De libertad y otras fantasías

Periplo canicular

Nos enseñaron que la libertad era una condición natural del ser humano. Que estaba ahí, esperándonos como una especie de premio evolutivo. Pero basta un segundo -una llamada, una orden judicial, una concesión, una patrulla, una empresa multinacional o una fiscalía creativa- para descubrir que la libertad no es un estado permanente. Es apenas un acuerdo frágil entre quienes tienen poder y quienes todavía no han sido aplastados por él.   En mayo de 2026 ocurrieron dos episodios que, aunque parecen distintos, comparten una raíz profundamente humana.   Uno sucedió en Aguascalientes. El otro, a más de mil kilómetros, frente al Caribe mexicano. Y ambos hablan de lo mismo.   El caso de Carlos Darío reventó cuando organizaciones civiles, incluido el Observatorio de Violencia Social y de Género, denunciaron públicamente su presunta criminalización y privación de la libertad. El joven activista, parte de la Juventud Comunista de Aguascalientes, fue acusado de delitos contra la salud en un caso rodeado de señalamientos sobre fabricación del delito, irregularidades procesales, un uso faccioso de las instituciones de justicia y hasta tortura. El caso se vincula directamente con las protestas por la visita de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, la ultra derechista Isabel Díaz Ayuso a nuestro estado, en las que Carlos participó. La noticia no tardó en cruzar fronteras y alcanzar incluso a la conversación en España.   Entonces, ocurrió algo interesante. Prácticamente todas las organizaciones civiles relevantes en materia de derechos humanos en Aguascalientes comenzaron a articularse alrededor de una manifestación conjunta. Yo no puedo afirmar que exista relación directa, pero sí señalar la coincidencia temporal. Carlos Darío recuperó su libertad apenas dos días antes de la movilización convocada.   La libertad llegó al activista de nuevo, sí, pero como aparece siempre en estos casos, le fue condicionada por el tamaño del ruido público.   Mientras tanto, el otro episodio se desarrollaba en Mahahual, Quintana Roo. Desde 2025 comenzó a crecer la oposición contra el megaproyecto “Perfect Day México”, impulsado por Royal Caribbean. El plan contemplaba un enorme complejo turístico y parque acuático en una zona ambientalmente delicada del Caribe mexicano, cerca del Sistema Arrecifal Mesoamericano, el segundo arrecife coralino más grande del planeta. Activistas, habitantes y científicos denunciaron posibles afectaciones ecológicas, destrucción de manglares, presión hídrica y hasta el desplazamiento de comunidades locales.     Un año más tarde, llegó algo fascinante. La petición “Salvemos Mahahual” en Change.org -esa plataforma que muchos considerábamos poco más que un buzón emocional- comenzó a crecer de forma absurda. Cientos de miles. Luego millones. Para mayo de 2026 había superado los cuatro millones de firmas y se convirtió en una de las movilizaciones digitales más grandes en la historia del país.     El 19 de mayo de 2026, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales anunció que no autorizaría el proyecto de Royal Caribbean debido a riesgos ecológicos y también a la presión social acumulada.    Otra vez la misma lección. La libertad de un ecosistema entero dependía de cuántas voces pudieran agruparse antes de que alguien firmara la autorización.   Y aquí es donde intento dejar de hablar solamente de activistas o arrecifes. Porque ambos casos revelan algo mucho más antiguo que el Estado mexicano, que Royal Caribbean o que cualquier fiscalía estatal. Revelan el viejo instinto tribal que permitió sobrevivir a nuestra especie.   El tribalismo suele mencionarse como un insulto moderno. Como si fuera únicamente polarización política, pandillerismo o fanatismo ideológico. Pero la realidad es mucho más interesante. El tribalismo salvó a la humanidad. Sin él probablemente no existiríamos.   Los primeros Homo sapiens sobrevivieron porque entendieron que solos, eran carne. Con el grupo nacían las posibilidades. La cooperación tribal permitió defender territorio, compartir alimento, criar hijos y resistir depredadores. Incluso hoy, otros homínidos y primates muestran dinámicas similares. Chimpancés, bonobos y gorilas forman alianzas complejas, protegen miembros de su grupo y reaccionan colectivamente frente a amenazas externas. La historia evolutiva no premió al individuo aislado. Premió al grupo coordinado.   Por eso sigue funcionando. Por eso millones de personas defendiendo Mahahual lograron algo que parecía imposible frente a una multinacional turística. Por eso un entramado de organizaciones civiles en Aguascalientes consiguió convertir un caso local en presión pública nacional. Porque cuando el individuo descubre que no puede defenderse solo, busca a su tribu.   Claro que el tribalismo también destruye. Ha producido guerras, fascismos, linchamientos y fanatismos de estadio. Pero negar su potencia sería negar la historia completa de nuestra especie. La misma herramienta que sirve para perseguir también sirve para proteger.   La libertad nunca ha sido individual del todo. Esa es quizás la fantasía más grande de la modernidad. Dependemos unos de otros más de lo que estamos dispuestos a admitir.   Carlos Darío no salió libre únicamente por sí mismo. El Mahahual no se defendió únicamente con coral y manglar. Detrás hubo comunidades enteras haciendo ruido, organizándose, compartiendo información, firmando, protestando y presionando. Gente que probablemente jamás se conocerá entre sí, pero que reaccionó como reaccionan los grupos cuando perciben una amenaza común.   Tribu.   Tal vez ahí siga escondida nuestra única posibilidad real frente a estructuras gigantescas que parecen inevitables. No en el héroe individual ni en la fantasía liberal del “sálvese quien pueda”, sino en la capacidad profundamente humana de agruparnos cuando algo importante está en riesgo.   Porque al final, la libertad casi nunca llega sola.   La libertad llega cuando suficientes personas deciden defenderla al mismo tiempo.
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