Las Ciencias Sociales, incluyendo la Economía, nacieron en el siglo XVIII, y originalmente fueron llamadas Filosofía Moral: se buscaba volver más científico el estudio del hombre, y más moral la ciencia. Con el paso del tiempo el rigor científico se volvió más importante a costa de las consideraciones éticas y morales, y, como lo muestra el economista Alvin Roth en su nuevo Moral Economics, el análisis económico sufrió. Con el artículo anterior empezamos una serie sobre la historia y la economía moral de la Cristiada, un trágico y trascendente conflicto entre el Estado y la Iglesia que duró casi 15 años y que este año cumple 100 años de haber iniciado. Nuestra historia de la Cristiada, en realidad de las Cristiadas, está dividida en dos partes (y artículos): la Primera Cristiada, que corrió de 1926 a 1929 (este artículo); y la Segunda, de 1929 a 1940 (siguiente). Haciendo nuestras las palabras del historiador Jean Meyer para justificar su Historia religiosa de Rusia y sus imperios de 2022, preocuparnos por la Cristiada es más que una simple curiosidad histórica: el Catolicismo ha funcionado como un molde en que los mexicanos hemos estado metidos por siglos, y muchas huellas han sobrevivido al quiebre progresivo de este molde, huellas que siguen presentes y de múltiples formas en nuestra vida social, económica, y política.
La historia de 1979 de Octavio Paz del desarrollo de México está dividida en tres partes: siglos XVIII, XIX, y XX. En el siglo XIX, en particular, el Estado trató de abrazar el principio del liberalismo de Inglaterra, Francia, y EUA, llevándolo a una rivalidad doble con la conservadora Iglesia: a los tradicionales conflictos por el poder se sumaron los deseos de instaurar la libre circulación de ideas, incluyendo quebrar el oscurantismo y el fanatismo religiosos. Pero la pasividad no se encontraba entre las características de la Iglesia. De hecho, a fines del siglo XIX el Catolicismo Social, que incluía organizaciones obreras católicas, creció rápidamente. Un par de décadas más tarde el nuevo Estado nacido de la Revolución heredó estos conflictos, y varios artículos de la Constitución de 1917 fueron censurados por el arzobispado, especialmente el 130, que negaba personalidad jurídica a las iglesias.
Los Presidentes Venustiano Carranza (1915-1920) y Alvaro Obregón (1920-1924) supieron convivir con la Iglesia: dejaron los artículos constitucionales conflictivos sin reglamento y, por tanto, sin aplicación; y establecieron contactos discretos con Roma para explorar posibilidades de relaciones diplomáticas. A Obregón siguió Plutarco Elías Calles (1924-1928), cuyo rigor, austeridad, y empeño en reconstruir el país impresionaron favorablemente al inicio. Pero entonces llegaron 1925 y 1926.
En 1925 la Confederación Regional Obrera Mexicana, oficialista, fundó una Iglesia separatista para tratar de debilitar tanto a los sindicatos católicos como a la Iglesia misma. Aunque este intento fracasó, llevó a la aparición de la Liga Nacional de Defensa de las Libertades Religiosas (la Liga).
En 1926, el 4 de febrero, el diario El Universal publicó, como si fueran novedades, las censuras del arzobispado contra la Constitución referidas arriba. El 23 de febrero Calles ordenó a los gobernadores aplicar la Constitución, pero sin éxito: prevaleció la confusión. El 14 de junio se reglamentó el dichoso artículo 130, que entraría en vigor el 31 de julio. El 24 de julio un órgano de combate, el Comité Episcopal, fundado apenas en mayo y que no agrupaba a todos los obispos, decidió la suspensión de cultos en todas las iglesias de la república el día en que empezaría la vigencia de la Ley Calles. El 1 de agosto el gobierno cerró los templos, y en muchos lugares la gente se levantó espontáneamente. Entonces la Liga decidió poner orden a estos pequeños pero numerosos levantamientos, iniciando así lo que Meyer llama una “guerra autónoma”: un juego de ajedrez entre el Estado y la Iglesia con el pueblo, los “cristeros”, como peones: no entendían lo que estaba pasando, más allá de su separación de dos raíces de sus vidas, Cristo y la Virgen.
La Liga organizó varios atentados contra Obregón, quien además de su reelección, buscaba llegar a un acuerdo. El del 13 de noviembre de 1927 en la Ciudad de México recibió atención de la prensa mundial: los culpables fueron fusilados junto con el sacerdote jesuita Miguel Pro, los primeros sin juicio y contra el segundo no se pudo probar nada. El 17 de julio del año siguiente, en una celebración de su reelección, Obregón cayó bajo las balas del cristero José de León Toral, estancándose así las negociaciones.
Para complicar todavía más las cosas, con el culto suspendido, el gobierno encontró imposible vencer a los cristeros. Pero los cristeros tampoco podían acabar con el gobierno. Fue necesario un memorándum de junio de 1929 del embajador americano Dwight Morrow (1927-1930), aceptado por ambos bandos, para poder romper el impasse anterior: aunque permanecería, la Ley Calles se suspendería; habría amnistía para los rebeldes; y se restituirían las iglesias a los curas y la Iglesia reanudaría los cultos.
En palabras de Meyer, al repique de las campanas los cristeros se desbandaron espontáneamente, sin tomarse siquiera la molestia de presentarse ante las autoridades para recibir el salvoconducto. Se habían levantado sin permiso de nadie, y de la misma manera regresarían a sus casas. La causa había sido la de Cristo y de la Virgen… a un costo enorme: 250 mil muertos, parálisis del campo y las ciudades pequeñas, y emigración a EUA.
Entonces, en julio de 1929, se desató el asesinato sistemático y premeditado de todos los jefes cristeros, con el fin de impedir cualquier reanudación del movimiento, iniciándose así la Segunda, que se extendería hasta 1940… pero que contaremos en el siguiente artículo porque ya hemos excedido nuestra dotación semanal de 800 palabras.