La colonización de la subjetividad

Opinión

El peligro de convertirnos en extraños de nosotros mismos

 

Una de las tragedias silenciosas de nuestra época es que muchas personas viven rodeadas de estímulos, información y conexiones digitales… pero profundamente desconectadas de sí mismas.

 

El colectivo filosófico francésTiqqun desarrolló hace algunos años una crítica radical sobre la sociedad contemporánea. Sus textos hablan de vigilancia, control emocional, hiperconectividad y colonización de la subjetividad.

 

Aunque sus planteamientos pueden parecer extremos, contienen intuiciones extraordinariamente vigentes.

 

Tiqqun sostiene que el poder contemporáneo ya no necesita controlar únicamente territorios físicos; ahora también busca intervenir nuestra atención, nuestros deseos, nuestros vínculos y nuestra manera de percibir la realidad.

 

Es decir:

el control moderno ocurre dentro de la vida psíquica.

 

Las redes sociales representan quizá el ejemplo más evidente. No solamente organizan información; organizan emociones.

 

Nos muestran aquello que genera reacción inmediata.

Aquello que provoca enojo.

Aquello que captura atención.

Aquello que mantiene activa nuestra necesidad de consumir contenido.

 

Poco a poco comenzamos a vivir emocionalmente dirigidos por algoritmos.

 

Y el problema no es únicamente tecnológico. El problema es existencial.

 

Tiqqunutiliza un concepto profundamente perturbador: el “Bloom”. Un sujeto vacío, aislado, incapaz de habitar auténticamente el mundo y desconectado de experiencias profundas de comunidad.

 

El Bloom contemporáneo puede pasar horas conectado… y aun así sentirse radicalmente solo.

 

Puede publicar constantemente… y sentirse invisible.

Puede tener cientos de contactos… y no encontrar intimidad emocional verdadera.

 

Vivimos en una época donde la comunicación aumenta mientras la experiencia de encuentro humano parece debilitarse.

 

El psicoanálisis comprende bien este fenómeno. Donald Winnicott insistía en que el ser humano necesita espacios seguros donde pueda existir espontáneamente, sin sentirse permanentemente observado o evaluado.

 

Pero hoy gran parte de la vida ocurre bajo exposición continua.

 

Nos mostramos constantemente.

Nos comparamos constantemente.

Nos evaluamos constantemente.

 

Entonces aparece una forma silenciosa de agotamiento identitario:

la dificultad para saber quiénes somos cuando dejamos de actuar para los demás.

 

Muchas personas ya no saben descansar sin producir contenido.

No saben estar solas sin distraerse.

No saben permanecer en silencio sin ansiedad.

 

La subjetividad contemporánea parece atrapada entre el miedo al vacío y la necesidad compulsiva de estimulación.

 

El filósofo Franco Berardi advierte que el capitalismo actual invade incluso los territorios más íntimos de la experiencia humana: el lenguaje, el deseo, la atención y la sensibilidad.

 

Y cuando todo se convierte en productividad, incluso el descanso comienza a sentirse culpable.

 

Quizá por eso muchas personas viven con la sensación permanente de estar llegando tarde a algo:

más éxito,

más reconocimiento,

más productividad,

más visibilidad.

 

Pero en medio de esa carrera silenciosa ocurre algo profundamente humano:

el alma comienza a agotarse.

 

Tal vez uno de los actos más revolucionarios de nuestro tiempo sea recuperar espacios de autenticidad.

 

Espacios donde podamos existir sin espectáculo.

Sin algoritmos.

Sin rendimiento constante.

 

Volver a la conversación real.

A la amistad profunda.

A la escucha.

A la lectura lenta.

Al silencio.

 

Porque quizá el mayor riesgo contemporáneo no sea solamente vivir controlados por sistemas tecnológicos, sino terminar convirtiéndonos en extraños de nosotros mismos.

 

Dr. José Mauricio López López

Psicoterapeuta | Doctor en Educación | Psicoanalista.

 

 

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