La feria que nos vendieron… y la ‘j’ de Ayuso: de verbena popular a club privado

Desde el Lunar Azul

Buen día y buen arranque de la última semana de nuestra mayor fiesta local… y de exportación. Porque no hay pierde, cuando a uno le preguntan de dónde es y responde “Aguascalientes”, la reacción automática sigue siendo “ah, la Feria de San Marcos”. Casi 200 años de historia no se construyen de casualidad. Pero tampoco se destruyen de golpe; se van diluyendo, poco a poco, entre decisiones cortoplacistas y una visión que confunde tradición con negocio.

Porque sí, la feria ha resistido guerras, crisis y cambios de régimen. Lo que no parece estar resistiendo es la tentación de mercantilizarlo todo. Para muchos hidrocálidos, asistir ya no es un plan familiar accesible, sino un lujo que se piensa dos veces. Aquella verbena donde convivían todas las clases sociales —con respeto, con alegría, con baile en la plaza pública— hoy se percibe más como un escaparate segmentado. Restaurantes icónicos y cenadurías tradicionales han sido desplazados por una lógica de consumo rápido, caro y despersonalizado.

Y no, no es que uno esté romantizando los tiempos de “poco dinero y muchos amigos”. Es que antes la ecuación sí cerraba, con poco se disfrutaba mucho. Hoy, con más oferta, se disfruta menos… si no se tiene acceso. El caso más evidente es el viejo Teatro del Pueblo, hoy rebautizado como Foro de las Estrellas. Un espacio que se financia con dinero público pero que, en la práctica, funciona con lógica de exclusividad, accesos limitados, cortesías selectivas, y una distribución que parece más política que cultural. Si no eres funcionario o beneficiario de esas cortesías, asistir se vuelve misión casi imposible.

Y ahí está el fondo del asunto, la apropiación de lo público. Porque mientras se presume la “gran cartelera”, poco se habla de los mecanismos de contratación, de los costos inflados o del criterio para elegir artistas, algunos más cercanos al retiro que al estrellato. El espejismo de los “grandes nombres” ha servido para justificar una política cultural que privilegia la foto sobre el contenido.

En paralelo, se ha ido diluyendo otro de los pilares históricos, la fiesta brava. Nos guste o no, fue durante décadas un referente nacional e internacional. Para las ganaderías, estar en San Marcos era un orgullo. Hoy, entre la prisa, la mala planeación y el patrimonialismo de dueños y directivos, más preocupados por el centavo que por la tradición, ese prestigio se ha ido erosionando.

Pero quizá lo más delicado es la sensación de que la feria ya no nos pertenece del todo. Una especie de “legión extranjera”, funcionarios, operadores y prestanombres venidos de otros estados, ha ido tomando decisiones sin entender ni respetar la lógica local. No es un rechazo a la migración, al contrario, bienvenida la que suma, la que respeta, la que se integra. El problema es cuando llegan con mirada de superioridad, como si aquí hubiera que enseñarles todo a “los iletrados”. Esa actitud no construye, lastima y coloniza.

Y en ese tono llega la visita de Isabel Díaz Ayuso, figura polémicaen España, señalada por controversias sobre la transparencia, señalamientos de corrupción y enemiga de la educación publica. Más allá del protocolo, lo que queda es el gesto,  sugerir que “México” debería escribirse con “j”. Un comentario que, lejos de ser anecdótico, revela una visión. Como si todavía hubiera que corregirnos, como si necesitáramos validación externa. No, gracias. Somos hidrocálidos y mexicanos, con “x”, con historia, con identidad y con mucho más que ofrecer que una feria y una planta automotriz.

En el terreno local, las postales no dejan de ser peculiares. El fiscal, por ejemplo, dando rondines vestido como policía, como si extrañara sus tiempos al frente de la Secretaría de Seguridad Pública. ¿Confusión de funciones o nostalgia profesional? Difícil saberlo. Quizá simplemente evidencia de que las instituciones no están del todo claras ni en sus roles ni en sus límites.

También circuló la imagen del palco del gobierno estatal, la gobernadora acompañada por liderazgos sindicales femeninos como Adriana Ochoa del SNTE, Verenisse Ruiz de CATEM y Marisol Pareja de SUTEMA, entre otras.

Se trata de una imagen que no solo confirma que es tiempo de mujeres, sino que evidencia un avance tangible en la ocupación de espacios históricamente restringidos. Más allá del simbolismo, la presencia de estas lideresas abre la puerta a una agenda con mayor sensibilidad social y capacidad de incidencia, donde la representación femenina comienza a consolidarse como un factor real en la toma de decisiones y en la transformación de las estructuras de poder.

Y para cerrar, el PRI. El que fuera partido aplanadora hoy recurre al rumor como estrategia. La versión de que Luis Armando Reynoso Femat habría tocado su puerta para ofrecer “sus servicios” terminó siendo desmentida por el propio exgobernador. Pero el simple hecho de que esa narrativa circule dice mucho del momento que vive el tricolor, más cerca de la anécdota que de la competencia real.

En fin, así los tiempos. Una feria que sigue siendo símbolo, pero cada vez menos nuestra; una clase política que administra lo público como si fuera privado; y una sociedad que empieza a darse cuenta.

Aquí dejo esta roca.

Empújela usted.

Yo vuelvo, como siempre.

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