Opinión
Cuando el sistema nervioso también se convierte en territorio de explotación
Durante mucho tiempo pensamos que el capitalismo explotaba principalmente el cuerpo humano.
Las fábricas agotaban músculos.
Las jornadas laborales consumían energía física.
El cansancio aparecía en las manos, la espalda o las articulaciones.
Pero algo cambió profundamente en las últimas décadas.
Hoy el agotamiento ya no habita solamente en el cuerpo: habita en la mente, en la atención y en las emociones.
El filósofo italiano Franco Berardi ha desarrollado una idea profundamente inquietante para comprender nuestra época: el capitalismo contemporáneo no explota únicamente fuerza de trabajo; explota el sistema nervioso.
Y quizá eso explique por qué tantas personas viven exhaustas aun cuando aparentemente “no han hecho nada físicamente pesado”.
Vivimos cansados de pensar.
Cansados de responder mensajes.
Cansados de producir contenido.
Cansados de compararnos.
Cansados de intentar alcanzar estándares imposibles.
La hiperconectividad ha modificado radicalmente nuestra experiencia subjetiva.
El teléfono celular dejó de ser una herramienta para convertirse en una extensión permanente de nuestra conciencia. Incluso cuando descansamos, seguimos disponibles. Seguimos conectados. Seguimos expuestos a estímulos, exigencias y notificaciones.
Nunca terminamos realmente de salir del trabajo emocional.
Y esto tiene consecuencias profundas.
La ansiedad contemporánea no puede comprenderse únicamente como un problema individual o químico. También es una respuesta cultural a una civilización acelerada que exige rendimiento constante.
Debemos responder rápido.
Pensar rápido.
Consumir rápido.
Opinar rápido.
Recuperarnos rápido.
El problema es que la mente humana no fue diseñada para vivir permanentemente estimulada.
El exceso de información comienza a saturar nuestra capacidad emocional. Entonces aparece una sensación extraña y silenciosa: la imposibilidad de descansar verdaderamente.
Muchas personas duermen… pero no descansan.
Desconectan el teléfono… pero la mente sigue acelerada.
Toman vacaciones… pero continúan emocionalmente agotadas.
La aceleración se ha interiorizado.
Byung-Chul Han afirma que vivimos en la sociedad del cansancio. Berardi va todavía más lejos: sostiene que vivimos una crisis de sensibilidad.
Poco a poco perdemos capacidad de atención profunda, escucha auténtica y contacto humano real.
La sobrecarga digital fragmenta la experiencia emocional.
Saltamos de una noticia trágica a un meme.
De una guerra a una receta de cocina.
De una crisis existencial a un video de quince segundos.
Todo ocurre simultáneamente.
Todo compite por nuestra atención.
Y el sistema nervioso comienza a defenderse anestesiándose.
Quizá por eso muchas personas sienten actualmente una mezcla extraña de ansiedad, vacío y desconexión emocional. No necesariamente porque sean frágiles, sino porque sus recursos psíquicos permanecen permanentemente sobreestimulados.
Berardi advierte algo profundamente doloroso: cuando la velocidad social supera la capacidad humana de elaborar emocionalmente la experiencia, aparece el colapso afectivo.
Entonces ya no sabemos cómo sentir.
Cómo escuchar.
Cómo esperar.
Cómo permanecer presentes.
La desesperación contemporánea no siempre se manifiesta como un gran sufrimiento visible. A veces aparece como dispersión constante, incapacidad de concentración o necesidad compulsiva de distracción.
Y quizá ahí se encuentra uno de los mayores desafíos de nuestra época:
recuperar espacios de lentitud.
Volver a conversar sin prisa.
Leer profundamente.
Escuchar sin interrumpir.
Habitar silencios.
Permitir que la mente respire.
Tal vez cuidar la salud mental del futuro no consista solamente en aprender técnicas para controlar síntomas, sino también en defender la posibilidad de una vida menos acelerada y más humana.
Porque cuando una civilización pierde la capacidad de detenerse, corre el riesgo de olvidar también cómo sentir.
Dr. José Mauricio López López
Psicoterapeuta | Doctor en Educación | Psicoanalista.