Bajo presión
No importa cuánto te guste, las veces que la hayas cantado o los recuerdos que despierte, con toda sinceridad “Vive” de José María Napoleón no da para ser patrimonio cultural de Aguascalientes. Sí, es una balada entrañable, estéticamente modesta, que desde hace años es el equivalente musical del Piolín que mandan las tías por WhatsApp para alegrar tu día. Que el Congreso pretenda elevarla a la categoría de patrimonio inmaterial mientras la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes sigue sin un recinto digno en dónde presentarse dice más del nivel de la agenda cultural legislativa que de la calidad de la canción.
El de la ocurrencia fue el diputado Luis Salvador Alcalá Durán, quien presentó un punto de acuerdo para declarar “Vive” patrimonio cultural e inmaterial de Aguascalientes, vendiéndola como himno de cohesión social y orgullo hidrocálido. En redes y boletines se repite la idea de que es la canción que une a abuelos, padres e hijos, una especie de emblema emocional intergeneracional.
El gesto es políticamente rentable: nadie queda mal diciendo que ama a Napoleón, menos en una plaza que lo presume como hijo pródigo y poeta popular. Pero la operación simbólica es clara: se confunde el cariño con el canon, la nostalgia con la política cultural, y se decreta por punto de acuerdo lo que debería discutirse en clave crítica, técnica y comunitaria.
Puesta frente a otros repertorios, “Vive” es una balada construida con armonía convencional, estructura previsible y sin riesgos formales: funciona, se deja cantar, se deja llorar, sin grandes complejidades musicales. Musicalmente se mantiene en el registro medio de la balada setentera latinoamericana: progresiones estándar, arreglos sin demasiadas sutilezas, todo subordinado a que el mensaje se entienda clarito. La letra es eficaz, directa, emotiva, pero se mueve en el terreno de la frase motivacional sobre la vida, la muerte y la importancia de amar a tiempo. En un ecosistema saturado de discursos de autoayuda, la canción corre el riesgo de sonar menos a poema y más a tarjeta de superación personal con música de fondo, por más entrañable que resulte.
La recepción pública ha vuelto “Vive” intocable: se usa en funerales, homenajes, videos motivacionales, montajes con atardeceres y compilados que prometen hacerte llorar en 3 minutos, justo por eso funciona como una suerte de Piolín sonoro: mensaje bienintencionado, cursi, reciclado hasta el cansancio, que se envía una y otra vez sin preguntarse si todavía dice algo nuevo.
La canonización acrítica está a la vista y Chavita Alcala impulsa desde el Congreso que esa devoción se convierta en decreto. El problema no es querer a Napoleón, sino confundir el derecho al afecto con el derecho a imponerlo como norma cultural para toda la entidad.
Antes de acumular más mentadas de madre, debo subrayar que José María Napoleón es una figura relevante de la canción romántica mexicana y un referente afectivo en Aguascalientes, su biografía, trayectoria y arraigo justifican todo tipo de homenajes y reconocimientos; reconocerlo como parte del paisaje cultural hidrocálido es lógico; convertir una de sus canciones en patrimonio cultural e inmaterial, con lenguaje de “himno oficial”, ya entra en otro terreno.
El diputado tiene todo el derecho de cantar “Vive” en la Feria o hacerla el himno de su campaña por la alcaldía capitalina, pero el patrimonio cultural no es la playlist sentimental de Chavita Alcalá, sino un conjunto de bienes y prácticas que expresan la diversidad, la profundidad y la complejidad de una comunidad. Si reducimos esa categoría a una balada pop, por querida que sea, empobrecemos la idea misma de lo que significa cultura en el estado.
El contraste se vuelve casi paródico cuando miras la agenda pendiente: la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes, proyecto de alto nivel artístico, sigue sin un recinto plenamente adecuado por problemas de acústica y por falta de inversión suficiente para resolverlos de fondo. Desde su inauguración la Sala de Conciertos requiere intervenciones técnicas importantes para garantizar una buena experiencia sonora, y el problema se arrastra sin una solución clara; peor aún, ni siquiera forma parte de la discusión pública.
Mientras se promueve que una canción se declare patrimonio cultural e inmaterial, la política cultural no logra consolidar las condiciones mínimas para que una orquesta profesional tenga un espacio a la altura de su trabajo. Para la ocurrencia de un diputado sí hay tiempo político, sí hay reflectores, no para la infraestructura que sostendría una vida musical más rica y diversa.
Cuando un Congreso dedica tiempo y capital político a declarar patrimonio una balada, pero no a solucionar problemas de recintos, presupuestos y proyectos de largo aliento, envía un mensaje claro sobre sus prioridades. Se prefiere el símbolo de consumo masivo, fácil de explicar y de vender en redes, sobre los procesos culturales complejos que exigen planeación, dinero y rendición de cuentas.
El patrimonio cultural de Aguascalientes incluye tradiciones, espacios, creadores, agrupaciones y obras que van mucho más allá del repertorio de Napoleón. Reducir la conversación a “Vive sí” o “Vive no” es, en sí mismo, una muestra de la estrechez con la que se está discutiendo la cultura desde el poder.
Lo más honesto quizá sea admitir lo obvio: “Vive” nos ha acompañado, nos ha hecho llorar, nos ha reconfortado; forma parte de la banda sonora sentimental de muchas familias de Aguascalientes. Nadie está obligado a renegar de eso, ni a dejar de cantar la canción o de dedicarla en un funeral. Pero una cosa es reconocer su importancia afectiva y otra declararla, desde el Congreso, patrimonio cultural e inmaterial, como si fuera la síntesis más alta de lo que Aguascalientes puede ofrecer al mundo en términos de música y pensamiento. Podemos seguir queriendo a Napoleón, seguir recibiendo el Piolín sonoro de las tías, sin necesidad de convertirlo en norma jurídica ni en cortina de humo que tape las carencias estructurales de la política cultural del estado.
Mientras en el Congreso juegan a decretar emociones colectivas, la Sala de Conciertos sigue esperando reparación, inversión y voluntad política. Ahí tendría que estar puesta la discusión pública. Ahí tendrían que estar los diputados exigiendo diagnósticos técnicos, presupuestos y fechas de intervención, en lugar de competir por quién redacta el homenaje más sentimentaloide. Una política cultural seria no se mide por la facilidad con que convierte canciones populares en patrimonio, sino por su capacidad para sostener instituciones, formar públicos y garantizar que proyectos como la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes puedan existir en condiciones dignas. Lo demás es puro karaoke legislativo.
Coda. Ni hablar de que a la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes se le declare patrimonio cultural, seguro Chavita Alcalá no ha asistido a ninguno de sus conciertos, bien harían en regalarle un par de boletos, como los que exigen para los espectáculos de la Feria Nacional de San Marcos. Quizá el problema sea que una canción popular produce aplausos inmediatos; una sala de conciertos funcional exige trabajo, presupuesto y diputados que sepan distinguir entre cultura pública y sentimentalismo electoral.
@aldan