El negocio del odio: Polarizar la democracia

Contra Paradigma

Es común que al navegar por nuestras redes sociales nos topemos con una inmensa pluralidad de contenidos: desde lo trivial y banal, hasta lo estético e informativo. Sin embargo, el contenido que hoy dicta el pulso de nuestra convivencia es el político y de debate. En esta década, las redes no solo han incrementado su peso como detonantes de las balanzas del poder, sino que se han consolidado como el eje del marketing político. Ya no se trata solo de agencias o medios tradicionales intentando "hacer su agosto" en temporada electoral; hoy nos enfrentamos a una nueva estirpe de actores individuales que utilizan el clickbait y, de manera más alarmante, el ragebait como una forma fría de rentabilizar el debate público.

Lamentablemente, emociones como el miedo y la ira son las más efectivas dentro del radar de atención de los algoritmos. Diseñar discursos que provoquen estas reacciones y generen un enfrentamiento directo entre los usuarios garantiza niveles altísimos de interacción, el indicador dorado que las plataformas exigen para poder monetizar. Así, en nuestros entornos digitales —ya sean internacionales, nacionales o locales—, la estrategia de estos perfiles se centra en lanzar la polémica como un anzuelo.

Pensemos en un ejemplo burdo pero ilustrativo: "España debería volver a administrar a México y llamarle Nueva España". De pronto, la caja de comentarios estalla. Los apasionados de la historia argumentan la barbaridad de la propuesta; los patriotas reaccionan con hostilidad; y luego aparecen quienes, por el simple gusto de contrariar o por afinidad real, defienden la postura. El perfil del creador se alimenta de la fricción hasta que la comunidad queda fracturada en dos polos radicalmente opuestos y atrincherados en un solo concepto.

¿Qué ocurrió realmente aquí? Se creó una división profunda a partir de un tema absurdo. El dueño del perfil obtuvo sus ganancias económicas, los usuarios liberaron la dopamina y el cortisol que los vuelve adictos a la discusión, pero el debate fue estéril. Estaba viciado desde su origen. Lo verdaderamente criticable es que estos personajes actúan bajo una total irresponsabilidad social. Utilizan su cúmulo de seguidores como un estandarte de falsa credibilidad y, cuando logran saltar a los medios de comunicación tradicionales, modulan su discurso para parecer elocuentes y considerados. Al final, muchos buscan imitar la fórmula de figuras como Javier Milei: patear el tablero, incendiar la conversación y justificar el caos para construir un nicho político propio. La sorpresa llega después, cuando esos mismos

 El ejercicio de esta dualidad forzada causa daños colaterales directos en el civismo, la cohesión social y la salud de nuestra democracia. Hace décadas, pensadores como Giovanni Sartori en su célebre Homo Videns, Karl Popper al advertir sobre los medios como "malos maestros", o Jürgen Habermas al defender el debate racional, nos alertaron sobre los riesgos de degradar la conversación pública. Hoy, las redes sociales han llevado esos temores al extremo. Sus posicionamientos no buscan la objetividad ni la lógica, sino alimentar sesgos para fortalecer narrativas personales y comerciales. Frente a este sistema diseñado para dinamitar la racionalidad, la mejor defensa ciudadana es también la más simple, pero la que más les duele: ejercer la responsabilidad digital, dejar de consumir su contenido y privarlos del negocio de nuestra atención..

 

 

 

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