El principio de Hanlon advertía, “nunca atribuyas a la maldad lo que puede explicarse por la estupidez”. El problema en la política contemporánea al parecer, es que ambas cosas dejaron de estar separadas. Hoy conviven, se alimentan y hasta generan rentabilidad electoral. La provocación sustituye al debate, la improvisación reemplaza a la planeación y la política comienza a parecer más un reality show que un ejercicio serio de Estado.
México no está aislado de ese fenómeno. De hecho, parece insertarse cada vez más en una dinámica global donde el ruido vale más que la capacidad técnica. Según el Digital News Report 2025 del Reuters Institute, más del 57% de los usuarios consume información política principalmente a través de redes sociales y videos cortos, espacios donde el algoritmo premia la indignación y castiga la complejidad. La política entendió el mensaje, generar escándalo da más rendimiento que gobernar bien.
La reciente visita de Isabel Díaz Ayuso a México retrata perfectamente esa lógica. Lo que pudo ser una gira institucional terminó convertido en un episodio de confrontación identitaria y provocación histórica. La dirigente madrileña decidió reivindicar a Hernán Cortés, tensar el discurso colonial y confrontar indirectamente al gobierno mexicano. El resultado fue el esperado, polarización mediática, choque diplomático y una narrativa victimista posterior para consumo político interno en España. Diversos medios documentaron cómo la visita derivó en acusaciones mutuas, cancelaciones y un ambiente artificialmente incendiado.
Aquí Hanlon adquiere una dimensión inquietante. Tal vez no existía una sofisticada estrategia geopolítica detrás del episodio. Quizá sólo hubo cálculo electoral barato, desconocimiento histórico y necesidad permanente de atención mediática. Pero el daño termina siendo el mismo, degradación del debate público y banalización de la diplomacia.
El segundo ejemplo resulta todavía más delicado porque toca directamente el futuro educativo del país. El anuncio sorpresivo de Mario Delgado sobre reducir anticipadamente el ciclo escolar debido a las olas de calor y al Mundial de Futbol 2026 reveló hasta qué punto el espectáculo puede contaminar la toma de decisiones públicas. La propuesta contempla recortar alrededor de 40 días de clases, provocando críticas inmediatas de especialistas y organizaciones educativas. Posteriormente, la propia presidenta Claudia Sheinbaum tuvo que matizar la iniciativa ante la presión social.
El dato resulta todavía más grave si se observa el contexto, México ya enfrenta una crisis estructural de aprendizaje. La prueba PISA 2022 mostró que cerca del 66% de los estudiantes mexicanos no alcanza competencias mínimas en matemáticas y más del 47% presenta rezagos en comprensión lectora. En cualquier país serio, la discusión sería cómo recuperar aprendizaje perdido; aquí se debatió cómo acomodar el calendario escolar al entretenimiento global.
Ese es el verdadero problema de la política contemporánea, gobiernos que comunican antes de pensar, funcionarios que reaccionan a tendencias digitales y liderazgos atrapados entre el populismo emocional y la necesidad obsesiva de viralidad.
Hanlon hablaba de errores humanos. La política moderna parece haber institucionalizado esos errores. Mientras más absurda resulta una declaración, mayor difusión obtiene; mientras más simplista parece una propuesta, más rentable puede volverse electoralmente.
Y ahí está el riesgo real para México y para muchas democracias, no solamente el autoritarismo clásico, sino la normalización de la frivolidad gubernamental. Porque cuando la ocurrencia desplaza a la inteligencia pública, el Estado deja de conducir y empieza simplemente a improvisar. Hoy, por lo que se ve, los que aconsejan a las mujeres y hombres en el poder son “tiktokeros”. Revise las redes sociales de secretarios de Estado y algunos gobernadores.
Como advertía Charles de Gaulle, “la política es demasiado importante para dejarla en manos de los políticos”. Si la ciudadanía sigue distraída en el scroll infinito y la crítica sin participación activa, seremos solo actores pasivos en esta entelequia política que Hanlon ya nos advertía.
¿O acaso eso vale la educación en nuestro país, 13 partidos de futbol? Es pregunta.