Opinión
Hablar de adicciones en jóvenes únicamente como un problema de sustancias es, en el mejor de los casos, una simplificación. En el peor, una forma de evadir una responsabilidad más amplia.
Porque el consumo no aparece en el vacío. Aparece en un contexto.
En los últimos años, se han fortalecido las campañas de salud mental dirigidas a la juventud. Se promueve el autocuidado, la prevención, la toma de decisiones responsables. Y, sin embargo, algo sigue sin abordarse con la suficiente profundidad: las condiciones emocionales y sociales que preceden al consumo.
Diversos autores han insistido en ello. Gabor Maté plantea que en el centro de muchas adicciones no está la sustancia, sino el dolor no resuelto. Desde el psicoanálisis, Donald Winnicott habló de la importancia del “sostén” en el desarrollo emocional: la capacidad del entorno para contener, comprender y acompañar al individuo en sus primeras experiencias. Cuando ese sostén falla, el sujeto no necesariamente colapsa… pero busca alternativas.
A su vez, el filósofo Byung-Chul Han ha descrito una sociedad marcada por el rendimiento, la autoexigencia y el agotamiento emocional. Un entorno donde el sujeto no solo debe ser, sino también demostrar constantemente que es suficiente.
¿Qué ocurre cuando un joven crece en medio de estas tensiones?
Por un lado, puede haber una historia de incomprensión: dificultades escolares, sensación de no encajar, experiencias de exclusión —especialmente en casos como el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad u otras formas de neurodivergencia—. Por otro, una cultura que exige resultados, adaptación y éxito, sin necesariamente ofrecer espacios reales de escucha o acompañamiento.
En ese cruce, el malestar encuentra pocas vías de elaboración.
Y cuando no se puede elaborar… se actúa.
El consumo de sustancias puede entonces entenderse como un intento de regulación: calmar la ansiedad, silenciar pensamientos, pertenecer a un grupo, o simplemente dejar de sentir, aunque sea por un momento.
Desde esta perspectiva, las adicciones no son únicamente un problema individual. Son también un síntoma social.
Un indicador de que algo en la forma en que estamos sosteniendo —o dejando de sostener— a nuestros jóvenes necesita ser revisado.
Esto no implica negar la responsabilidad personal, sino ampliarla. Hay que reconocer que la prevención no puede limitarse a decir “no consumas”, sino que debe incluir:
* Espacios de escucha genuina
* Educación emocional desde edades tempranas
* Sistemas educativos más flexibles e inclusivos
* Acompañamiento oportuno en casos de neurodivergencia
* Reconstrucción del tejido comunitario
Tal vez el desafío no sea solo evitar que los jóvenes consuman.
Tal vez el verdadero reto sea construir una sociedad donde no necesiten hacerlo para sobrevivir emocionalmente.
Porque cuando el entorno logra sostener… el síntoma pierde su función.
Y en ese punto, la prevención deja de ser un discurso… y se convierte en una posibilidad real.
Dr. José Mauricio López López
Psicólogo Clínico | Psicoanalista | Doctor en Educación
Autor de los libros: “Ukiyo Ryoho Sistema Terapéutico”, “El Tejido Invisible”, y Cuando la “Atención Busca Sentido” disponibles en Amazon.