«Entren a la cancha a demostrar lo que son como personas; después, como deportistas y futbolistas», suelo expresar a jugadores de selecciones y equipos con los que he colaborado. Lo mismo sucede en las empresas: es positivo reconocer la integridad de quienes no olvidan quiénes son al desempeñar, con altura, el rol que les corresponde.
Hay culturas organizacionales «limpias» y otras «sucias». En las limpias, la asociación entre personas genuinamente buenas mejora a todos. La interacción cotidiana genera una espiral ascendente de crecimiento que tiende a traducirse en mejores resultados colectivos.
El respeto a la dignidad individual, la actitud de cooperación sin mirar a quién y la confianza en que el otro actuará con justicia distinguen a las empresas que privilegian al ser humano; por eso, en ellas prevalecen el compañerismo y el deseo de hacer bien las cosas.
Una cultura «sucia» es aquella en la que no todo es como parece o como se predica. En ella, los «personajes» —es decir, los roles, títulos y posiciones que se representan como en una obra de teatro— contradicen, en ocasiones, a la verdadera persona detrás de la máscara.
Es lamentable: existen culturas organizacionales en las que los egos, la arrogancia, la prepotencia, los favoritismos y los juegos «ocultos» nublan el buen juicio. Lo mismo ocurre con las personas gobernadas por su personaje, por la imagen que creen proyectar.
Con los años, los miembros de una organización se alinean con su entorno, especialmente con las figuras de poder. Adoptan actitudes positivas o negativas y contribuyen así a crear culturas «limpias» o «sucias», en las que la individualidad se preserva o luego se diluye.
Cuando coinciden la buena persona y el personaje importante —porque todos lo son—, se buscan resultados sin sacrificar un clima laboral auténtico. Los gerentes y los demás se sienten cercanos: simplemente humanos con roles distintos, pero no con diferente valor.
Los hábitos, valores y actitudes se contagian. Lo ideal es trabajar en un ambiente cuyos principios compartimos, rodeados de personas auténticas y conductas afines. De lo contrario, es desgastante intentar mover la montaña y quizá sea mejor buscar otro destino.
La verdadera transformación de una empresa no comienza en los procesos, los controles ni los organigramas. Se potencia cuando cada persona deja brotar su mejor versión; cuando los equipos actúan como verdaderos equipos, cuando los líderes lo son por la legitimidad que reciben y no por la autoridad que ostentan. No se necesitan máscaras para liderar.
En su caso, ¿qué le caracteriza? ¿Ser una persona que, con o sin su cargo de poder, goza de respeto y credibilidad? O, por el contrario, ¿ser visto solo por el rol que desempeña, incluso sin que nadie conozca quién es usted? ¿A qué le presta más atención: al ser o al parecer?