Ghosting: cuando desaparecer se vuelve una forma de hablar

Opinión

Vivimos en la época de la hiperconectividad. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de comunicación: mensajes instantáneos, videollamadas, redes sociales, correos electrónicos y aplicaciones que nos permiten contactar a cualquier persona en cuestión de segundos. Sin embargo, paradójicamente, también vivimos una época marcada por nuevas formas de silencio.

 

Una de ellas es el llamado ghosting, término que proviene de la palabra inglesa ghost (fantasma) y que describe la práctica de desaparecer abruptamente de una relación sin ofrecer explicación alguna. Una persona que respondía mensajes diariamente deja de hacerlo. Una amistad se desvanece sin motivo aparente. Una relación afectiva parece avanzar y, de pronto, uno de los involucrados simplemente desaparece.

 

A primera vista podría parecer un fenómeno exclusivamente tecnológico, una consecuencia de las redes sociales o de las aplicaciones de citas. Sin embargo, una mirada más profunda revela que el ghosting es también un síntoma cultural que nos habla de la forma en que estamos aprendiendoo desaprendiendo a vincularnos.

 

Toda relación humana implica riesgos. Implica la posibilidad de decepcionar y ser decepcionado. Supone enfrentarse a conversaciones incómodas, asumir responsabilidades emocionales y tolerar la incomodidad que acompaña a los conflictos. Decir “no quiero continuar”, “necesito tomar distancia” o “ya no siento lo mismo” requiere una dosis considerable de madurez emocional.

 

Desaparecer resulta, en apariencia, más sencillo.

Desde una perspectiva psicoanalítica, el ghosting puede entenderse como una defensa frente a la ansiedad que generan ciertos encuentros humanos. No necesariamente expresa crueldad deliberada; muchas veces revela una dificultad para afrontar la culpa, la confrontación o el malestar emocional. En lugar de elaborar una despedida, se opta por la evasión. El silencio ocupa el lugar de la palabra.

 

Pero el silencio también comunica.

Quien practica el ghosting suele creer que está evitando un conflicto. Sin embargo, para quien permanece esperando una explicación, la experiencia puede resultar profundamente desconcertante. No se trata únicamente de la pérdida de un vínculo, sino de la imposibilidad de comprender qué ocurrió.

 

El ser humano necesita construir significado. Cuando una relación termina de manera clara, el dolor puede elaborarse. Existe una historia que concluye. Hay una explicación, una narrativa que permite organizar la experiencia. Cuando alguien desaparece sin dejar rastro, en cambio, la mente intenta llenar los vacíos. Aparecen preguntas que se repiten una y otra vez: ¿qué hice mal?, ¿dije algo incorrecto?, ¿fui insuficiente?, ¿hubo alguien más?

 

Muchas veces la angustia no proviene tanto de la pérdida como de la incertidumbre.

 

El sociólogo Zygmunt Bauman describió nuestra época como una modernidad líquida: un tiempo en el que los vínculos se vuelven más frágiles, más flexibles y también más efímeros. La lógica del consumo ha comenzado a infiltrarse en las relaciones humanas. Nos acostumbramos a la idea de que siempre existe una alternativa mejor, una nueva opción a la distancia de un clic. Lo que antes exigía compromiso ahora parece sometido a la lógica de la sustitución permanente.

 

Quizá por eso el ghosting se ha vuelto tan frecuente. No desaparecen únicamente las personas; desaparecen también ciertas formas de responsabilidad afectiva.

 

Sin embargo, la pregunta más importante no es por qué alguien desaparece. La verdadera pregunta es qué hacemos nosotros con ese silencio.

 

No podemos controlar las decisiones de los demás. No podemos obligar a nadie a ofrecer explicaciones. Lo que sí podemos hacer es evitar convertir el silencio ajeno en una medida de nuestro propio valor.

 

La desaparición de una persona no determina quiénes somos.

 

A veces el ghosting habla menos de quien lo recibe y más de las limitaciones emocionales de quien lo ejerce.

 

Tal vez uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo consista en recuperar el valor de la palabra. Aprender a decir lo que sentimos. Aprender a despedirnos cuando sea necesario. Aprender que una conversación difícil puede ser más humana que una desaparición silenciosa.

 

Porque las relaciones terminan. Eso forma parte de la vida.

 

Lo que no debería perderse es la capacidad de reconocer al otro como un ser humano digno de una explicación, de una despedida y, sobre todo, de respeto.

 

Dr. José Mauricio López López

Psicoterapeuta I Psicoanalista

 

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