La oposición debate; Morena predica. Así se gana el poder.

Desde el Segundo Piso

El país que necesita odiar para gobernar.   La política mexicana dejó de ser un debate de proyectos para convertirse en una batalla de identidades. Ahí, quizá, está la clave para entender por qué la Cuarta Transformación sigue dominando el tablero político, mientras la “opoficción” aparece atrapada entre la nostalgia y la confusión. René Girard sostenía que las sociedades modernas necesitan fabricar enemigos para canalizar sus frustraciones. El famoso chivo expiatorio. La tesis parece escrita para nuestro México en este 2026, de cara al 2027.   La 4T entendió algo que la oposición no ha querido entender y aceptar; la política ya no se gana administrando tecnocráticamente el poder, sino construyendo relatos emocionales. López Obrador convirtió a "los conservadores", "los neoliberales", "la mafia del poder" y al Poder Judicial en símbolos útiles para cohesionar una mayoría que no vota por resultados, sino por pertenencia.   Bajo esta tesis, Morena no gobierna solo con programas sociales; gobierna con una narrativa moral. Divide al país entre "el pueblo" y "los privilegiados". El discurso simplifica brutalmente la realidad, pero funciona porque ofrece algo que el viejo régimen abandonó, la identidad colectiva. La oposición, mientras tanto, sigue reaccionando como si México viviera en el siglo pasado. Hablan de instituciones, contrapesos y Estado de derecho, conceptos importantes sin duda, pero incapaces de movilizar emocionalmente a una sociedad golpeada por la desigualdad, la violencia y el enojo acumulado. ¿Administradores intentando debatir con predicadores?   Samuel Huntington advertía sobre los conflictos derivados de identidades polarizadas y de sociedades que dejan de verse como comunidad compartida. En México ya no discutimos únicamente políticas públicas; discutimos quién pertenece al "verdadero país". El obradorismo logró instalar que criticar al gobierno equivale, en ciertos sectores, a una traición social. Pero la oposición cayó en el juego contrario: mirar con desprecio clasista a quienes respaldan a Morena. El resultado es un país emocionalmente fracturado, donde ambos bandos necesitan caricaturizar al otro para sobrevivir políticamente.   La ironía es evidente. La izquierda mexicana terminó utilizando mecanismos históricamente propios del populismo conservador, como el nacionalismo emocional, la concentración simbólica del liderazgo, los enemigos permanentes y la desconfianza hacia las instituciones. Mientras tanto, parte de la derecha intenta copiar fórmulas culturales de Estados Unidos sin entender que México tiene otras heridas y otra composición social. Lo verdaderamente preocupante no es solo la polarización. Es que el sistema político parece avanzar hacia una lógica donde la tensión y el insulto permanente resultan rentables para todos. Morena necesita enemigos para mantener movilizada a su base; la oposición necesita el miedo a Morena para justificar su propia existencia. Aunque sin proyecto.   Nadie parece interesado en despresurizar el ambiente. Y mientras eso ocurre, los problemas estructurales siguen intactos. La violencia territorial del crimen organizado, un crecimiento económico mediocre, el sistema educativo debilitado y olvidado, la salud pública fragmentada y una clase política cada vez más obsesionada con la narrativa digital que con la capacidad institucional.   México vive un momento extraño, hay estabilidad electoral pero enorme fragilidad institucional; alta popularidad presidencial pero baja confianza en casi todas las instituciones; hiperpolitización social pero poca discusión profunda sobre el modelo de país. Girard decía que las sociedades terminan sacrificando simbólicamente a alguien para restaurar cohesión. En México llevamos años buscando culpables: que si los neoliberales, los fifís, los chairos, los conservadores, los empresarios, los jueces, los medios, Estados Unidos, España o el pasado entero. Hasta a Hernán Cortés revivimos.   Tal vez el problema es que el país ya se acostumbró demasiado a vivir políticamente enojado y un país que necesita enemigos todos los días difícilmente puede construir futuro.   "No puede haber verdaderos amigos sin verdaderos enemigos. Si no odiamos lo que no somos, no podemos amar lo que somos." “La laguna muerta”, de Michael Dibdin   Autor: Ricardo Heredia Duarte  
OTRAS NOTAS