Bajo presión
La visita de Isabel Díaz Ayuso a Aguascalientes pudo haber servido para muchas cosas. Discutir memoria histórica. Hablar de colonialismo, hispanidad, populismo, libertad de expresión, polarización política o de la relación entre México y España. Incluso abrir una conversación sobre la nueva derecha liberal-conservadora europea y sus vínculos simbólicos con ciertos sectores políticos mexicanos.
Por unos días, Aguascalientes tenía la posibilidad de dejar de ser nota de relleno, pero en Aguascalientes no es esa nuestra costumbre, lo que nos gusta es la pachanga, la fiesta provinciana llena de brillos, las cuentas de brillo que parecen diamantes, porque la gente buena solemos confundir política con protocolos rancios.
No por nada nuestra clase política muere por aparecer en pasquines que en sus portadas les permiten presumir el amplio comedor, la sala minimalista, la vitrina donde guardan los recuerdos que les dan en los actos de socialité. Acá, lo que brilla es oro.
No por nada el Congreso y el Ayuntamiento se inventaron medallas cuya razón de existir nadie terminó de explicar con claridad. Reconocimientos creados sobre la marcha para homenajear a quien sea bajo argumentos intercambiables: libertad, democracia, identidad cultura, orden, progreso, bla bla bla. Frases suficientemente amplias para no significar nada pero que suenan bonito como para ponerlas en la lona que informa sobre la razón de la ceremonia.
Mientras en el debate nacional se discutía si la presencia de Díaz Ayuso representaba una provocación ideológica, una operación simbólica de la derecha internacional o simplemente un ejercicio legítimo de interlocución política, aquí la conversación pública quedó reducida a discursos inflados, lugares comunes y muchas, muchas fotografías de recuerdo, de esas que se cuelgan en la oficina como insignias de boy scout que se acumulan para probar las habilidades adquiridas y el rango en la institución.
Algo tienen en común las fotografías de nuestra clase política, son pocas, por no decir nulas, las imágenes que como parte del modo de vida muestran libros, no como escenografía, no esas bibliotecas en las que los tomos se acomodan por colores y tamaños para que se vea aesthetic, tampoco los estantes de las oficinas públicas repletas de mamotretos encelofanados todavía, publicaciones con múltiples sellos institucionales e infinitos agradecimientos a los encargados de elaborar de imprimirlos, de quienes los mandan a hacer.
Más allá de las imágenes, en la vida real es un garbanzo de a libra encontrar a un político con un libro en la mano o sobre el escritorio, un volumen que forme parte de su vida diaria, ajado, subrayado, leído pues.
Para un reportero, la forma más sencilla de incomodar a un político es preguntarle qué está leyendo, si requiere poner a sudar la gota gorda a cualquier funcionario, cuestione sobre el título más reciente que haya estado ante sus ojos, comienzan los balbuceos, los tropiezos, los ojos hacia el cielo en espera de la tarjeta del asesor, esa mirada que está acostumbrada a sólo leer informes ejecutivos que alguien más redacta para que el jefe no pierda tiempo.
La discusión alrededor de cómo debe escribirse México terminó siendo otro ejemplo perfecto de esa superficialidad disfrazada de debate intelectual. Isabel Díaz Ayuso escribió “Méjico” y de inmediato comenzaron los aspavientos patrióticos, las indignaciones exprés y las defensas automáticas. Unos quisieron convertir la letra en ofensa colonial; otros salieron a explicar que en España también existe tradición histórica para escribirlo así. Pero casi nadie acudió a las fuentes. Muy pocos revisaron a la Real Academia Española o cualquier otra fuente normativa, casi nadie fue a la historia del idioma. Mucho menos a los libros.
La mayoría hizo lo que hacemos ahora: abrir internet, buscar una respuesta rápida y repetir el primer argumento que confirmara su prejuicio. Hoy discutimos igual que consumimos información: a velocidad de scroll.
Por eso la política local se siente cada vez más hueca. Porque ya no necesita ideas; le basta el resumen. El párrafo subrayado por alguien más. El hilo de X. La tarjeta informativa. El video de treinta segundos. El prompt correcto para que la inteligencia artificial redacte algo que parezca inteligente. Y ojo: el problema no es la inteligencia artificial. El problema es usarla como sustituto del pensamiento.
Antes, por lo menos, había políticos que fingían leer. Ahora ya ni siquiera hace falta sostener la simulación demasiado tiempo. Basta aprender a citar dos frases, repetir tres conceptos de moda y subrayar la cita mamalona que algún asesor encontró en las redes sociales. Por eso los discursos públicos suenan igual.
Todos hablan de democracia, libertad, identidad cultural, humanismo, innovación, progreso o transformación, palabras enormes convertidas en adornos de ceremonia, conceptos utilizados como centro de mesa en banquete político.
Nadie profundiza porque profundizar obliga a leer. Leer obliga a detenerse. Detenerse implica pensar. La política contemporánea le tiene horror a pensar porque pensar ralentiza la producción de contenido, porque parecer culto te aleja de las masas, te separa de las emociones que es lo que hoy, aseguran, mueve a los votantes.
Quizá por eso Aguascalientes desperdició la visita de Isabel Díaz Ayuso entre medallas improvisadas, discursos de Wikipedia y fotografías de recuerdo. La clase política local no estaba preparada para discutir ideas; apenas alcanza para administrar símbolos que apenas entiende.
Sin pena ni gloria el paso de Isabel Díaz por Aguascalientes (la “Doña”, como le gusta pronunciar engolados y sumisos a nuestros legisladores). Sólo quedará la anécdota del episodio vergonzoso en el Teatro Morelos, no porque una regidora rompiera el protocolo, sino porque con micrófono abierto frente a una audiencia nacional, no supo qué hacer con él. Confundió irrupción con discurso. No es que Díaz Ayuso haya venido a dar lecciones políticas, sino que, frente a la mediocridad argumentativa local, terminó pareciéndolo.
En política no basta con interrumpir. Hay que saber qué decir cuando todos voltean a verte. Para saber hay que estar dispuesto a aprender, a detenerse, a leer más allá de la tarjeta, a preferir la pausa antes que la búsqueda de la emoción. Y en Aguascalientes llevamos demasiado tiempo confundiendo escándalo con pensamiento.
En eso quedó la visita de Isabel Díaz Ayuso a Aguascalientes: una enorme fiesta de salón social organizada por una clase política que prefiere el oropel a las ideas, la fotografía al argumento y el aplauso inmediato a la incomodidad de pensar. Mientras otros discutían historia, ideología o poder, aquí seguimos ocupados acomodando las sillas para la ceremonia, ensayando el protocolo y buscando el mejor ángulo para la selfie. Porque en Aguascalientes todavía creemos que la cultura consiste en citar frases ajenas con voz solemne y que la inteligencia puede improvisarse con una búsqueda rápida en internet. Luego nos preguntamos por qué cualquier discurso mediocre pronunciado con acento español termina considerándose brillante.
Coda. En tiempos donde todo se resume, pensar comienza a parecer un acto subversivo.
@aldan