contenido. Si sentimos incertidumbre, recurrimos a la hiperconexión. Poco a poco hemos construido una cultura que parece incapaz de tolerar el vacío, el silencio o la espera.   Tal vez porque el silencio tiene una característica particular: cuando desaparece el ruido exterior comenzamos a escuchar nuestra propia voz.   Y eso no siempre resulta cómodo.   En el silencio aparecen preguntas que solemos mantener a distancia. Preguntas sobre nuestras decisiones, nuestros deseos, nuestras pérdidas y nuestras contradicciones. Preguntas acerca de quiénes somos cuando dejamos de desempeñar nuestros distintos roles sociales.   Por eso muchas veces buscamos estímulos permanentes. No sólo para entretenernos, sino también para evitar ciertos encuentros con nosotros mismos.   El filósofo Byung-Chul Han ha señalado que vivimos en una sociedad de la hiperestimulación. Todo compite por nuestra atención. Las plataformas digitales, los medios de comunicación, la publicidad y los algoritmos han aprendido que nuestra capacidad de concentrarnos constituye uno de los recursos más valiosos del presente.   El resultado es una vida cada vez más ocupada por información y cada vez menos habitada por reflexión.   Sabemos qué ocurrió en lugares remotos del planeta en cuestión de segundos. Sin embargo, muchas veces ignoramos lo que está ocurriendo en nuestro propio mundo interior.   La consecuencia no es menor.   Las grandes decisiones humanas rara vez nacen del ruido. La creatividad necesita pausas. El duelo necesita silencios. La contemplación necesita tiempo. Incluso el amor requiere espacios donde las palabras no ocupen todo.   Cuando desaparecen esos momentos de encuentro interior, también se empobrece nuestra relación con nosotros mismos.   Conviene aclarar algo importante. Estar solo y sentirse solo no son experiencias equivalentes.   La soledad dolorosa surge cuando experimentamos abandono o desconexión emocional. La capacidad de estar solo, en cambio, implica sentirnos suficientemente acompañados por nuestra propia presencia.   Una persona puede encontrarse rodeada de gente y sentirse profundamente sola. Otra puede pasar una tarde caminando, leyendo o reflexionando en silencio y experimentar una profunda sensación de bienestar.   La diferencia no radica en la cantidad de compañía externa, sino en la calidad de la relación que mantenemos con nosotros mismos.   Quizá uno de los desafíos más importantes de nuestro tiempo consista en recuperar pequeños espacios de silencio. Momentos libres de notificaciones, pantallas y exigencias. Instantes donde no sea necesario producir, responder, consumir o demostrar nada.   Simplemente estar.   Porque la relación más larga que tendremos en toda nuestra vida será con nosotros mismos.   Y si perdemos la capacidad de habitar nuestra propia compañía, ninguna cantidad de conexiones digitales podrá sustituir aquello que el silencio, la reflexión y la presencia interior pueden ofrecernos.   Tal vez la verdadera pregunta no sea cuántas personas nos acompañan. Tal vez la pregunta sea si hemos aprendido a acompañarnos a nosotros mismos.   Dr. José Mauricio López López Psicoterapeuta I Psicoanalista
OTRAS NOTAS