Cantinfleando con la educación

¿Lo dije o lo pensé?

La SEP hizo algo correcto al final, pero llegó tarde; mantuvo vigente el calendario escolar 2025-2026 y confirmó que el ciclo terminará el 15 de julio, como estaba previsto. Antes, el 7 de mayo, había anunciado que las clases concluirían el 5 de junio por las altas temperaturas y por el Mundial de Futbol, con dos semanas de fortalecimiento de aprendizajes en agosto y regreso formal el 31 de agosto. La rectificación llegó después de la inconformidad de familias, docentes y autoridades locales. El problema no fue solamente mover una fecha, sino la forma en la que se hizo este cambio. Una decisión de ese tamaño no puede tratarse como ajuste administrativo menor. El calendario escolar organiza la vida de millones de niñas, niños, adolescentes, madres, padres, docentes, escuelas y centros de trabajo. Cambiarlo de golpe, con argumentos que mezclan calor, fútbol, logística y aprendizaje, sin explicar con precisión cómo se protegería el derecho a la educación, era abrir una polémica innecesaria. Mario Delgado tenía razón en algo: México no cabe en un solo calendario. No es lo mismo una escuela en Sonora, con calor extremo, que una en la Ciudad de México o en una zona templada. También es cierto que hay semanas finales del ciclo que muchas veces se llenan de trámites, festivales, descarga administrativa y actividades de bajo valor pedagógico. Pero decir eso desde la SEP exige cuidado. Porque una cosa es reconocer fallas reales del sistema y otra muy distinta es mandar el mensaje de que varias semanas de escuela sobran. Ahí estuvieron las declaraciones más delicadas. Al afirmar que después del 15 de junio “se enseña poco” y que las escuelas “no son guarderías”, el secretario tocó un punto sensible. Las escuelas no son guarderías, desde luego. Son espacios educativos. Pero también son parte de la organización social del país. Las familias no usan la escuela por comodidad, sino porque el propio Estado les exige trabajar, cumplir horarios y confiar en una institución pública que debe dar certeza. La SEP pudo plantear una discusión sobre calendarios regionales, infraestructura contra el calor, reducción de carga administrativa, mejor cierre pedagógico y conciliación entre vida laboral y familiar. Eso habría sido útil. En cambio, el debate comenzó con una decisión ya tomada y terminó con una marcha atrás. Se corrigió el rumbo, sí, pero quedó expuesta una falla de método, falta de tacto por parte de Mario Delgado y un manejo irresponsable de la SEP. La educación básica necesita flexibilidad, pero no ocurrencias. Necesita sensibilidad, pero también reglas claras. Y necesita autoridades que sepan escuchar antes de anunciar una decisión tan drástica. Porque cuando se improvisa con el calendario escolar, no se mueve solamente una fecha, termina moviéndose la confianza.
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