Bajo presión

Bochorno: Doña Isabel y las libertades

La visita de Isabel Díaz Ayuso a Aguascalientes se puede resumir a la frase que, en más de una ocasión, mi madre me susurró al oído mientras me apretaba el brazo: “Me estás haciendo quedar enfrente de toda esa pinche gente”.

Frente a la presidenta de la comunidad de Madrid la clase política de Aguascalientes evidenció la mediocridad que la distingue, tanto en el Congreso del Estado donde se le entregó a Díaz Ayuso la Medalla Especial al Mérito Cívico Aguascalientes como en el Teatro Morelos, donde en el marco del 450 aniversario de la fundación de la ciudad (celebrado en octubre del año pasado) se le entregó la Medalla Aguascalientes 450 Años de Orden, Progreso y Libertad.

El centro de la ciudad innecesariamente vallado, vaya usted a saber por cuál de las dos amenazas latentes ante la visita de Díaz Ayuso: la misma veintena morenita de siempre en contra del fascismo o los vecinos de varias colonias sin agua que aprovecharían la ocasión. El cerco no es sólo físico es una muestra de la vocación local para aislarse de los temas del debate nacional, una clase política acomplejada por el tamaño del territorio y el porcentaje que representamos en las elecciones acostumbrada a ser cabeza de ratón, cómodos con que sus acciones y discursos sean cabeza de ratón, no trasciendan más allá de La Chona.

Fiesta con chambelanes

Las visita de Isabel Díaz Ayuso a Aguascalientes abría la posibilidad para que la clase política local participara en, al menos, cinco frentes de debate: memoria histórica, colonialismo e hispanidad, modelos económicos, libertad de expresión y el uso político de la relación México-España. La presidenta Claudia Sheinbaum no dejó pasar la ocasión y con sus declaraciones puso en el centro del debate si la presencia de la madrileña es una provocación ideológica o un ejercicio legítimo de interlocución política y cultural.

La elección de Aguascalientes fue hacer una procesión de barrio o fiesta con chambelanes y damas uniformados con trajes rentados.

Desde un balcón del Palacio Legislativo recibe a la visita una manta con la imagen de un guerrero azteca y la frase de José Vasconcelos: “Por mi raza hablará el espíritu”, primer tropiezo, el filósofo mexicano defendió el mestizaje como una síntesis histórica capaz de producir una nueva civilización, la “raza cósmica”, una visión que no es igualitaria en el sentido contemporáneo, privilegia una identidad nacional mestiza sobre la diversidad indígena y planteó la integración de los pueblos originarios dentro de un proyecto nacional dirigido desde arriba. Es lo de menos, se ve bonito y pensante, no como las pancartas contra el fascismo con faltas de ortografía.

A la entrada de Isabel Díaz Ayuso al Palacio Legislativo una mujer de la comitiva española empuja a Dulce Carolina López por hacer su trabajo, por intentar una pregunta. No es un incidente menor, pero se le reducirá a nada señalando que la reportera no cumplió con las instrucciones que el Congreso envió para permitir la cobertura periodística, no esperó a que la presidenta de Madrid concediera entrevistas, momento que nunca llegó porque después del homenaje sólo hubo tiempo para fotografiarse con los diputados.

Tampoco es un incidente menor porque evidencia el tradicional desdén con que son tratados los periodistas en Aguascalientes, en especial en los guateques que organizan las autoridades, aquí se sigue la línea marcada por el gobierno federal: los diálogos circulares son con unos cuantos elegidos y con preguntas cómodas; aquí es una tradición que lleva sexenios, la clase política se desvive por conseguir un micrófono para declarar sus intenciones, pero impide que se moleste a sus invitados.

Homenaje sin motivo
En un punto de acuerdo del 23 de abril, el Congreso inventó la Medalla Especial al Mérito Cívico denominada “Aguascalientes” para entregársela a Isabel Díaz Ayuso por su lucha en favor de las libertades, la democracia y la identidad cultural, en reconocimiento a su trayectoria en favor de, sí, adivinó: las libertades, la democracia y la identidad cultural.

En sus intervenciones Arlette Muñoz y Rodrigo Cervantes repitieron hasta la saciedad “la libertad, la democracia y la identidad cultural” para justificar el capricho cumplido de reconocer a la presidenta de Madrid, no hubo argumento alguno para justificar las razones por las que se la merecía, cuáles los méritos de la visitante y cómo se relacionaba con Aguascalientes; igual podrían haber honrado a Díaz Ayuso porque prepara el mejor cocido madrileño y no importar porque no se explicaron los motivos.

Detalle del servilismo legislativo, todos se refirieron a la presidenta de Madrid como Doña Isabel Díaz Ayuso, de acuerdo al estilo protocolario hispano, como una forma de mostrar a la invitada que aunque en México no existe una regla rígida que obligue a usar Doña, acá en Aguascalientes son bien respetuosos de la tradición cortesana del español clásico.

El discurso de recepción de la Doña, aparte del agradecimiento a su amiga la gobernadora Teresa Jiménez, estuvo lleno de lugares comunes, ideas superficiales sobre el mestizaje y destacar que somos una comunidad diferente porque vemos el lado bonito de la vida y eso es la libertad; salpimentado con elogios que hincharon el pecho de la gente buena, según la presidenta de Madrid los aguascalentenses tienen las mejores virtudes del mundo hispánico: la cultura del esfuerzo, el amor por la familia, la fe, la defensa de la palabra dada, el trabajo bien hecho, la creatividad, la alegría y la capacidad única de sobreponernos ante cualquier dificultad sin perder la esperanza. Olé. Díaz Ayuso dijo que a Aguascalientes se le reconoce en el mundo por su modernidad, empuje económico y por la confianza en el talento de su gente, frases de cajón en el que es fácil intercambiar el nombre de la ciudad que un rockstar visita en tour.

Cierra la sesión solemne un discurso anodino de Rodrigo Cervantes que refleja que a los asesores les basta Wikipedia para armar una serie de coincidencias entre dos comunidades salpicadas de dos o tres datos históricos; cualquier inteligencia artificial bien entrenada hubiera escrito algo mejor. Los motivos para homenajear a Isabel Díaz Ayuso se quedan en el limbo del reconocimiento por su trabajo a favor de la libertad, la democracia y la identidad cultural, sin nada que conecte con Aguascalientes.

Guateque de sobremesa
En el Teatro Morelos, el Ayuntamiento de Aguascalientes también montó su sesión solemne  de Cabildo para entregar a la visitante otra presea de reciente invención, la Medalla Aguascalientes 450 Años de Orden, Progreso y Libertad a Isabel Díaz Ayuso, en el marco del 450 aniversario de la fundación de la ciudad, un “marco” tan generoso que incluso admite festejos celebrados en octubre del año pasado; la distinción reconoce su trayectoria, su defensa de los valores democráticos y el fortalecimiento de los vínculos culturales e históricos entre Aguascalientes y Madrid, aunque en la práctica también sirvió para colocar al gobierno municipal en una sintonía muy distinguida con una figura de la derecha europea, justo cuando el debate público local e internacional anda particularmente sensible a la memoria histórica, la hispanidad y sus viejos malentendidos.
Reitero, la visita de la presidenta madrileña pudo haber servido para algo más ambicioso que una foto protocolaria y una medalla recién inventada: abrir conversación, disputar agenda, colocar a Aguascalientes en el mapa del debate nacional e incluso internacional. Pero la clase política local, siempre tan diligente para la ceremonia y tan torpe para la política, hizo lo de costumbre: convertir una oportunidad pública en guateque privado, una visita con densidad en un festejo de sobremesa, un gesto de proyección en una fiesta de autocelebración. No es que desaprovechen las coyunturas; es que son incapaces de imaginar que una ciudad puede pensar en grande. Lo del gigante de México sólo alcanza para lema institucional.
Como en el Congreso, los asistentes tienen que soplarse el aburrido discurso de Gustavo Granados, otra pieza con lugares comunes sobre Aguascalientes y Madrid, comunidades que laten en un mismo idioma y que piensan con “positivismo”. Como todo padrino de XV años, el regidor de Movimiento Ciudadano se siente obligado a realizar citas literarias, como se trata de España no pudo faltar Miguel de Cervantes y, sin mayores referencias o con un desconocimiento absoluto de que le hablaba a una de las figuras representativas de la derecha liberal-conservadora, Granados Corzo se avienta una cita del poeta León Felipe, sí, ese “fervoroso republicano”. Desafortunadamente, el regidor no se contiene y la perorata se alarga hasta la referencia personal, en la que presumió que hizo su doctorado en Madrid, “una de las más bellas épocas de mi vida” para así justificar que se debe aumentar el intercambio estudiantil entre ambas ciudades. Sin duda un gran aporte a los temas del debate nacional.

La chica del ring
El presidente municipal de Aguascalientes va a entregar la medalla a Isabel Díaz Ayuso. Leonardo Montañez, al fin, le concede el uso de la palabra y será la ocasión de escuchar su mensaje. La regidora Martha Márquez se levanta con una pancarta entre las manos: “No tenemos agua”, va hacia la mesa central y se coloca a un lado de la presidenta madrileña. De inmediato comienzan las quejas de los asistentes.
Martha Márquez intenta iniciar una conversación con Díaz Ayuso pero ella lo rehuye, prefiere mirar a Teresa Jiménez, mientras la presidenta madrileña recibe la medalla, la regidora levanta ambas manos con su pancarta, como la chica que anuncia los rounds en el boxeo, además de “fuera”, le gritan narcoregidora.
Quique Galo llama al orden conforme al código municipal de las sesiones. Díaz Ayuso se coloca frente al podio. La chica del ring se pasea por el escenario y, súbitamente, se le ocurre que tiene derecho a asaltar el micrófono. La madrileña inicia su discurso, Martha Márquez insiste en tomar el micrófono, discute con varios funcionarios. Por más que le piden que vuelva a su lugar, que se comporte, la regidora comienza a forcejear con el personal de seguridad, del Teatro, de gobierno y hasta de la comitiva que acompaña a la presidenta.
Martha Márquez se queja de que la están violentando. Todos gritan. Leonardo Montañez sugiere que Isabel Díaz regrese a la mesa y dé su mensaje desde ahí. El escenario comienza a llenarse de personas que no deberían estar ahí. Tres chicas salen decididas a enfrentar a la regidora, la acechan, forcejean hasta que logran arrancarle la pancarta. Díaz Ayuso se esconde entre bambalinas. “Fuera Morena” grita la mayoría de los asistentes. Martha Márquez los enfrenta. Leonardo Montañez declara un receso. Teresa Jiménez ordena que se le de la palabra a la regidora.  La regidora se sale con la suya, saluda al público que la sigue increpando, que tenga vergüenza, que se vaya, que se calle, le gritan, entre uno que otro insulto.
La regidora rompió el protocolo. La regidora no respetó la orden del día. A pesar de todo, es una oportunidad para abrir, desde Aguascalientes, la participación de la clase política en el debate nacional. Martha Márquez sabe que su irrupción será considerada por medios locales, nacionales e internacionales. Ya está ahí en el podio, con el micrófono abierto, con la atención centrada en su persona. La regidora desvaría.
Una larga perorata que comienza citando el himno Aguascalientes: si el traidor a la lid nos provoca, arma al hombro a vencer o morir, que el rehusar si el clarín nos convoca, es afrenta en el mundo vivir. A partir de ese momento se desbarranca el discurso, saluda al rector de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, lamenta el espectáculo que estamos presenciando, se queja de que ha sido violentada y amenazada, confronta al público, asegura que seguirá hablando mientras exista la democracia en México y participando mientras exista Morena, repite el mantra lopezobradoresco de No mentir, no robar y no traicionar al pueblo, deriva hacia el fraude de Next Energy, asegura que esto no pasaría en Madrid, le revela a Isabel Díaz que está siendo utilizada por un gobierno panista para tratar de vender la idea de que en Aguascalientes se respeta la vida y a la familia, le señala que está rodeada de políticos corruptos, se desfonda hacia la aprobación del aborto y las quejas contra Vive Libre.

Por más benigno que se quiera ser con el arranque de Martha Márquez es difícil seguir el hilo de su improvisación, repite que lamenta el suceso, se vuelca en elogios a Morena porque es el único partido vivo y democrático se llama Morena, pide respeto para la presidenta Claudia Sheinbaum, de la que está orgullosa porque ha disminuido la pobreza en más de 13% (sic) de la población de la pobreza, hasta que pierde fondo y recuerda su pancarta, acusa que las familias no tienen agua.

Leonardo Montañez le recuerda a la regidora que se le agotó el tiempo y le pide que concluya, la gente le sigue gritando, el desvarío de Martha Márquez finaliza gritando que “la única realidad que vive Aguascalientes es la de la corrupción y la de la falta de agua, así que póngase a trabajar, alcalde”. Eso es todo, para eso alcanzó, así se desperdicia una oportunidad.

Imponer sentido al desorden
Se le concede el uso de la voz a Isabel Díaz Ayuso, reaparece entre los aplausos de los asistentes. Hace apenas unos minutos se había escondido entre bambalinas mientras el escenario se convertía en pleito cantinero, vuelve con la serenidad de quien entiende perfectamente el valor político del desorden ajeno. La presidenta madrileña toma el micrófono y en segundos hace lo que ningún actor local pudo hacer durante toda la jornada: leer la escena.

No es un gran discurso. Tampoco particularmente profundo. En cualquier parlamento europeo sus palabras habrían pasado como una intervención rutinaria de liberalismo conservador: defensa institucional del protocolo, apelaciones a la convivencia democrática, legitimidad electoral, tolerancia entre adversarios y condena al acoso político. Ideas previsibles, incluso gastadas. Pero pronunciadas después de largos minutos de caos provinciano adquieren la densidad de una cátedra.

Mientras Martha Márquez había desperdiciado el micrófono en una sucesión de consignas, agravios personales, letanías partidistas y frases deshilvanadas incapaces de construir una idea completa, Isabel Díaz Ayuso entendió algo elemental: en política no siempre gana quien tiene razón sino quien logra imponer sentido al desorden. Convirtió el espectáculo anterior en prueba de su argumento. No necesitó confrontar directamente a la regidora ni burlarse de ella. Le bastó encapsularla dentro de una explicación moral sobre la democracia y el respeto institucional. La protesta dejó de ser un reclamo por la falta de agua, o un intento torpe de interpelación política, para convertirse en una infracción al protocolo. La escasez de agua desapareció del debate. La incompetencia del gobierno municipal desapareció.
La madrileña explicó, entre aplausos, que la voluntad popular se mide en las urnas y no “al peso”, frase diseñada exactamente para una audiencia ansiosa de legitimarse a sí misma. El Teatro Morelos respondió agradecido. Cada aplauso sonaba menos como respaldo ideológico y más como alivio. Al fin alguien estaba poniendo orden en el bochorno, porque el verdadero escándalo de la noche no fue la pancarta de Martha Márquez sino descubrir que la única persona capaz de articular una idea política completa en Aguascalientes era la invitada.
Díaz Ayuso habló de tolerancia entre adversarios, de respeto a las reglas compartidas, de combatir ideas y no personas. Lo hizo, además, con esa mezcla española de solemnidad y suficiencia que en México suele confundirse con inteligencia superior. Con todo, comparada con el nivel argumentativo de sus anfitriones, parecía Churchill atravesando una reunión de condóminos.
La tragedia para la clase política local es que el discurso de Isabel Díaz Ayuso ni siquiera era particularmente sofisticado. Su defensa de la democracia liberal descansa en simplificaciones cómodas: las instituciones como garantía moral suficiente, la cortesía como prueba de civilización política, el consenso procedimental como sustituto del conflicto social. Cuando habla de tolerancia omite que ella misma ha construido parte de su capital político mediante la polarización permanente; cuando condena el acoso político parece olvidar que la derecha española también convirtió plazas, redes y parlamentos en trincheras emocionales. Pero en Aguascalientes nadie está en condiciones de hacer ese contraste.
Ahí está quizá la imagen más precisa de la visita de Isabel Díaz Ayuso a Aguascalientes: una figura polémica de la derecha española dando lecciones elementales de control discursivo frente a una clase política local incapaz siquiera de construir un conflicto inteligible.
La presidenta madrileña entendió también otra cosa: el público no había ido a escuchar ideas sino a sentirse reivindicado. Por eso elogió a los mexicanos como gente amable, respetuosa, generosa, siempre dispuesta a hacer sentir bien al otro. El Teatro Morelos volvió a aplaudir. Nada halaga más al provincianismo que el reconocimiento extranjero. Da igual que las frases pudieran repetirse en Guadalajara, Monterrey o Medellín; lo importante era escuchar que alguien de Madrid confirmaba que aquí todavía somos gente buena.
Isabel Díaz Ayuso logró lo que vino a hacer: fortaleció su narrativa política, obtuvo fotografías con gobiernos panistas, se presentó como defensora de la libertad frente al ruido populista y salió del conflicto convertida en figura de orden y sensatez. Martha Márquez, en cambio, terminó convertida en caricatura. Lo más cruel es que ambas desempeñaron exactamente el papel que necesitaban una de la otra. La regidora quiso irrumpir en la escena nacional y terminó atrapada en un berrinche municipal. La presidenta madrileña necesitaba un ejemplo vivo del desorden que denuncia ideológicamente y Aguascalientes se lo proporcionó gratis.
Reducir lo ocurrido a una disputa entre Martha Márquez e Isabel Díaz Ayuso sería cómodo. El verdadero vacío quedó expuesto alrededor de ellas. Porque mientras una improvisaba y la otra capitalizaba el caos, el resto de la clase política local desapareció. Nadie condujo el debate. Nadie defendió una idea compleja sobre hispanidad, colonialismo, democracia o libertad. Nadie aprovechó la visita para discutir el vínculo entre México y España más allá de los lugares comunes turísticos y las frases de folleto institucional.

Escenografía
Aguascalientes organizó una ceremonia para aparentar estatura internacional y terminó exhibiendo sus limitaciones más domésticas.
El homenaje termina con el discurso de Leonardo Montañez, también cita el Himno de Aguascalientes a Voltaire, pasajes bíblicos, cápsulas de historia local… pero no agrega nada, quizá, en otro momento se podría analizar como el crecimiento del presidente municipal como candidato a la gubernatura, pero eso no depende únicamente de la organización y participación en este guateque ni de la presencia silenciosa pero empoderada de Teresa Jiménez. La entrega de la presea finaliza con la sensación de satisfacción de todos los asistentes, han escuchado lo que han querido, reitero, a eso iban, a validarse, a la selfie, a colgarse el recuerdito de haber estado ahí, la participación en el debate nacional, los posicionamientos que merecen las notas periodísticas no aparecieron, una vez más, Aguascalientes tendrá su lugar en los medios como una caricatura.
Eso es lo más desolador de toda la visita de Isabel Díaz Ayuso, no la superficialidad de sus discursos, ni el oportunismo de los homenajes inventados, ni siquiera el numerito de Martha Márquez convertido en espectáculo de sobremesa, sino la absoluta incapacidad de la clase política local para entender la dimensión de lo que tenía enfrente. Mientras en otros lugares una figura así habría provocado discusión pública, confrontación ideológica, análisis histórico o al menos una disputa narrativa medianamente seria, en Aguascalientes sólo alcanzó para organizar una fiesta de salón social con pretensiones internacionales. Nadie salió fortalecido intelectualmente de la jornada, pero todos se fueron contentos porque hubo aplausos, fotografías y protocolo. Como tantas veces ocurre aquí, la política terminó reducida a escenografía: un grupo de personas interpretando solemnidad frente a un público acostumbrado a confundir ceremonia con trascendencia.

Coda. Al referirse a la visita a México de Isabel Díaz Ayuso, la presidenta Claudia Sheinbaum dejó entrever que es parte del complot de la derecha internacional contra el movimiento de transformación que ella encabeza, pero en Aguascalientes sólo nos alcanzó para una bonita foto de final de jornada en la que los gobernadores Maru Campos, Libia Denisse, Mauricio Kuri y Teresa Jiménez escoltaban sonrientes a la presidenta madrileña; uno de esos bonitos recuerdos que te llevas de una fiesta de XV años.

@aldan

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