El vértigo de opinar

Razones

Vivimos en una época llena estímulos y caracterizada por la velocidad y una característica es la falta de concentración, los usuarios de los dispositivos suelen saltar del teléfono a la computadora y si una página no se descarga inmediatamente, se busca otra actividad que realizar. No sé si nos hemos desenfocado o hemos sobrevalorado la llamada multitarea por tener, literalmente, en la mano muchas alternativas de comunicación y de trabajo.

Los espacios de reflexión son necesarios las pausas para pensar y decidir y no reaccionar a la velocidad de un clic, si antes, como señalaba Umberto Eco las opiniones se vertían en cafés y tertulias familiares ahora se vierten sin reflexión en las redes sociales y mucha gente vomita contenido en las denominadas redes sociales.

No creo que todas las opiniones expresadas en una cadena de mensaje de X o Facebook tengan el mismo valor y en innumerables ocasiones estos comentarios puede haber desahogo emocional producto de un momento difícil.

Los espacios en las redes no pueden ser paradigma de conducción social y menos de establecimiento de políticas, hay personas expuestas y quienes se exponen en ese deseo de ser reconocido el fin es no pasar desapercibido, querer ser alguien, ser conocido, no importa lo estúpido que pueda ser un comentario.

leemos en X a pseudo expertos en temas desde electorales y políticos hasta opinadores espontáneosque sin rubor expresan opiniones sobre los más variados temas.

Mas que una sociedad mediática estamos inmersos en una sociedad de ecos en las redes,los mensajes polarizadores que encuentran diseminados por doquier y el algoritmo los potencia y se logra quelos seguidores de algún contenido lo conviertan en una espiral de controversias para tener la atención.

Las redes sociales son un torbellino imparable y que ha sido terreno fértil para sembrar teorías conspiratorias y desinformación se han convertidosin duda en el cuartelgeneral para la divagación y la especulación.

En la sociedad moderna se confunde en muchas ocaciones la velocidad de verter comentarios con inteligencia y hemos convertido a las redes en una plaza pública donde el ruido suele imponerse a la reflexión.

Lugar caracterizado por el vertigo por opinary donde no hay pausa, las respuestas son ocurrencias de momento magnificadas por algoritmos.

 

 

Lo cierto es que cada vez nos cuesta más detenernos. Pensar se ha vuelto una actividad de sospechosa de lentitud, una perdida de reflejos. No hay filtros para el pudor, es dificil distinguir una opinión o de un arrebato y sin duda hay actores sociales, económicos y politicos interesados en diseminar contenido para generar convicciones

No todas las opiniones expresadas en una cadena de mensajes tienen el mismo valor. Algunas son producto del estudio, la experiencia o la reflexión. Otras no son más que desahogos emocionales, respuestas nacidas de un mal día, de una frustración personal o de la necesidad de pertenecer a una causa instantánea. El problema no es que existan esas expresiones. El problema es que con frecuencia se les concede la misma autoridad que a una idea razonada.

Las redes pueden ser espacios útiles de conversación, denuncia y encuentro. Pero no pueden convertirse en paradigma de conducción social y mucho menos política.

Ahí conviven usuarios que exponen opiniones deliberadamente para no pasar inadvertidos. Ser visto, ser citado, ser reconocido: ésa parece ser, para muchos, la nueva forma de existir. No importa demasiado si el comentario es injusto, banal o francamente estúpido; lo relevante es que circule. La conversación pública se va poblando de certezas fabricadas al vapor.

Más que una sociedad mediática, parecemos una sociedad de ecos. Mensajes polarizadores encuentran rápidamente a quien los repita, los amplifique y los convierta en bandera. La controversia se premia porque atrae atención. La serenidad, en cambio, suele pasar inadvertida. En ese ecosistema, quien matiza parece débil; quien duda parece tibio; quien escucha parece derrotado.

El resultado es un torbellino difícil de contener. Las redes han sido terreno fértil para sembrar teorías conspiratorias, desinformación y sospechas permanentes. Funcionan, a veces, como un cuartel de la divagación colectiva: ahí se reclutan agravios, se organizan linchamientos simbólicos y se fabrican enemigos útiles. Todo ocurre con enorme rapidez y con escasa responsabilidad.

La pregunta de fondo no es si debemos abandonar las redes. Sería ingenuo y quizá imposible. La pregunta es cómo recuperar dentro y fuera de ellas una cultura de la pausa. Cómo volver a conceder valor al silencio, a la lectura, a la conversación reposada, al derecho de no opinar de inmediato sobre todo. Cómo aceptar que no toda emoción merece publicarse y que no toda reacción merece convertirse en postura.

Pensar toma tiempo. Decidir también. Una sociedad que sólo reacciona al ritmo de un clic corre el riesgo de confundir movimiento con rumbo y ruido con deliberación. Tal vez la tarea más urgente no sea opinar más, sino opinar mejor. Y, de vez en cuando, resistir la tentación de hacerlo.

 

 

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