Razones
Vivimos en una cotidianidad en donde la Inteligencia Artificial es una presencia constante, esta en el teléfono, en la computadora, incluso ahora en los utencilios doméstico como hornos, refrigeradores y lavadoras. Aparece al realizar consultas en el internety en muchas llamadas antes de tener un contacto humano obtenemos respuestas de asistentes virtuales.
No olvidemos los correctores en la redacción de documentos,el diálogo con ChatGPT u otras herramientas que responden nuestras preguntas con mucha coherencia y fluidez. En muchas ocaciones confundimos una respuesta coherente con pensamiento, una simulación de lenguaje con conconciencia y una correlación estadística con comprensión.
La IA no piensa como lo hacemos los seres humanos. No tiene deseos, no cuenta con intuiciones, no recuerda con nostalgia, no sufre de angustia ante una pregunta difícil y no sabe que es la alegría de estar en lo correcto, no se frustra por no encontrar la solución pertinente y solo acierta en función de su programación.
Es importante destacar que funciona mediante algoritmos “entrenados” con enormes cantidades de datos, capaces de identificar patrones y producir respuestas probables según el contexto con el que se alimento. Su aparente inteligencia no surge de una experienciadel mundo, sino de una arquitectura matemática diseñada para predecir, clasificar, completar o generar información.
Tendemos a humanizar a estas herramientas. Les hemos dado nombre, voz, personalidad y hasta intención. Decimos que “se equivocó”, que “entendió”, que “se confundió” o que “alucinó”, como si detrás del sistema hubiera una voluntad semejante a la nuestra y proyectamos en estas herramientas nuestras certezas y duda así como incertidumbres y falta de control sobre conductas o acontecimientos.
Si un sistemaresponde con frases ordenadas, tono amable y aparente sensibilidad, nuestro cerebro completa el resto e imaginamos un sujeto.
Esta tendencia no nace con la inteligencia artificial. Forma parte de nuestros patrones psicológicos. Los seres humanos buscamos variables constantemente y esa habilidad ha sido esencial para sobrevivir. Reconocer un rostro, anticipar una amenaza, interpretar gestos o atribuir intenciones a otros nos ha permitido vivir en sociedades.
El problema aparece cuando esos mismos mecanismos se activan ante entidades que no poseen conciencia. Vemos intención donde hay programación, profundidad donde hay probabilidad y personalidad donde hay diseño conversacional.
Algo similar ocurre con el fenómeno conocido como “alucinación” en IA. Cuando un modelo genera información falsa pero expresada con seguridad, solemos interpretarlo como si la máquina hubiera imaginado, inventado o delirado. El término resulta atractivo porque se parece a una experiencia humana o una percepción.
Debemos subrayar que la IA no hay percepción ni experiencia subjetiva. Lo que llamamos alucinación es, en realidad, una salida errónea producida por un sistema que no distingue la verdad del mismo modo en que lo hace una persona. El modelo no “sabe” que se equivoca; simplemente produce una secuencia plausible.
Al humanizara la IA le concedemos atributos o actitudes de las que carece, por ejemplo cuando acierta es inteligente y cuando falla, parece confundida. En ambos casos le atribuimos estados mentales. Pero tal vez el verdadero fenómeno no esté en la máquina, sino en nuestra interpretación.
La IA se ha convertido enun espejo de nuestras categorías de pensamiento. Al enfrentarnos a una conversación con esta tecnología que imita ciertas formas del lenguaje humano, reaccionamos usando los marcos con los que interpretamos a otros seres humanos.
Sin duda la IA fue desarrollada con una capacidad técnicaextraordinaria y puede procesar grandes volumenes de información a una velocidad impensable para nosotros. así mismo es capaz de encontrar correlacionesimperceptibles a primera instancia para los seres humanos y es gracias a eso que podemos acelerar tareas y abrir nuevas posibilidades en la ciencia, la educación, el arte y el trabajo.
Pero reconocer su poder no debe confundirse con una inteligencia real. De hecho, comprender sus límites es una forma más responsable de utilizarla. Una herramienta sofisticada sigue siendo una herramienta, aunque su interfaz nos hable con cortesía o pueda adaptar su lenguaje o traduzca cualquier idioma o simplifique un teorema complejo para ser entendido comom si fueramos niños.
El riesgo de olvidar que la IA es un algoritmo no es solo conceptual, sino ético y social. Si creemos que “piensa”, podemos delegar en ella decisiones que requieren juicio humano. Si asumimos que “entiende”, podemos confiar demasiado en sus respuestas. Si imaginamos que “sabe”, podemos dejar de verificar la información que produce. No es un maestro y menos un cientifico.
La humanización excesiva puede llevarnos a una relación pasiva con la tecnología, en la que aceptamos sus resultados como si provinieran de una autoridad neutral. Pero los algoritmos no son neutralesdependen de datos, diseños, intereses, límites y sesgos de sus programadores.
También existe el peligro opuesto: culpar a la IA como si fuera un agente moral independiente. Cuando un sistema discrimina, desinforma o produce contenido dañino, no basta decir que la IA lo hizo. Entramos aquí a nuevos terrenos de la etica.
Detrás de la IA hay decisiones humanas en las qué se usaron datos y se establecieron objetivos así como se establecio la priorización de situaciones. Por eso necesitamos una alfabetización crítica sobre la inteligencia artificial. No se trata de rechazarla, ocultarla o temerla, sino de aprender a mirarla con un juicio critico.
La IA puede imitar conversación, pero no necesariamente comprender. Puede generar algo parecido a la belleza, pero no sentirla. Puede producir argumentos, pero no creer en ellos. Puede responder sobre la vida, pero no vivirla.
El desafío para la vida diaria no es descubrir si la IA llegará a parecerse a nosotros, sino entender por qué nosotros necesitamos tanto que se parezca a nosotros. En nuestra tendencia a humanizarla aparecen nuestros deseos de compañía, eficiencia, certeza y control. También aparece nuestra antigua costumbre de narrar el mundo con rostros, voces e intenciones. Nos devuelve al mito de los superpoderes.
La educación digital es fundamental en un sistema educativo moderno. No puede ser ignorada o desestimada. Su uso se manifiesta en la vida cotidiana de diversas maneras y en muchas ocasiones de manera imperceptible para las nuevas generaciones por que nacieron en este sistema, pero eso no significa que al normalizarla no estén expuestos a su mal uso o a un juicio acrítico de ella.