¿Lo dije o lo pensé?
México volverá a tener Mundial y eso, en principio, debería emocionar. No cualquier país puede presumir haber sido sede tres veces de una Copa del Mundo. El problema es que esta vez la emoción llega acompañada de la sensación de que no parece que el Mundial vaya a estar realmente en México.
El torneo de 2026 será el más grande de la historia, con 48 selecciones y 104 partidos. Sin embargo, a México le tocarán apenas 13 juegos: 10 de fase de grupos, 2 de dieciseisavos y 1 de octavos de final. No habrá cuartos, semifinal, partido por el tercer lugar ni final. El Estadio Azteca tendrá la inauguración, sí, y eso tiene un peso simbólico enorme. Pero después de ese momento, el torneo fuerte se irá a Estados Unidos.
En redes sociales, varios influencers han dicho que este podría ser el Mundial más triste de México. ¿Será? Tal vez no triste por falta de fiesta, porque fiesta habrá. Habrá turistas, camisetas, consumo, tráfico, anuncios, pantallas y ambiente. Pero sí puede ser triste por la distancia entre lo que México representa para la historia del futbol y el papel secundario que tendrá en esta edición. Triste comparativamente con las dos ediciones que se jugaron como sede aquí en nuestro país.
Además, la preparación tampoco ha ayudado mucho. En la Ciudad de México se ha querido vestir la ciudad para el Mundial, pero algunas decisiones han provocado más burla que entusiasmo. Pintar calles, espacios o zonas urbanas de morado puede servir para la foto, pero no resuelve problemas de fondo. Cuando la gente ve pintura donde sigue habiendo baches, deterioro o desorden, el mensaje se revierte y parece solo maquillaje urbano.
También apareció la polémica por la canción de Julieta Venegas, presentada con un mensaje dirigido a niñas y mujeres que viven el futbol. El problema no es que se hable de mujeres en el deporte; eso es válido y necesario. El problema es que se perciba como un intento forzado de adaptar el relato de un Mundial varonil a una agenda política de momento. Una cosa es promover la inclusión con naturalidad y otra usar cualquier evento como vehículo de comunicación gubernamental. Cuando el mensaje suena impuesto, pierde fuerza, aunque la causa sea legítima.
A eso se suma lo ocurrido en el AICM, donde después de presumirse la primera fase de remodelación, se registró el desprendimiento de una techumbre en la Terminal 1. En un aeropuerto que será una de las principales puertas de entrada para visitantes, ese tipo de incidentes pega directo en la confianza. Ya basta de inaugurar obras a medias solo para la foto.
El Mundial pudo ser una gran oportunidad para mostrar un país ordenado, preparado y orgulloso de su papel. Pero hasta ahora nos está dejando un sabor de boca de pocos partidos, demasiada propaganda, obras con prisa y decisiones de imagen fuera de lugar.
México será sede, pero no protagonista. Tendrá inauguración, pero solo 13 de 104 partidos totales. Tendrá reflectores, pero no el peso central del torneo. Y para un país que vio levantar la Copa en el Azteca dos veces, eso se siente raro. No necesariamente indignante, pero sí bastante menos emocionante que los dos Mundiales anteriores.