En riesgo las elecciones del 27 en México y en Aguascalientes

Peces de ciudad

La defensa de la soberanía nacional ha vuelto al centro del debate público. Las palabras pronunciadas por la presidenta Claudia Sheinbaum este 31 de mayo en el Monumento a la Revolución no deben interpretarse como una simple consigna política ni como un recurso discursivo de coyuntura. Constituyen una advertencia seria sobre un tema que los mexicanos conocemos bien: la permanente tentación de actores extranjeros, particularmente de Estados Unidos, de influir en las decisiones internas de nuestro país.

 

La historia es contundente. Desde el siglo XIX hasta nuestros días, México ha enfrentado intervenciones militares, presiones diplomáticas, condicionamientos económicos y operaciones políticas provenientes de Washington. Pensar que esos intentos pertenecen exclusivamente al pasado sería una ingenuidad. Las grandes potencias rara vez renuncian a influir en aquellas naciones que consideran estratégicas para sus intereses.

 

Por ello, cuando la presidenta llama a defender la soberanía y a mantenerse alerta frente a posibles intentos de injerencia, no está apelando al nacionalismo vacío. Está recordando un principio elemental de cualquier democracia auténtica: los gobiernos deben ser elegidos por sus pueblos, no por intereses extranjeros, corporaciones transnacionales o grupos de presión asentados fuera de las fronteras nacionales.

 

La preocupación adquiere una dimensión aún más relevante porque México se acerca al proceso electoral de 2027. Lo que está en juego no es solamente la renovación de cargos públicos; está en juego la capacidad de los mexicanos para decidir libremente su futuro. Si existe la más mínima sospecha de intervención externa, las autoridades tienen la obligación moral y constitucional de denunciarla y combatirla.

En estados como Aguascalientes, donde la competencia política suele ser intensa y los resultados electorales pueden definirse por factores no necesariamente electorales, la vigilancia ciudadana deberá ser especialmente cuidadosa. Ninguna fuerza política, independientemente de su ideología, debería aceptar que intereses ajenos a México pretendan influir en la voluntad popular.

 

Resulta llamativo que algunos sectores reaccionen con incomodidad cada vez que se habla de soberanía. Pareciera que para ciertos grupos es aceptable que gobiernos extranjeros opinen, presionen o intervengan en la vida política mexicana, siempre y cuando esas acciones beneficien a sus propios intereses. Sin embargo, la democracia no admite dobles raseros: quien defiende la autodeterminación de los pueblos debe hacerlo siempre y sin excepciones. El caso Chihuahua nos lo recuerda.

 

La presidenta Sheinbaum ha colocado sobre la mesa una discusión necesaria. México puede mantener relaciones de cooperación, comercio y amistad con Estados Unidos, pero esa relación debe construirse desde el respeto mutuo y la igualdad soberana. La vecindad no implica subordinación.

De cara a 2027, el mensaje es claro: las elecciones pertenecen a los mexicanos. Ni Washington ni ningún otro poder extranjero deben influir en la decisión que corresponde exclusivamente a los ciudadanos de este país. Defender ese principio no es un acto partidista: es un acto de dignidad nacional.

 

 

 

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