Hoy termina el tiempo litúrgico de la pascua. Un tiempo que se ha extendido por 50 días. Durante este tiempo hemos podido celebrar con particular énfasis la fiesta que le da sentido y fundamento a nuestra fe: la Resurrección de Jesús. Durante estos días nos hemos hecho acompañar por el libro de los Hechos de los Apóstoles, y así realizar un recorrido de fe por la vida de la Iglesia luego de la resurrección de Jesús. En este tiempo de pascua, el cirio pascual ha permanecido ardiendo, como un recuerdo constante de la luz de Jesús, esa luz que es más fuerte que cualquier tiniebla. La celebración de la Pascua en la Iglesia es la oportunidad para que cada uno de nosotros renováramos nuestro bautismo, de manera especial durante la Vigilia PascualHoy que concluimos este tiempo tan especial en la Iglesia, queremos agradecerle al Señor por la oportunidad de vivir la pascua este año, porque sin duda alguna, la vivencia adecuada de este tiempo siempre se traduce en una renovación en la vida del creyente. Llegar al final de la Pascua no significa un cambio de un tiempo a otro, sino un compromiso constante y renovado de vivir como testigos de la resurrección de Jesús. La vida según el espíritu del Resucitado nos coloca frente al discernimiento constante acerca de nuestra manera vivir. Hoy que cerramos la Pascua con la Solemnidad de Pentecostés es importante recordar lo que nos dice Jesús en el evangelio: “el Espíritu Santo les recordará todo lo que les he dicho” Jn. 14, 15. Estoy convencido de que todos tenemos necesidad de que el Espíritu nos recuerde todo lo que Jesús nos enseñó. Pero ¿qué fue lo que nos enseñó? En el mismo evangelio tenemos la respuesta: Jesús nos enseñó que el ser humano debe vivir en cercanía con las personas que atraviesan alguna dificultad. Él nos enseñó que el perdón es una opción real capaz de transformar nuestras vidas, Jesús nos enseñó que la compasión es la ruta por la que los creyentes debemos transitar, a ejemplo del Samaritano que fue capaz de detenerse en el camino para ayudar al necesitado. En definitiva, Jesús nos ha enseñado que la libertad es el camino al que estamos llamados a transitar. Una libertad que debe entenderse y vivirse únicamente desde nuestro ser de hijos de Dios. Es desde la lógica de los hijos de Dios, en donde cobra sentido la frase agustiniana de: “ama y haz lo que quieras”. La libertad a la que nos conduce la vida en el Espíritu nos abre a realidades siempre nuevas en las que la dignidad del ser humano es enaltecida en virtud de la presencia del Señor en la vida del hombre. Pidamos no sólo este domingo de Pentecostés, sino todos los días la presencia del Espíritu Santo. La presencia del Espíritu Santo nos lleva a todos a ver la vida desde una perspectiva diferente: comprendiendo que el Señor realmente se encuentra presente en la vida de todos nosotros.Que nuestra oración constante sea: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.