La pasión por no saber

Opinión

Cuando la verdad duele demasiado

 

Existe una idea profundamente incómoda para el ser humano: no siempre evitamos la verdad porque no podamos verla; muchas veces la evitamos porque verla implicaría transformarnos.

 

El psicoanálisis lleva más de un siglo señalando algo que continúa siendo vigente: las personas no solamente sufrimos por aquello que desconocemos, sino también por aquello que intuimos y preferimos no mirar.

 

En otras palabras, hay verdades que generan demasiada angustia.

 

El historiador Robert N. Proctor estudió cómo ciertos poderes económicos producen ignorancia de manera deliberada. Pero más allá de las industrias y la manipulación mediática, existe otra dimensión todavía más compleja: la ignorancia subjetiva.

 

Aquella que construimos nosotros mismos.

 

Sigmund Freud observó que la mente humana desarrolla mecanismos de defensa para protegerse del dolor psíquico. Negamos, desplazamos, racionalizamos o evitamos aquello que amenaza nuestra estabilidad emocional.

 

No porque seamos débiles.

Sino porque a veces el sufrimiento resulta difícil de sostener.

 

El problema aparece cuando esa evitación deja de ser momentánea y se convierte en una forma de vida.

 

Entonces comenzamos a huir de nosotros mismos.

 

Evitamos conversaciones incómodas.

Evitamos reconocer vínculos destructivos.

Evitamos revisar heridas de infancia.

Evitamos aceptar el agotamiento emocional.

Evitamos admitir que necesitamos ayuda.

 

Y poco a poco construimos una existencia sostenida más en la evasión que en el encuentro auténtico con nuestra realidad interna.

 

Jacques Lacan habló de algo extraordinariamente vigente: “la pasión por la ignorancia”.

 

No se refería a la falta de inteligencia, sino al deseo inconsciente de no saber ciertas cosas sobre uno mismo.

 

Porque saber transforma.

Y transformarse implica perder algo.

 

Muchas veces preferimos permanecer en dinámicas dolorosas antes que enfrentar el vacío, la incertidumbre o el miedo que puede producir un cambio profundo.

 

Por eso algunas personas permanecen años en relaciones destructivas.

Por eso otras repiten vínculos similares una y otra vez.

Por eso existen adicciones emocionales, digitales o afectivas.

 

El sufrimiento conocido puede resultar menos aterrador que la incertidumbre de una vida diferente.

 

En la actualidad, esta evasión encuentra un aliado perfecto en el hiperentretenimiento. Nunca había sido tan fácil distraerse. Las plataformas digitales ofrecen estímulos permanentes para evitar el silencio interior.

 

Y el silencio interior, aunque incómodo, es muchas veces el lugar donde comienzan las preguntas importantes.

 

¿Qué estoy haciendo con mi vida?

¿Por qué me siento vacío?

¿Por qué necesito estar distraído constantemente?

¿Por qué me cuesta permanecer conmigo mismo?

 

Vivimos en una época donde muchas personas sienten terror a quedarse solas con sus pensamientos.

 

Tal vez por eso consumimos compulsivamente contenido, series, redes sociales o noticias: porque detenernos implica escuchar algo que llevamos demasiado tiempo intentando callar.

 

La filósofa Renata Salecl ha señalado que la sociedad contemporánea obliga a las personas a mostrarse permanentemente felices, productivas y exitosas. En consecuencia, cualquier experiencia de fragilidad comienza a vivirse casi como un fracaso personal.

 

Entonces aparece otra forma de ignorancia:

la ignorancia emocional.

 

No saber nombrar lo que sentimos.

No reconocer tristeza.

No comprender ansiedad.

No entender nuestros propios límites.

Y cuando las emociones no encuentran palabras, frecuentemente terminan expresándose a través del cuerpo, el insomnio, el agotamiento o la compulsión.

 

Quizá uno de los mayores desafíos contemporáneos sea reaprender a mirar aquello que evitamos.

 

No para vivir atrapados en el sufrimiento, sino para dejar de huir de nosotros mismos.

 

Porque muchas veces la verdadera transformación comienza justamente ahí:

en el momento en que dejamos de anestesiarnos y nos atrevemos, por fin, a mirar.

 

Dr. José Mauricio López López

Psicoterapeuta | Doctor en Educación | Psicoanalista.

 

 

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